
Vivimos en una época en donde los avances tecnológicos llegan e impactan en nuestra vida cada vez con más rapidez y definitivamente nuestra capacidad de asimilar estos cambios es sustancialmente menor. Internet y cada vez más dispositivos conectados forman parte de nuestra cotidianidad, un fenómeno propiciado por la pandemia. La tecnología influye en nuestras vidas; estar ultraconectados, poder comunicarnos con los demás, mirar vídeos, redes sociales, una plataforma de series o música, acceder al banco, pedir comida o un auto, nos da una constante sensación de libertad. Esa sensación de libertad es precisamente el objetivo de los fabricantes, de la industria, es un camino sin retorno tanto de los dispositivos tecnológicos, como de las redes sociales y plataformas.
Nos han construido la sensación de que todo está a nuestro alcance cuando queramos y como queramos. Esta industria y sus creativos saben que gracias a eso nos mantienen como fieles usuarios, encadenados a la dependencia digital y en algunos casos en cierto estado hipnótico que nos abduce y consume horas de nuestra vida. Sin embargo, no tuvimos tiempo para asimilar lo que supone este gran cambio en nuestras vidas, la dificultad mayor de poder “pensar” y “sentir”. El pensar está influenciado por los algoritmos de Inteligencia Artificial y el sentir representado por la dopamina generada por la cantidad de “likes” y la obsesión, sobre todo en jóvenes y adolescentes que quieren ser “aceptados”. En pandemia la economía mundial se vio seriamente afectada, así como la calidad y cantidad de la educación. Sin embargo creció como nunca el uso de plataformas de juegos y el consumo e interacción de redes sociales. Más aplicaciones, más usuarios, más tiempo conectados. El resultado es inobjetable, pantalla en lugar de pizarrón no implica innovación, el desafío es aprender a pensar y todo indica que lo estamos delegándolo a los bits y bytes.
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Cuando suponés que tu smartphone te escucha y los algoritmos de IA te sugieren publicidad dirigida estás en lo cierto. Pero la aplicación de Inteligencia Artificial y Machine Learning se proyectan como recursos bisagra cuando su utilización en sistemas armamentísticos permite desplegar ataques con mayor velocidad y precisión en comparación con las armas actuales. Pero, ¿quién regula y controla que las armas que utilizan IA serán lo suficientemente éticas para ser utilizadas sin intervención humana? Debemos preguntárnoslo. ¿Será la IA lo suficientemente inteligente como para operar sin intervención humana, identificar objetivos y decidir éticamente a quién matar y a quién no?
Corea del Sur ha instalado centinelas en su lado de la zona desmilitarizada (DMZ) para disparar de forma autónoma. Alemania está utilizando sistemas tierra-aire (SAM) como Patriot y MANTIS, que están completamente automatizados para derribar misiles enemigos, como lo hace el “Domo de Hierro” de Israel. Dado que la ética no permite que los seres humanos se maten entre sí, supuestamente, ¿será correcto ceder el derecho a “disparar” de forma autónoma a una máquina, a un algoritmo, una máquina que está programada por un ser humano? La IA podrá clasificar a un objetivo como amigo o enemigo y disparar. La misma intervención ocurre hoy cuando en el feed de TikTok o de IG se te ofrecen publicaciones y publicidades en base a tus gustos y comportamientos. Desafiemos si la pulsión por el consumo y los likes es una decisión individual o no.
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En este sentido, inexorablemente, la próxima gran amenaza serán las computadoras cuánticas, mucho más poderosas y veloces que lo que conocemos actualmente, lo que acarreará un riesgo poco calculable y una contingencia futura para la ciberdefensa y la privacidad.
Tomando como base que la tecnología actual empleada en ciberseguridad no es tan eficaz como debiera ser, cuando se trata de proteger a las organizaciones y a las personas del riesgo tecnológico en ascenso, no se ha trabajado suficientemente en integrar el factor humano, los procesos y la tecnología. El modelo se ha tornado ineficaz y aparentemente esto se ha aceptado como normal.
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Son impactantes los números de crecimiento de la industria del ciberdelito, tanto en cantidad de casos, como por afectación en términos de costos. Los ciberataques más impresionantes de la historia acaban de ocurrir hace días, semanas; los peores están por llegar. Afectados: infraestructura de misión crítica; luz, gas, petróleo, agua, comunicaciones, transporte y logística; gobiernos, escuelas, laboratorios, hospitales y hasta las mismas compañías líderes de la industria tecnológica.
Este será uno de los problemas para los estándares actuales, una computadora cuántica será capaz de descubrir mucho más fácilmente un algoritmo de encripción. Cualquiera que tenga grabada una conversación confidencial y encriptada, podrá sentarse a esperar y gracias a los Qubits descifrarla cuando las computadoras cuánticas estén a la vuelta de la esquina. El impacto puede tener efectos insospechados, en una economía post pandémica que volteó fronteras y que adolece de regulaciones y controles suficientes.
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