
La Argentina fracasó una vez más en su intento de presidir uno de los organismos financieros de América Latina. El primero fue la nominación del Secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, para liderar el Banco Interamericano de Desarrollo, y el segundo la designación del Subsecretario de Relaciones Financieras Internacionales para el Desarrollo, Christian Asinelli, para la Corporación Andina de Fomento.
El Secretario Beliz tenía menos de cinco meses en el cargo cuando fue propuesto para conducir el BID luego de haber sido empleado de ese organismo desde 2005 hasta 2019. El Subsecretario Asinelli asumió en diciembre 2019 y sus antecedentes inmediatos fueron el Consejo Asesor de Spurs Internacional y el Centro de Investigaciones sobre Políticas Urbanas y Vivienda de la Universidad Di Tella.
En ambos casos, la decisión del Gobierno de promover a funcionarios con apenas meses en sus cargos, sin experiencia en finanzas internacionales y de escasas relaciones en la región se parece más a una aventura política que a un intento serio para lograr sus objetivos. Los presidentes anteriores del BID fueron personalidades de la envergadura de Luis Alberto Moreno, Enrique Iglesias, Antonio Ortiz Mena y Felipe Herrera y los dos últimos presidentes de la CAF fueron Luis Enrique García Rodríguez (1991/2016) y Luis Carranza Ugarte.
Estos sucesivos naufragios difícilmente puedan adjudicarse a la Cancillería que tiene una vasta experiencia en las dificultades del entramado diplomático para disputar la conducción de organismos de la importancia del BID y la CAF. Los mismos candidatos debían ser conscientes que sus nombres no reunían las condiciones para lograr la empatía de sus pares a nivel regional más allá de los problemas de alineamiento político. Nadie puede dudar que los puestos de presidentes conllevan una gran responsabilidad institucional pero al mismo tiempo brindan importante beneficios a nivel personal que pudieron haber influenciado para acelerar la presentación de los nombres. Sorprende igualmente que el Ministro Guzmán haya permanecido ajeno a la disputa cuando se trata de temas que atañe a su cartera.
El Gobierno nacional volvió a jugar una vez más la carta de la división ideológica de América Latina a pesar de las reiteradas proclamas sobre la integración continental. En momentos en que la región enfrenta una coyuntura muy difícil por la pandemia, efectuar una campaña sobre la base de las discrepancias sólo puede profundizar las reacciones negativas en el resto de los miembros. Las intervenciones del Presidente Fernández en los asuntos internos de Colombia y Perú, quizás apurado por la presión doméstica, deben contarse también entre los factores negativos.
El Gobierno pareciera dispuesto a enarbolar un proyecto de transformación de América Latina que trasciende coincidencias coyunturales y que requiere homogeneidad política en el cual se identifican Bolivia, Venezuela y próximamente Perú. Estas ambiciones continentales cuando todavía el país no encuentra un sólido anclaje para superar sus problemas sólo dificultarán el diálogo, y en vez de trabajar en pos de consensos sólo traslada a la región la grieta interna.
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