
En su discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso, el Presidente de la Nación ha dejado pasar una vez más una oportunidad para convocar con autenticidad a la unión nacional. Por el contrario, optó por insistir en mantener vigentes las antinomias que dividen a los argentinos. En un mensaje que pareció dirigido a satisfacer a una sola persona, eligió palabras que eternizan la llamada “grieta” que enfrenta a sectores de la sociedad.
El Presidente parece encogerse respecto a su mensaje de campaña. Ya nada queda de la máscara centrista del entonces candidato. El corrimiento del velo mostró que la verdadera jefatura permanece en manos de la Vicepresidenta. Detrás del candidato moderado, con vocación socialdemócrata y admirador de Raúl Alfonsín apareció un seguidor de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa y un obediente servidor de los deseos de su jefa política.
En un tono autocelebratorio y carente de toda autocrítica, el Presidente prácticamente ignoró referirse a la política exterior. Haciendo lo contrario a lo que enseñó el general Juan Domingo Perón, quien sostenía que la verdadera política era la política internacional, Fernández eligió reducir su mensaje al plano doméstico y a su agenda de odios y rencores para con sus antecesores, a los que culpó de todos los males.
Apenas una mención a su -supuesta- vocación “multilateralista” y solapadas críticas a la última administración de los Estados Unidos fueron una de las pocas pinceladas relacionadas a la relación de la Argentina con el mundo.
Ensañado con el ex Presidente Mauricio Macri, el Jefe de Estado aseguró que “dejamos atrás la política de sumisión y fotos”. Una vez más, el titular del Poder Ejecutivo optó por ocultar la realidad, toda vez que su administración sí ejerce una política de sumisión a la agenda del Foro de San Pablo y el Grupo de Puebla. Esta realidad se vio confirmada a lo largo de sus quince meses de gestión con las posiciones del gobierno argentino en defensa de las dictaduras de Venezuela y Nicaragua y su reiterado silencio con respecto a la tiranía comunista cubana.
Desde diciembre de 2019, una política exterior tercermundista ha llevado a la Argentina a alejarse de sus vecinos de la región, suspendiendo o ralentizando la integración con sus socios del Mercosur en la búsqueda de nuevos mercados y ha enfrentado gratuitamente al país con los Estados Unidos como quedó demostrado con la posición maximalista asumida por el país en ocasión de las elecciones de autoridades en la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Banco InterAmericano de Desarrollo (BID).

A su vez, la declamada invocación al carácter “estratégico” de las relaciones con China y Rusia pareció agotarse en el plano retórico. Esta realidad se vio confirmada cuando torpezas atribuibles a su propia deficiencia en la conducción de la política exterior derivaron en tropiezos gratuitos en la relación con Beijing y Moscú, capitales clave ante las cuales durante meses la Argentina permaneció sin embajador.
A su vez, el Presidente explicó que su política exterior busca consolidar “un idealismo realista y un pragmatismo que no olvida los valores”. Fue allí donde el Jefe de Estado pareció incorporar una innovación toda vez que hablar de un “idealismo realista” implica una contradicción elemental. Acaso su ministro de Relaciones Exteriores pudo haberlo asesorado en la materia, explicándole que precisamente el idealismo y el realismo constituyen las dos corrientes contradictorias fundamentales de las teorías de las relaciones internacionales.
El mensaje del Presidente ante el Congreso de la Nación el 1 de marzo confirma la tendencia menguante que él mismo ha impreso a su propia administración. Tanto en el plano doméstico como en el externo, el Presidente ha optado por colocarse a sí mismo no como representante de la Nación en su conjunto sino como referente de una facción cada vez más reducida. Su gobierno, lejos de buscar una impronta personal, parece conformarse con encarnar el cuarto gobierno kirchnerista. Al encogerse políticamente, se ha alejado de las mayorías y parece solo buscar satisfacer a una minoría fanatizada, arrinconada en el Instituto Patria.
El discurso del Presidente ante los legisladores contrastó con el último que diera el general Juan D. Perón en ese mismo ámbito. Al volver al poder, tras dieciocho años de exilio, el 1 de mayo de 1974 cuando presentó su Modelo Argentino para el Proyecto Nacional ante la Asamblea Legislativa, el viejo general demostró que había regresado sabio. Después de abrazarse con sus adversarios, dejando de lado antiguas divisiones, Perón fue ovacionado por propios y ajenos, recibiendo aplausos tanto en la bancada justicialista como en el bloque radical. Aquel día afirmó que “no se vence con violencia, se vence con inteligencia y organización”.
Perón si había vuelto mejor.
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