La divergencia de Argentina con el desarrollo

El 2020 es un año muy muy triste y crítico, con una caída del PBI de más del 10% que se suma al retroceso en los dos precedentes. Origen del desvío del sendero del progreso

La Argentina acumula un singular retraso en el desarrollo económico y social (Reuters)
La Argentina acumula un singular retraso en el desarrollo económico y social (Reuters)

Hace varias décadas que la economía no caía continuamente durante 3 años consecutivos. La alta volatilidad consistía en caer un año y recuperarse el siguiente, siempre solo parcialmente. Acumula un declive superior al 15% desde 2018, y un 20% en términos por habitante.

Ese desempeño significó retroceder al nivel de 1974. Una contundente evidencia del estancamiento económico de largo plazo que, no es percibido por su propia condición de ser una gradual, pero inexorable, decadencia, derivado de los continuos desequilibrios de las finanzas públicas. A los que, como solución, también siempre se buscaron atajos.

Atajos tales como: a) tomar deuda pública en exceso; b) sancionar más impuestos que desalientan al ahorro, la inversión, el empleo y el comercio exterior; y c) la emisión monetaria superior a la demanda de dinero. Resultando, respectivamente, en crisis de cesación de pagos; en una muy escasa tasa de crecimiento económico y en una elevada y creciente inflación y del tipo de cambio. Así, ahora en toda interactuación digital, o antes en reuniones personales de la pandemia-cuarentena, surge y surgía la muy penosa y evidente reversión del desarrollo del país, especialmente de la ocurrida durante las últimas 2 décadas.

Cuestión que todos perciben, en más o en menos y pese a la muy intensa “post verdad” que emana desde la política hacia la sociedad, que hoy el PBI significa solo 0,5% del total mundial y el 0,3% del comercio internacional. Un “país chico”.

Hoy el PBI significa solo 0,5% del total mundial y el 0,3% del comercio internacional

Asociada a esta cada vez más tangible decadencia de la nación, surgen las polémicas acerca de cuándo fueron los años, o las décadas, en que momento se produjo el desvío del sendero de progreso; sin dejar de debatir incluso si es que alguna vez se transitó por alguno que haya contado con los fundamentos necesarios y suficientes para resultar genuino y sostenible en el largo plazo.

La mirada hacia atrás desalienta y mucho. Pero, además, si se observa también hacia adelante, resulta altamente probable que recién en 2023 se logre un PBI por habitante similar al de 2019. Quizás fue esa misma y muy prolongada “medianía” la que hizo creer haber logrado la alquimia que los referidos “atajos”, usados simultánea o alternativamente, eran sostenibles.

Imperialismos y dependencia

Las evidencias de largo plazo señaladas determinarían un probable origen del estancamiento económico a mediados de los 70 del siglo pasado. Otras evidencias lo podrían determinar incluso unas 3 décadas antes, a mediados de los 40, hace unos 75 años. Pero, el origen de las divergencias con el progreso relativo también podría ser ubicado antes, en la primera interrupción institucional, mediante un golpe militar de estado, en 1930. Casi 100 años atrás.

Atraviesan a todas estas hipótesis una mayoritaria interpretación que está basada en la teoría clásica de los llamados “imperialismos históricos”; en los que, en realidad, el mundo siempre se desenvolvió, impactando en una mayor o menor medida en todos los países y desde los orígenes de la humanidad. En el caso de Latinoamérica, esta teoría ha sido denominada como la “de la dependencia”.

Según la cual existe una inexorable y continua dinámica en la economía mundial que asigna a los países llamados “periféricos”, por su posición geopolítica alejada de los ya desarrollados, una “condena” a una especialización productiva que, a su vez, siempre está subordinada a la consigna global de resultar solo proveedores de las antiguamente denominadas “materias primas”; entendiendo por ello a los productos que se “extraen” (?) de la tierra, casi sin la necesidad de inversión previa alguna (?) y sin el logro de ningún mayor valor económico agregado relevante (?). Además de impedir el acceso de estos productos a los mercados de las naciones ya desarrolladas, mediante los aranceles de importación.

Esta teoría encontraba algún sustento cuando los llamados “términos de intercambio”, la relación de los precios de los productos exportables con los importables, resultaban siempre desfavorables para los países subdesarrollados. Pero, los numerosos, variados y sucesivos cambios ocurridos desde la última post guerra mundial y de la inmediatamente siguiente llamada cuarta revolución tecnológica, aún en un continuo proceso con la abrupta transformación en la transmisión de la información digital, en la tecnología de la electrónica aplicada a la producción de los bienes y de los servicios, en el transporte, en el comercio, en las comunicaciones y en las finanzas, hacen que actualmente esta teoría encuentre cada vez más inconvenientes para poder explicar el desarrollo ocurrido desde entonces en muchos de los países periféricos del mundo.

La relación de los precios de los productos exportables con los importables, resultaban siempre desfavorables para los países subdesarrollados (EFE)
La relación de los precios de los productos exportables con los importables, resultaban siempre desfavorables para los países subdesarrollados (EFE)

Como muy bien lo señala Andrés Malamud, ahora las relaciones y los bloques comerciales se organizan y se agrupan mucho más por los intereses comunes que por los territorios cercanos. Son los casos del progreso de países tan disímiles como Islandia en el polo norte; Estonia en la Europa oriental y frente a Rusia; los de numerosas naciones del Sud de Asia, todas ellas periféricas de China; e incluso de otros grandes casos, ya clásicos, como los de Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Ahora las relaciones y los bloques comerciales se organizan y se agrupan mucho más por los intereses comunes que por los territorios cercanos (Andrés Malamud)

Todos ellos son ejemplos de migraciones desde los desarrollos casi exclusivamente dependientes hacia los mayoritariamente autónomos, fundamentalmente mediante la incorporación masiva del conocimiento, del estudio de las ciencias llamadas “duras” y del continuo desarrollo de las tecnologías innovadoras; en suma, de la denominada modernidad.

Pérdida de oportunidades

En el caso de la Argentina, si nos quedamos solo con la lectura de las muy valiosas investigaciones de Carlos Escudé con la información de las cláusulas de los convenios de los EEUU con los países de Europa, beneficiarios del plan de post guerra llamado “Marshall”, que establecían la prohibición de utilizar los empréstitos otorgados para efectuar operaciones comerciales con Argentina, la visión sería incompleta. Tal como lo explica Julio Rajneri en sus numerosos documentos acerca de la evidencia de un histórico subdesarrollo de la política exterior de Argentina, que podría pasar así a ser también un anterior corresponsable cronológico del prolongado estancamiento económico.

Existe un consenso general que entre los años 1860/70 y 1910, incluso atravesando una severa crisis económica y política en 1890, Argentina logró un muy llamativo crecimiento económico que la ubicó entre los 10 países del mundo de mayor PBI por habitante, según los estudios de Juan José Llach, entre otros investigadores. Posición esta que sostuvo, con algunos altibajos, justamente hasta los referidos años 1940/50, atravesando las 2 grandes guerras mundiales y varias crisis globales.

A fines del siglo XIX, el país y los EEUU ya eran, y aún lo son, grandes productores agropecuarios y, por lo tanto, las relaciones comerciales entre sí eran secundarias. En las 3 conferencias mundiales celebradas en Washington en 1889/90 los EEUU le propusieron solo a la Argentina conformar una unión aduanera, con un arancel común para toda Europa, incluyendo al Reino Unido, por entonces todavía la 1a potencia mundial.

La propuesta incluía además, de cara al ingreso al siglo XX, una zona de libre comercio, sin aduanas. Pero, la delegación argentina se opuso, sin visualizar que muy pocos años después los EEUU superarían al Reino Unido, con el cual aún se mantenía una estrecha relación comercial complementaria.

Durante la Guerra Mundial se optó por la continua neutralidad, pese a las varias solicitudes de los EEUU de participar como aliado. Solicitud que Brasil no desoyó. Poco después, en 1920 el país se opuso nuevamente a integrar la llamada “liga de las naciones” propuesta por los EEUU, fue el único de toda América que se ausentó a sus 3 conferencias en 1928/29. Antes de la crisis global de 1929/30 los EEUU ya habían alcanzado a significar el 25% del PBI mundial y habían progresado en la innovación tecnológica y los avances científicos, de los que se había rechazado participar. Aquellas convocatorias no era las de un “gigante” a un “enano”. Las reservas en oro de la Argentina eran el 70% de las disponibles en toda Latinoamérica y el comercio exterior significaba el 50% del total de la región.

A fines de 1941 el imperio del Japón ataca a los EEUU en el Océano Pacífico, en Pearl Harbor, y los EEUU le declaran la guerra al “eje” de Japón, Alemania e Italia. Veintiséis naciones de América se adhieren a los EEUU en la Segunda Guerra Mundial, salvo Argentina que fue el único país de Latinoamérica que, no sólo no se adhirió, sino que hasta efectuó numerosas muestras de simpatía con las naciones del eje.

Como los desatinos nunca resultan impares, pues siempre se cometen de a 2, en 1943 se efectúa el golpe militar de estado al régimen de la llamada concordancia política y toda la estrategia de la política y el comercio exterior se plantea a partir de la hipótesis, fallida, de una inexorable 3a gran guerra mundial, adoptándose la denominada “Tercera posición”.

Así, la extensa decadencia de Argentina tendría sobradas causas, tanto de corto y de largo plazo como de políticas públicas externas e internas, que atraviesan alrededor de los últimos 100 años. Quizás un mínimo acuerdo del reconocimiento de ello, podría resultar en una plataforma válida del inicio de alguna posibilidad de una recuperación sostenida del país.

El autor es presidente de Fundación Pensar Santiago

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