
Como el título de la película —perdón, la peli— de 1989, si a alguien le divierte verla de nuevo, pero con otro guion. Resulta útil para pensar en soledades qué pasa y de dónde viene lo que ocurre en el lugar. No sé si decir el país, un número de habitantes en algún lugar amalgamados, con diferencias pero en lo sustancial resuelto. Y no es eso. El lugar, prefiero. Promisión temprana y fragmentación no menos madrugadora, con aceleración fuerte desde el 30 hasta la dictadura militar del 76 y su terrible período, sin olvidar prefacios: muertes, odio, construcción de posiciones feroces cada semana y cabezas reducidas al mismo ritmo.
Salir de la decadencia.
Tendría que ser el objetivo, la recuperación. Si no nos damos cuenta, no habrá manera de no profundizarla. Como en este caso no se trata de un ensayo ni de una tesis histórica, a mí me alcanza hablar con muchas personas a las que se hace necesario repetirles lo que se dijo. Lo que sea. No les queda. No les da. Muchos —no tengo inconveniente en ponerme en alguna cola— no consiguen salir del estupor de que la Argentina toma carrera pero nunca llega. Y así nos vamos convirtiendo en seres diminutos, los seres que en nuestra historia son encogidos en cualquier dirección. Encogidos en su inteligencia. Encogidos en su ánimo —hay poquísima alegría, pandemia aparte—, nuestra democracia está encogida con unos pocos minutos para decir algo en el Congreso, las ponencias encogidas y los representantes, actores sin importancia con párrafos breves y a toda velocidad: viven en la televisión. El debate está encogido. Nos hemos achicado.
Al achicarnos nos alejamos de los países centrales y nos acercamos al club de los violentos. Achicarse es aproximarse al régimen de Maduro, al club de los déspotas camuflados de héroes populares. Me tocó cierta vez una mesa de Mirtha Legrand a la que llegó Hugo Chávez y ocupó todo —era muy rápido y simpático, diferente del monigote sangriento que lo sucedió—. Nos achicamos al suponer que hay que apoyar a las revoluciones —¿cuáles?, ¿qué revoluciones?— y no comerciar ni tener buenas relaciones en general y en busca de nuestros intereses y resultados. Cada vez más lejanos y sin la menor importancia, excepto para los peores del barrio, se encoge la confianza entre la política y la gente corriente. También entre unos y otros. Se encoge además la confianza internacional.
Recomiendo, con poco, con nada, de cualquier modo, salir un buen tiempo del lugar y tomar distancia, no enjaularse.
Lo que está sucediendo en el lugar más cerrado y aldeano se puede comprobar: si uno vuelve se ve más claro, mejor. Me tocó vivir muchos años donde gracias al modo de ser, con muchos desastres previos, fueron capaces de poner ladrillo a ladrillo y hacer un sacrificio colectivo para evitar el encogimiento de vivir con lo nuestro cuando se sabe que no funciona y no alcanza.
Que nuestra pobreza tenga un elemento simétrico en los dólares, bancos, paraísos, resguardos, que equivalen a la deuda entera significa un regreso imposible por el peligro del Estado predador. Una extraña pobreza rica en los números. En la vida de los millones de adultos que sobreviven en lugares como ese del cual uno se llevó en bicicleta a la niña M hace unos días es otro cuento.
Tal como queda dicho, no consiste en un ensayo sociológico sino en caminar por la calle o pensar a solas y sin rizar el rizo de lo que ocurre, sin ideologías que oscilan desde el fanatismo hasta la anacronía.
Puede mejorar, no es la demolición, imagino que es bueno ponerlo. Pero, como a veces replica el paisano, ”difícil que el chancho chifle”. Liderar, proponer y comprometerse en serio a crecer, cortar el negocio de los pobres, salir de tal océano de miseria pero asumir la austeridad sin vueltas y el realismo. El liderazgo honesto y capaz, no el mandón oportunista. Sí, puede ser. Mientras, aquí, después de un tiempo bien largo, sin que se dirijan dedos de acusación por esta triste involución, con una voz dirigida al lugar tiene que reconocerse la gran macana: “Querida, encogí a los niños”.
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