
No tenía permitido soñar. Era el hombre más poderoso del mundo, pero no le permitían soñar. Era el dueño del imperio más grande de la época, pero estaba encadenado a un mundo de estructuras, protocolos, mandatos e ideas que no lo dejaban correrse siquiera un milímetro del lugar que ocupaba. La mala fortuna de tenerlo todo, tener todo el poder, y no poder nada.
Él era el Rey. Era el Hijo del Sol. El mundo giraba en torno suyo. El ritmo de los tiempos y del cosmos llevaba el pulso de su vida entera. Se levantaba a la hora exacta en que salía el sol y se retiraba a la hora del crepúsculo. Sin embargo, todos creían que era justo al revés. Estaban convencidos de que en realidad el sol salía o se ponía en el momento en que él se levantaba o se acostaba. Por eso mismo, por lo gigante de su responsabilidad es que no tenía posibilidad de moverse del ceremonial asignado. Era considerado la figura viva del ritmo incesante de la naturaleza. La precisión científica de los tiempos, la constancia del frío y el calor, la primavera y el verano, la siembra y la cosecha, el día y la noche, la vida y la muerte. Si él cambiaba algo de su rutina, el mundo volvería al caos. Todo debía estar perfectamente controlado. No había lugar para los soñadores. Esos sólo quieren cambiar el mundo.
El texto abre diciendo que el Faraón de Egipto había soñado un sueño (Génesis 41). Imposible. Los Faraones no sueñan. No hay lugar para cambiar el orden natural de las cosas. El mundo es como es y, así como sale y se pone el sol cada día, cada cosa buena o mala tiene que suceder de esa manera. Cuando uno se sabe Hijo del Sol, no puede permitirse dudar en cambiar la órbita. Es por eso que nadie en su corte podía descifrar sus sueños. En Egipto no hay lugar para soñadores.
Soñar no tiene que ver con pasar imágenes por la mente en las noches, fruto de haber comido algo pesado en la cena. Soñar es la intención de estar conectado con un mundo que no es el que vivimos. Es animarse a ver más alto. Es imaginar las cosas de la manera en que las quisiéramos, y no apenas como las aceptamos. Es ese chispazo de iluminación que nos hace sonreír cuando nos vemos no como lo que somos, sino como lo que podríamos ser. Generalmente no solemos ver más allá de lo que tenemos frente a nosotros. Asumimos que esa realidad es parte del orden natural de las cosas, de la historia, de la sociedad y de lo que nos toca. Con el tiempo, la aceptación y algunas derrotas, nos vamos transformando en Hijos de nuestro propio Sol. Nos sentamos sobre lo logrado en la comodidad del conformismo o el silencio, a cambio de la resignación a soñar. Por eso, el imperio de los sueños pertenece a aquellos que no quieren que el mundo sea y quede tal cual es. Sólo cuando no estamos de acuerdo con lo que pasa alrededor y nos disponemos a cambiar lo que nos imponen como dado, es que pasamos a ser parte del equipo de los soñadores.
Egipto en hebreo se dice “Mitzraim”. La raíz fonética de esa palabra es “Tzar” que significa: “lo angosto”, “lo estrecho”, o también “el problema”. Egipto no es un lugar geográfico, sino un lugar en la mente. Por eso la historia de la Biblia nos empuja una y otra vez a salir de Egipto. Egipto es el problema que nos ata. Es la sensación de angostura y opresión en el alma por estar apresado a la estrechez de nuestra mente. Aferrados a algún mandato, a la presión social o a supuestas certezas emocionales y espirituales. Detenidos por discursos de derecha o de izquierda, religiosos o agnósticos, o atados a alguna emoción no gobernada, convencidos de nuestro odio o nuestro amor. En Egipto no nos permitimos soñar, ni interpretar sueños. Encerrados en nuestro palacio mental aceptamos resignados el orden inevitable de las estructuras que nosotros mismos validamos. Por eso nos intiman continuamente a salir de una buena vez de Egipto. Y nos aseguran que la revolución, que traerá la libertad, comienza cuando nos disponemos a soñar.
El Rabino le preguntó al joven: “Contáme, ¿de qué vivís?”
El muchacho le respondió con orgullo: “¡Soy panadero!”
Entonces el maestro le dijo: “No te pregunté de qué te sustentas, sino ¿de qué vivís?”
A lo que el joven le dijo: “Veo, maestro, que me pregunta usted entonces con qué cosas sueño… ¡porque de lo que sueño es de lo que vivo! Sepa Rabino que yo siempre sueño… con que soy panadero!”
Amigos queridos. Amigos todos.
Soñar alto es soñar como el muchacho del cuento. Él sueña con alimentar al mundo entero. Sueña con hacer algo para cambiar la realidad, la desigualdad, el hambre, la miseria, la indiferencia. Lo poderoso es que no solamente sueña, sino que vive su vida conectado a sus sueños. Al levantarse cada mañana, lleva sus sueños a sus manos y repara la parte del mundo que le pertenece. No vive de su sustento, sino de sus sueños.
El Faraón de nuestra historia una noche decidió que era tiempo de soñar. El Faraón, que vive y gobierna dentro de cada uno, está a la espera de esa noche. El cambio real llega en el momento en que descubrimos que para soñar más alto debemos poder despertar.
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