
El domingo a las 17 terminé de escribir la nota para Infobae “Resulta que ahora a Cristina no le gusta”, que se publicó unas horas después. En la misma sostenía la opinión, basada en información, de que “es evidente que la doctora Fernández ha decidido prevenirse públicamente para que no queden dudas de que ella no piensa asumir responsabilidad de los errores y consecuencias negativas del gobernar de su elegido. Algo así como un ‘yo lo haría de otro modo’. Algo así como un gesto de Pilatos en el mar de la crisis”.
Veinticuatro horas reloj más tarde la “Militante peronista, Vicepresidenta de la República Argentina, 2 veces Presidenta mandato cumplido”, como ella misma se define en su perfil de redes sociales, nos dio explícitamente la razón. A Cristina Kirchner no le gusta la marcha general del gobierno de Alberto Fernández y le atribuye a él, y solo a él, todo lo que pasa.
Dice CFK en un texto con motivo del aniversario de la muerte de su esposo que “el sistema de decisión en el Poder Ejecutivo hace imposible que no sea el Presidente el que tome las decisiones de gobierno. Es el que saca, pone o mantiene funcionarios”. Esto debe leerse así: no hay cogobierno con ella, las decisiones no le pertenecen y el gabinete es letra y música del Presidente. Agrega Cristina, para que no queden dudas en el operativo “despegue” del hombre que se sienta en los cojines de Rivadavia, una descripción del gabinete de Alberto adjetivada como “funcionarios o funcionarias que no funcionan” con “aciertos o desaciertos”. Debe leerse: no me gusta cómo gestionan los dirigidos por Santiago Cafiero. Por fin, la ex presidente considera “agobiante” el freno a la economía. Debe leerse: no hay plan económico.
¿Puede haber el menor resquicio para entender que la mentora del presidente Fernández no gusta de su gobierno? No parece.
Tiene razón la responsable del Senado cuando dice que el Poder Ejecutivo en la Argentina, en las normas y en los hechos, es unipersonal. El vicepresidente es un órgano extra poder con asiento en el poder legislativo. Tiene razón cuando dice que la firma de los decretos de nombramientos de ministros y el aval de sus acciones es presidencial. Pero todo eso se da contra la pared de realidad propia de la gestión iniciada el 10 de diciembre pasado.
No existe caso conocido en el planeta en donde el vicepresidente nomine a dedo al candidato a presidente. Con eso debería abortarse este operativo “despegue”. CFK es autora directa de la consagración como presidente. Su compañero de fórmula se ha encargado de definirla como su asesora privilegiada, su inseparable compañera de ruta y la mentora de muchas de sus ideas. Además, hay que mirar el gabinete de los que no funcionan. Jorge Asís encontró la metáfora ideal para explicarlo: hay un loteo horizontal en los cargos en donde a un ministro albertista lo sucede un vice cristinista. Justicia, Desarrollo Social, Economía, Trabajo y tantos otros. ¿Alguien supone que los centros en donde se concentra la mayor recaudación estatal están ocupados por cristinistas puros por obra y gracia de la decisión solitaria de Alberto? ¿Hay que explicar la trayectoria de Luana Volnovic, Mercedes Marcó del Pont o Fernanda Raverta? ¿Y los cargos de los militantes de La Cámpora?
Este estratégico gambito de la doctora Kirchner, que implica sacrificar algunos peones propios involucrados en las decisiones gubernamentales, le permiten reforzar su imagen de líder incómoda con los resultados de lo hecho aprovechando, de paso, su inventario hacia atrás contra los que la criticaban en forma y tono. Está en su naturaleza: no perdona las divergencias.
Habrá que ver si a esto le sucede algo no conocido aún, propio de una inteligente arquitecta política que supo sorprender a todos, cuando nadie siquiera lo olía, con la nominación de un candidato a presidente que resultó triunfador. CFK es una hábil creadora de movidas que se proyectan mucho más adelante. Difícil prever cuál será su próxima jugada. Suena poco probable que no la haya. Sobre todo, si se cita el viejo e infalible adagio romano que asegura que en política no hay amistades o amores idílicos. Hay sólo intereses comunes y conveniencias. Hasta que desaparecen.
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