
Esta semana millones de argentinos viven un deja vu. El país, quinto en el ranking mundial de casos positivos y cuarto en el de muertes por millón de habitantes, comenzó una nueva etapa de aislamiento estricto. Para enderezar el barco no alcanza con que la sociedad acate las medidas y se quede en casa: el Gobierno debe hacer lo suyo y dar un giro de 180 grados en la gestión.
Luego de meses en los que Alberto Fernández se inclinó sistemáticamente por un estilo de comunicación agresivo y soberbio -hacia la ciudadanía y actores del ámbito político, económico y social-, dio señales de racionalidad y sensatez. El ritmo actual de contagios es insostenible: es necesario reducir todo lo posible la circulación para evitar el colapso total del sistema de salud.
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Aun así, el Presidente pretendió transferir la responsabilidad de la coyuntura actual a la gente de a pie, etiquetándola con la categoría de “minorías”, cuya imprudencia y desconocimiento de las restricciones perjudica a todos. Viniendo del líder (en el plano formal al menos) de un Gobierno que ha organizado actos en los que no se ha respetado ningún protocolo, está claro que el comentario pertenece más una obra tragicómica que a un discurso de un jefe de estado.
Esperamos que los nueve días de cierre estricto sean suficientes para atemperar la segunda ola. Las pymes, que llegaron hasta acá luego de un 2020 que se llevó puestos miles de empleos, empresas y proyectos, no tienen margen para seguir aguantando con las persianas bajas. Pero parar al país una vez más no será suficiente si quienes toman las decisiones continúan priorizando una agenda que nada tiene que ver con la crisis sanitaria y la recesión económica que golpea a la sociedad.
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Tres días antes de que el Presidente pidiera en cadena nacional que tiremos todos juntos para el mismo lado y dejemos a un costado las diferencias, en la Cámara de Diputados de la Nación su partido emitió dictamen en el proyecto de reforma del Ministerio Público Fiscal, que transgrede explícitamente la Constitución y la división de poderes, generando un enfrentamiento político innecesario. Como dice el dicho popular, el ejemplo tiene que empezar por Casa (Rosada).
El hartazgo social es evidente y entendible, después de más de un año en el que muchas personas perdieron su trabajo, no pudieron continuar sus estudios o vieron hundirse su emprendimiento. Si no logramos regenerar la confianza en las instituciones y transmitir esperanza -con gestos concretos, no anuncios en el aire-, no se va a ver perjudicado tal o cual partido político, sino el sistema democrático como un todo y, por lo tanto, las perspectivas de un futuro mejor para los que vienen detrás de nosotros.
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Pedimos una vez más y por todos los medios que no se repitan los errores del pasado. Preocupa muchísimo que el campo de la salud mental continúe siendo descuidado por el Gobierno Nacional. Miles de niños, adolescentes y adultos mayores (los grupos etarios más frágiles) se enfrentan nuevamente a un aislamiento que ya les hizo mucho daño. La ansiedad, angustia, depresión y problemas para dormir, entre otros trastornos, tienen consecuencias muy serias y no deben ser tomados a la ligera.
Desde el radicalismo no tenemos ningún interés en sacar ventaja de una situación que nos lastima a todos, pero especialmente a las familias más humildes, para quienes construimos todos los días una alternativa política que les devuelva la ilusión de que progresar en la Argentina es posible. Llamamos a todos a respetar las restricciones, a permanecer en casa y salir únicamente cuando sea necesario. Y le exigimos al Gobierno que abandone la agenda de confrontación y se ocupe de la salud, la educación y el trabajo de los argentinos.
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