
La falta de oportunidades de empleo, las restricciones al movimiento de las personas y, principalmente, la crisis económica que no afloja, impide volver al mercado de trabajo a muchos de los que quedaron al margen.
En los años noventa esta situación recibía la denominación de desaliento: los trabajadores sin empleo no sólo engrosaban el mundo del desempleo, sino que -en alta proporción- quedaban como inactivos. Ahora pasa algo similar.
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Los microdatos de la Encuesta de Hogares de 2020 muestran un fenómeno singular: sólo uno de cada diez empleos perdidos se muestra como desocupado.
Ya en el segundo trimestre se mostró una situación extrema. En la treintena de aglomerados en los que se hace la Encuesta se destruyeron 2,5 millones de empleos…..pero los desocupados nuevos no fueron más de diez mil.
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Dada la intensidad de los cambios en cada trimestre, podemos comparar los promedios anuales de los últimos dos años

Parte de la explicación de tan fuerte retracción de la población activa se encuentra en las características de las ramas afectadas y en la naturaleza de la inserción laboral del personal afectado.
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Quienes fueron los que más puestos perdieron
Mirando con un poco más de detalle, dos tercios de los empleos perdidos fueron de los asalariados precarios y del servicio doméstico. Sólo el empleo público mejoró un poco su dotación.
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Para entender mejor el singular comportamiento de quienes perdieron su empleo en 2020 debe marcarse un par de cuestiones.
Ante todo, el impacto inicial fue de extrema dureza, de modo similar a lo observado por la OIT en toda América Latina. Se perdieron -en el segundo trimestre- cuatro millones de puestos de trabajo según la Cuenta de Generación de Ingresos e Insumo de Mano de Obra del Indec. A lo largo del año se recuperaron más de la mitad de esa cuantía.
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En segundo lugar, la heterogeneidad del impacto (tanto el inicial como el del balance anual) se aprecia entre las ramas de actividad económica como entre las categorías ocupacionales.
Los datos que siguen comparan la situación a fin de cada uno de los últimos dos años (no el momento de mayor impacto negativo).
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Tomando sólo las cinco ramas con al menos diez por ciento de pérdida en su dotación ocupacional, se reúnen dos tercios de la pérdida total. El parate económico de 2020 afectó sin duda al rubro de hoteles y restaurantes con mayor intensidad, seguidos del servicio doméstico y transporte y comunicaciones.
Las ramas más afectadas son aquellas, también, a las que más les costará recuperar su nivel de actividad, habida cuenta de que la incipiente reversión del verano reciente sucumbió en el marco de la lenta y tardía vacunación que hubiera mejorado notablemente las posibilidades de afrontar mejor la segunda ola de la pandemia. Las dificultades e ineficiencias evidenciadas a ese respecto, se tradujeron en la necesidad de volver a restringir actividades ya ahora prácticamente sin ayuda estatal posible.
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Por cierto, entre los sectores más afectados están los asalariados desprotegidos, los precarios, mal llamados “en negro”. Más de dos tercios de las pérdidas de puestos corresponden a este conjunto. Dentro de él se destacan los hoteles y restaurantes, la enseñanza y los otros servicios comunitarios y sociales con más del 30% de pérdida en cada caso. Las otras cuatro ramas incluidas en el cuadro (con más del 15% de pérdida) completan casi el 90% de las pérdidas de la categoría. Dentro de estas últimas, sin embargo, se encuentran las dos ramas con mayor volumen de destrucción de puestos laborales: un cuarto de millón en el Servicio Doméstico y casi 110 mil en el sector del comercio.
Aun antes de los DNU que restringieron y restringen las actividades y el movimiento de personas, en estas ramas (y, en especial, para esta categoría ocupacional) no se veían las posibilidades de volver a los niveles previos a la pandemia.
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Futuro incierto
¿Cuánto tiempo permanecerán inactivos quienes perdieron su trabajo antes de pugnar por conseguir un nuevo empleo? No lo sabemos, pero cuando ello suceda, la tasa de desocupación dejará de mostrar valores tan moderados como los actuales.
Esto nos remite, una vez más, a la secuencia virtuosa que se torna imprescindible: elevar la inversión, para incrementar el nivel de actividad económica, que permita vigorizar la demanda de fuerza de trabajo, como consecuencia de lo cual puede mejorar paulatinamente las condiciones de vida de amplios sectores populares.
Ya sabemos que ampliando incesantemente las políticas redistributivas olvidando la base económica productiva no solo no se resuelven sino que agravan los problemas económicos y los sociales.
No estaría nada mal que la dirigencia política de todos los matices tome conciencia de ello. Y se disponga a sentarse a escuchar y dialogar a los que piensan diferente y tienen intereses dispares para encontrar el camino adecuado. Eso requiere elevar la perspectiva y no sólo pensar en la inmediatez.
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