La escuela secundaria: nuevos formatos para una vieja estructura

A los jóvenes de hoy, aprender de manera tradicional les resulta tediosa y monótona. Lejos de culpabilizar a los estudiantes, habría que tomar conciencia de las responsabilidades de los adultos y dar lugar a la reflexión del propio accionar docente e institucional como fuente de mejora en el comportamiento estudiantil

Foto NA: APN LA PAMPA
Foto NA: APN LA PAMPA

Es de reconocimiento público la existencia de un desajuste entre las características de la oferta educativa y el desempeño real de los jóvenes en la escuela. Es decir, la institución enseña algo que a los estudiantes no les interesa o no pueden aprenderlo. Desde esta perspectiva, existe un malestar docente, así como un malestar de los alumnos, que no encuentran en la escuela un espacio significativo. Dicho malestar, explicitado en toda la población escolar, se manifiesta claramente en el cansancio de los profesores y en la abulia de los estudiantes.

A los jóvenes de hoy, aprender de manera tradicional les resulta tediosa y monótona, mucho más que a la juventud de otras épocas. Por ende, lejos de culpabilizar a los estudiantes, habría que tomar conciencia de las responsabilidades de los adultos, y dar lugar a la reflexión del propio accionar docente e institucional como fuente de mejora en el comportamiento estudiantil. De lo contrario, habrá que seguir dando clases desde la vigilancia y el control, donde la autoridad oficia de observador con un poder que actúa sobre el cuerpo de los sujetos, sus gestos, sus discursos y sus aprendizajes.

Adolescentes aburridos, profesores taxi, desgranamiento escolar, ausencia de flexibilidad en los cursados, enseñanza por disciplinas, evaluaciones estereotipadas y docentes “quemados”, son algunas de las temáticas que es necesario resolver urgente.

Además, la escuela no es un espacio homogéneo, aunque se trabaje de manera uniforme con todos los estudiantes. La presencia de variables socioeconómicas y culturales juega un papel importante en el éxito educativo. Un gran obstáculo radica en que muchos jóvenes atraviesan por situaciones de precariedad y pobreza, por lo que deben asumir ciertas responsabilidades con el fin de ayudar al bienestar de sus familias. Y, sin embargo, en la institución escolar se sigue pregonando viejas ideas que marcan prácticas áulicas rígidas. La escena más común es la del profesor en el frente explicando un tema y los alumnos escuchando sin intervenir en el discurso docente y creyendo que se da el proceso de aprender por el sólo hecho de intentar enseñar.

Si bien la Ley de Educación Nacional (2006) y las Resoluciones del Consejo Federal de educación dan marco legal a la obligatoriedad escolar y señalan que se deben respetar las multiculturalidades que encontramos en nuestro campo de trabajo, en la práctica, con una formación docente inicial tradicional, resulta difícil mirar a la juventud como una construcción sociocultural que contemple la historia biográfica de los sujetos y que reconozca las singularidades en sus propias trayectorias. En general, en el aula, no se tienen en cuenta las particularidades de cada uno de los estudiantes y esto repercute, casi por añadidura, en el fracaso escolar.

Las estadísticas señalan que, del 100% de los alumnos que ingresan a la escuela secundaria, sólo la finalizará el 52%. Asimismo, de ese porcentaje, sólo el 32% lo culmina en tiempo y forma y el resto lo hace con un desfasaje de uno o más años. Incluso un 14% llega a 5° año, pero no se gradúa. Sin mencionar los datos que nos esperan pospandemia. Es decir, que hay que trabajar fuertemente no sólo en la permanencia, sino también en el egreso de los estudiantes en el secundario en pos de hacer cumplir la obligatoriedad de la norma y de acompañar las trayectorias individuales enmarcadas en contextos diversos.

Sin embargo, a pesar de las cifras, la escuela sigue con su formato academicista, por disciplinas, en compartimentos estancos, cuando ya es harto sabido que la realidad que rodea a los estudiantes es diversa y compleja. Algunos programas, como por ejemplo el “Vuelvo a estudiar” de la provincia de Santa Fe, tomó en cuenta esta perspectiva y ofrecía a los adolescentes retomar la escuela con otro recorrido superador al habitual. De esta forma, se fue recuperando lo que nunca se debería haber perdido.

Para revertir no sólo estos datos, sino recuperar el bienestar en la escuela de estudiantes y profesores, se debe trabajar fuertemente en la formación y capacitación docentes a fin de lograr los cambios. Si tomamos en cuenta que, según cifras estadísticas, América Latina es la región más desigual del planeta, es necesario direccionar los proyectos institucionales como un instrumento para avanzar en una transformación progresiva del modelo institucional de la educación secundaria y de las prácticas pedagógicas que implica, generando cursados formativos diversificados.

Otras maneras de transitar la escuela

Frente a las estadísticas, la pregunta obligada es cómo provocar un cambio real en la escuela secundaria que redunde en egresados capacitados a largo plazo, pero también en buenos aprendizajes en los estudiantes que transitan la escuela a diario.

Una de las alternativas posibles es trabajar por proyectos; esto implica un trabajo interdisciplinario y con una organización diferente de los contenidos escolares. En ese tipo de enseñanza se trabajan innumerables competencias y actividades y se fomenta el trabajo en grupo y la actividad de los jóvenes.

Otro de los puntos de inflexión para cambiar la escuela es el uso de las tecnologías en el aula, la cual ya no sólo es una necesidad de los más jóvenes, sino también de los adultos, quienes vivimos insertos en las múltiples pantallas. Ahora bien, el buen uso en la escuela dependerá de las habilidades docentes a fin de mejorar la enseñanza y el aprendizaje.

La escuela secundaria debe cambiar, ya nadie lo duda. El cambio de formato de cursado es fundamental, pero en el mientras tanto, se puede ir innovando las estrategias didácticas en el aula que promuevan nuevas maneras de aprender.

Si formamos estudiantes que cuestionen y que puedan reflexionar sobre sus procesos de aprendizaje, capaces de tener un pensamiento crítico respecto de su contexto, si ayudamos a que se piensen como sujetos, que puedan elegir ciertos recorridos, bajo un proyecto institucional coherente, podremos ir acercando la brecha entre la cultura escolar, es decir, lo que pretende la escuela, y la cultura juvenil, los recorridos individuales, a fin de sostener trayectorias de aprendizajes válidas y contextuadas.

Para ello, es necesario tener políticas públicas claras, democráticas y consensuadas que acompañen la formación docente inicial y continua para ir logrando cambios al interior de la escuela y de la sociedad.

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