
Si tuviéramos que resumir en una palabra el problema del conurbano podríamos decir que es la informalidad.
Informalidad que se manifiesta e impacta en un sinnúmero de dimensiones: en la economía, en la insostenibilidad del sistema previsional, en la falta de seguridad, en los problemas ambientales, en el transporte, en los problemas para acceder a una vivienda digna, entre otras.
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La informalidad es también un enorme problema epidemiológico.
Un gobierno que se hace el distraído con eso (en el mejor de los casos, a veces personeros del poder usufructúan con el “Estado blue”) pretende exculparse poniendo únicamente foco en la escuela, asociando directamente la apertura o no de las clases presenciales con la evolución de la pandemia.
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Aunque intolerable, sería sincero escuchar de las autoridades que hay sectores del territorio de los cuales se ausentará. Por ejemplo, debería reconocer que ha abandonado a sus suerte a todas las personas que habiten más allá del Camino de Cintura, hoy redenominado Diego Armando Maradona (recordemos la informalidad de su velatorio).
El Gobierno ha renunciado a combatir la informalidad, prefiere seguir sacrificando a los chicos. No hace falta demostrar esto. Las imágenes que pueden verse cada jornada en la Estación de Laferrere, o el hospital de campaña montado a poca distancia de una feria clandestina de dimensiones inimaginables se reproducen en redes y canales de televisión. Para los que conocemos los barrios, sabemos que a ellos no llegan las ambulancias, los bomberos, la policía ni la asistencia social. La población queda en manos de las bandas y las organizaciones clientelistas.
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Para muchos chicos de esas zonas, la escuela es el único lugar donde encuentran el brazo del Estado. Es el ámbito donde, además del esencial derecho a educarse, se hacen realidad muchos otros. Ahí se detectan problemas de salud, abusos, violencias de todo tipo, problemas de nutrición. La escuela históricamente ha sido una de las pocas instituciones que siempre ha permanecido al lado de la gente. Desde el año pasado se ha cortado esa constante virtuosa. A la calamidad de la pandemia, el escaso vuelo de las autoridades y la falta de decisión le agregaron la catástrofe educativa. Ausentarse también de ahí ha fundado el reino de la informalidad, un ensayo de sociedad sin estado.
Con protocolos, buenos procesos administrativos para las designaciones y correcta provisión de elementos de cuidado y protección, la escuela es un lugar seguro. Tal vez el más seguro para los niños de esas barriadas. No hace falta ser un especialista para imaginar en qué situaciones se encuentran sin la contención de las aulas. No es menor, tampoco, el desarreglo en las dinámicas familiares que provoca. Se ha demostrado, también, que la escuela no genera incrementos significativos en la circulación.
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No hay que caer en la trampa. El kirchnerismo es una usina de falsas dicotomías. No son reales los pares supuestamente opuestos que han promovido: “salud o economía” o el flamante “salud o escuela” son frutos podridos equivalentes al “nosotros o ellos”.
El problema no radica en una eventual necesidad de suspender temporariamente la escolaridad presencial. El verdadero problema es usar a los chicos como fusibles de todos los circuitos que por ineptitud o decisión no se quieren enfrentar.
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En este punto, debemos recomendar a las autoridades que repasen la lectura de la doctrina peronista. El texto original era “los únicos privilegiados son los niños”. Como reconocen no haber estudiado con libros, tal vez tengan una mala fotocopia y en ella se lea “los únicos perjudicados serán los niños”.
Más allá de las innumerables dificultades que generó en los que aún permanecen en el sistema, se estima en un millón y medio los alumnos que se han desvinculado completamente de la escuela. El ejercicio de visualizar la sociedad dentro de 10, 15 años, da miedo. La única llave para escapar de esa pesadilla a futuro es la escuela.
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No debemos resignarnos a vivir otro año sin escuela. Como tampoco podemos resignarnos a restringir aún más a los comerciantes y empresas que cumplen con los protocolos mientras ven en la vereda el mayor desorden y la clandestinidad.
Parafraseando a Bill Clinton: “Es la informalidad, estúpido”.

Fotos: Maximiliano Luna
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