
La inflación es un fenómeno monetario. Esta afirmación, ampliamente aceptada por la profesión de economistas, quedó confirmada una vez más durante el año vivido en cuarentena por el pánico al Covid-19.
A pesar de que algunos se reían de las viejas teorías monetaristas cuando, pese a la fuerte emisión del Banco Central, la inflación en Argentina lejos de subir, bajaba, lo cierto es que desde mayo de 2020 a abril de 2021 la inflación se ha triplicado (pasando de 1,5% a 4,8% mensual). En mayo de este año los precios “sólo” subieron 3,3%, lo que al Banco Central le permite esperanzarse con que, a futuro, las presiones inflacionarias se verán morigeradas.
Una decisión que, de acuerdo con la máxima autoridad monetaria de nuestro país, podría contribuir a bajar la inflación es, precisamente, la de restringir nuevamente las actividades sociales y comerciales a la luz de la segunda ola de coronavirus.
En su Informe de Política Monetaria, de hecho, destacó que “las restricciones a la movilidad y los cierres temporarios” podrían contribuir a “morigerar la suba de los precios de algunas actividades”.
En pocas palabras, se sostiene que si a la gente no se la deja trabajar ni consumir, entonces no habrá precios más altos que se puedan convalidar.
La apreciación puede tener algo de sentido. De hecho, abril y mayo del 2020 fueron meses de muy baja inflación precisamente porque los argentinos estábamos todos “en nuestras casas”. Es decir que, al menos a corto plazo, algo de lo que dicen en el Banco Central es razonable.
El problema, no obstante, es que esta situación no se sostiene en el largo plazo. De hecho, en un período más amplio, las restricciones, lejos de bajar la inflación, la exacerban.
Hay tres elementos que se mueven para que suba la inflación. Estos son la emisión monetaria, la cantidad de bienes que hay en la economía y el deseo que la gente tiene de ahorrar pesos.
Si se da el caso que la cantidad de bienes en la economía no aumenta, la demanda para ahorrar tampoco, pero se duplica la cantidad de dinero, entonces “demasiado dinero perseguirá demasiados pocos bienes”, resultando en un aumento de los precios.
Así es como la cuarentena y otras restricciones alimentan la inflación. Es que, incluso si no se modifican la cantidad de dinero ni la preferencia por el ahorro, si antes se producían 100 bienes y ahora se producen 90, el nivel de precios de estos bienes será mayor.
Esto fue precisamente lo que ocurrió en 2020. Producto de la cuarentena, el PBI cayó 9,9% anual. Además, de acuerdo con la Cámara Argentina de la Mediana Empresa, 90.000 negocios tuvieron que cerrar sus puertas de forma definitiva. Al mismo tiempo, la emisión monetaria creció 43%, emitiéndose $AR 2,0 billones para financiar el déficit fiscal. Debe notarse aquí también que, si se hubiese permitido a la economía funcionar, la recaudación tributaria no se habría desplomado en la proporción que lo hizo. O sea que los cierres y restricciones también estuvieron detrás del aumento del déficit público.
Finalmente, incluso asumiendo que la preferencia por el ahorro no se ve modificada, la combinación es explosiva. Producto de la cuarentena, hoy tenemos mucho más dinero persiguiendo muchos menos bienes. La aceleración de la inflación que estamos experimentando en 2021 era una consecuencia inevitable.
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