
En la visión de la rama K de la alianza que llegó a la Casa Rosada en 2019, la prioridad en materia de política exterior pasa por mostrar amabilidad, solidaridad e infinita paciencia con la dupla Cuba y Venezuela. De hecho, a poco de imponerse el Frente de Todos en las elecciones, Diosdado Cabello, referente clave del régimen de Caracas, ninguneó fuertemente la figura del actual Presidente argentino afirmando, en cadena nacional, que el triunfo no era en realidad de él, que no se la creyese y que el crédito de todo era de su Vicepresidenta. En los meses posteriores, este tipo de chicanas se repitieron cada vez que desde Buenos Aires emanaba una diferencia con el castrochavismo, tal como sucedió luego que se diese a conocer el informe Bachelet sobre las sistemáticas violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Del lado argentino, lo que siempre imperó fue el silencio y nunca responder. Llamativo para un gobierno que hace bandera de una política exterior áspera, lamentablemente sin capacidades económicas y militares que lo respalden, con países tan diversos como Estados Unidos, Brasil, Chile, Uruguay, Suecia, Colombia, Ecuador, Paraguay, Reino Unido, etc. Por todo ello, el retiro del Grupo de Lima ya se había dado en los hechos desde el mismo fin del 2019. Lo de esta semana es solo su oficialización.
Al contrario de lo que muchos pensaron en esferas oficiales y académicas argentinas, la llegada de los demócratas al poder no relajó -todo lo contrario- las presiones sobre el régimen de Venezuela, así como tampoco con Cuba y ni qué decir con China. Más allá de la fragilidad física que transmite mediáticamente el presidente Biden, sus equipos en las agencias federales claves muestran duros veteranos en temas de política exterior y seguridad nacional; así como una firme decisión de usar a fondo, y como nunca desde 1977 a 1981 con el presidente Carter, la agenda de derechos humanos como punta lanza contra algunas dictaduras y autoritarismos. Y lo hace interactuando con una híper potenciada agenda anti corrupción. Ambos temas son vistos como altamente funcionales a contrarrestar el avance del poder de China en diversas regiones del mundo en general y América Latina en particular.
Si en 1975 el ex Secretario de Estado H. Kissinger diseñó y puso en el centro de la escena la cuestión de los derechos humanos para erosionar y socavar a la URSS, medio siglo después asistimos a una versión 2.0 de todo ello. El temor a la justicia americana y los famosos mamelucos anaranjados con cadenas en los pies y manos pasarán a tener un mayor peso que en las últimas décadas. Al mismo tiempo, el propio Washington ya no ve al Grupo de Lima como un espacio destacado o prioritario. En su lugar, la diplomacia americana avanza hacia la constitución de un ámbito de consultas y acciones compartidas sobre el tema Venezuela, con países como Canadá, Brasil, Colombia, Francia, Gran Bretaña y Alemania. En otras palabras, las democracias más poderosas del hemisferio americano y Europa. El mismo gobierno socialista de España se ha mostrado más y más crítico hacia el régimen castrochavista. El propio Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, ha tenido particular cuidado de no embarrarse defendiendo lo indefendible y en todo casi ha buscado articular fluidas relaciones con Trump y más recientemente con Biden.

La nueva visión de los Estados Unidos quedó claramente demarcada en una reciente entrevista con Juan González, hombre estrecha confianza de Biden, nacido en Colombia y que tiene a cargo América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional. En la misma afirmó que el tema corrupción y violación a los derechos humanos pasarán a ser claves y que Washington está dispuesto a usar todo su poder e influencia para operar sobre actores extranjeros involucrados en estos ilícitos.
Por todo lo dicho, nadie en la región o en los Estados Unidos se sorprenderá del retiro argentino. Todos saben que el hipervicepresidencialismo de la coalición argentina iba y va hacia esa lado. En todo caso asumen que es un paso más en un diagnóstico del ala dominante del espacio gobernante en Argentina, que cree y/o desea que el poder de Estados Unidos está en un acelerado e inevitable declive y que esta vez hay que subirse al tren chino y de gobiernos autoritarios en la región que friccionan con los americanos. También acoplarse a Rusia, olvidando las serias tensiones que más temprano que tarde habrá entre Moscú y Beijing.
Por último, pero no menos importante, nuestros dirigentes se preguntarán si conviene poner todas las fichas en la misma canasta. Cabe recordar que el poder militar americano patrulla día a día zonas cercanas a China, cosa que no sucede con la potencia asiática en las costas americanas. En otras palabras, será de prudentes e inteligentes no caer en lógicas simplistas y de alineamiento automático frente a esta nueva bipolaridad que emerge frente a nosotros. Más aún si la misma no es necesariamente polarizada, en términos de Roberto Russell, y por ende da márgenes para relaciones constructivas con ambas superpotencias y sin cruzar líneas rojas.
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