
En estos días, América Latina fue escenario de momentos históricos en dos países que fueron ejemplos democráticos en el siglo pasado.
Por un lado, por el fallecimiento del ex presidente Tabaré Vázquez hicieron llegar sus condolencias los partidos políticos y líderes de expresiones democráticas del mundo. Se reconoció su trayectoria y se destacó su búsqueda de la transformación social en un país que fue mejorando su democracia recuperada en la década de 1980. Tabaré Vázquez enfrentó a los partidos históricos a los cuales destronó del poder. Sin embargo, todo el espectro político le reconoce que siempre respetó las reglas de juego y nunca puso los intereses de su coalición por encima del objetivo colectivo de fortalecer la democracia, condición imprescindible de una sociedad más justa.
Por el otro lado, el domingo pasado nos encontramos en Venezuela con una nueva adulteración de las condiciones mínimas de un régimen democrático. Elecciones sin opositores, reglas manipuladas una y otra vez por el oficialismo, bajísima participación popular y un avance más sobre los pocos espacios en los cuales podían expresarse los disidentes al régimen de Nicolás Maduro.
El repudio internacional a estas elecciones no competitivas contrasta simétricamente con la reivindicación del líder uruguayo.
Recientemente el Poder Ejecutivo argentino reunió a casi todos los gobernadores para mostrar que contaba con ese apoyo en su política de despojo de los fondos de la Ciudad de Buenos Aires. En ese contexto dio a conocer un documento en el que se argumenta la necesidad de suspender las PASO, con el argumento de reducir los costos económicos del proceso electoral y no correr riesgos sanitarios por la pandemia del Coronavirus.
En todos los países del mundo las reglas electorales se evalúan en función de su capacidad de mejorar la representación política. Las PASO fueron creadas para garantizar la democracia interna de los partidos y para minimizar la fragmentación del sistema de partidos. Cumplieron ambos objetivos. Se pueden mejorar, pero suspenderlas sería un grave retroceso porque volverían los acuerdos de cúpulas para arreglar las candidaturas y tendríamos de nuevo decenas de partidos sin representación.
La excusa de los costos es desde hace décadas el argumento de los voceros de la anti política. Si ese fuese el problema, se solucionaría implementando la boleta única en las PASO y en las elecciones generales. No sólo se gastaría mucho menos en impresión de boletas, sino que también serían menos relevantes los fiscales durante todo el día de las elecciones. Ambos aspectos sumados traerían una reducción del costo económico y también ambiental del proceso electoral.
La otra excusa esgrimida para suspenderlas es directamente inverosímil. El gobierno impulsa o permite que las personas circulen de a miles en casinos, playas o en movilizaciones, ya que en breve se comienza con el proceso de vacunación, que para el mes de agosto debería estar más que terminado, según sus propias declaraciones.
Está claro que el motivo para suspender las PASO es la búsqueda de ventajas particularistas, regresando a la vieja modalidad de selección de candidatos que fue muy cuestionada desde la sociedad civil. ¿Qué resultados conseguiría? Al dejar de ser primarias obligatorias, los candidatos serán elegidos por las cúpulas partidarias. Al dejar de ser simultáneas, si un partido decide democratizar la selección de sus candidatos a través de una interna, corre el riesgo de la intromisión de otras estructuras partidarias que controlen los recursos estatales.
Por eso el grueso de los especialistas académicos y de la sociedad civil acuerdan en la necesidad de no suspender las PASO, sino de mejorarlas y sobre todo de buscar fórmulas de consenso.
Para que las reglas electorales no sean un instrumento de control político del partido en el poder, como sucede en Venezuela. Y como nunca hizo Tabaré Vazquez.
Esperemos que Alberto Fernández prefiera mirarse en ese espejo y no en el de Maduro.
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