Resulta que ahora a Cristina no le gusta

La vicepresidenta decidió prevenirse públicamente para que no queden dudas de que ella no piensa asumir responsabilidad de los errores del Gobierno

(Presidencia)
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Al desconcierto general por la marcha del gobierno en materia de salud, economía y seguridad se le suma la eclosión de un ostensible y sinuoso fuego amigo, muy amigo, de Alberto Fernández. Sin el menor disimulo, el cristinismo empezó por estos días a hacer trascender por sus voceros el (supuesto) descontento de los seguidores de la líder del Instituto Patria. Que hay ministros que se ocupan más de su tintura capilar que de la gestión, que la economía no tiene rumbo o, incluso, que el sobrepeso del presidente muestra el desborde en la gestión.

Más allá de la certidumbre de las críticas, es evidente que la doctora Fernández ha decidido prevenirse públicamente para que no queden dudas de que ella no piensa asumir responsabilidad de los errores y consecuencias negativas del gobernar de su elegido. Algo así como un “yo lo haría de otro modo”. Algo así como un gesto de Pilatos en el mar de la crisis.

Ya es hora de decir que los intentos de separar al cristinismo del albertismo no tienen sentido. En su génesis, el dedo elector de ella hacia él consagraron una responsabilidad indivisible e inexcusable. La nominación de funcionarios cercanos a la ex presidenta en lugares clave y el expreso reconocimiento del actual titular del ejecutivo diciendo que nunca se va a separar de su mentora, deberían finiquitar ese tema de quién gobierna, si hay interna entre los dos y demás parecidos. Eso, en todo caso, es una buena excusa para diluir la indelegable responsabilidad de hacerse cargo de lo que pasa. Si es verdad que hay una crisis de confianza en estos 11 meses de gobierno no es por el pretendido conflicto presidente-vice sino por temas bien puntuales que vale la pena repasar.

La economía navega sin brújula y se acumulan ausencia o malas decisiones adornadas con declaraciones que horadan la credibilidad del equipo a cargo. Cada vez que habla el ministro Martín Guzmán, el dólar legal libre (porque aquí lo legal está atado, con alambres pero atado) y el negro pegan un salto. ¿Hay necesidad de que este formado funcionario niegue su mirada a la moneda Blue y afirme que ese precio no tiene que ver con la realidad de la economía? Semejante dislate para cualquier argentino que vivió en su país en los últimos años le cuesta dos o tres pesos de cotización. O sea, una nueva devaluación del peso argentino. Si como dice el enorme analista económico Claudio Zuchovicki los precios son un estado de ánimo, el precio del dólar es angustia, incertidumbre y vaca conocida por la leche que ya quemó. El público sabedor de la materia describe incongruencias técnicas e insustancialidades económicas. El gran público que es la ciudadanía ve falta de explicaciones y de expresión de objetivos.

Cristina Kirchner decidió prevenirse públicamente para que no queden dudas de que ella no piensa asumir responsabilidad de los errores del Gobierno (REUTERS/Agustin Marcarian)
Cristina Kirchner decidió prevenirse públicamente para que no queden dudas de que ella no piensa asumir responsabilidad de los errores del Gobierno (REUTERS/Agustin Marcarian)

La seguridad está atacada por varios frentes. Al aumento de los casos de violencia cotidiana ya advertidos por funcionarios como Sergio Berni (“la pandemia deja delitos nuevos, desorganizados y perpetrados por primerizos con alta violencia”) se le suma la creciente modalidad de toma de tierras. ¿Alguien tiene idea qué piensan, de verdad, el presidente y su vice de la toma de tierras? Los titubeos y contradicciones entre ministros que dicen que es delito y secretarios o defensores de la coalición que acampan o justifican a los usurpadores, dejan dudas. El malestar gástrico de Sergio Massa que dejó de cama a uno de los fundadores de la coalición gobernante son una gráfica expresión de las inexplicables idas y vueltas en el tema. Alberto Fernández habla públicamente, con quien quiere, de todo. ¿No debería pronunciarse a favor o en contra del código penal? Porque usurpar está tipificado desde 1921.

El plan sanitario por el Coronavirus también quedó atrapado por la desconfianza. El indudable buen comienzo de la cuarentena aconsejada por expertos se estrelló con la realidad de cantidad de fallecidos y contagiados que ubican a la Argentina entre los primeros puestos de la tragedia. El desconcierto por el modo de relevar esos datos a 8 meses (dice 8 meses) de las medidas, sumado a la ausencia del menor atisbo de debatir en el congreso qué se hace y qué no se hace, derrumba la credibilidad en el sistema. De las filminas eternas del presidente pasamos a algún discursito expresado entre dientes del enojo y la fatiga.

Este escenario de los temas más salientes podría adornarse con las aburridas contradicciones por temas como Venezuela (¿hay o no hay estado de derecho para el presidente Fernández?) o el patrullaje del pensamiento “bueno” lanzado desde NODIO o desde la senaduría de Oscar Parrilli. Y habría más. El desgaste de energía gubernamental en estos temas, impacta. También hay combustible de gestión que no se corta a la hora de acomodar el deseo cristinista en materia judicial. Han sido sin el menor prurito algunos llamados hechos a la Corte Suprema para conseguir un fallo favorable al deseo de sancionar con el traslado a los jueces que juzgaron o juzgaran a la ex jefa de la nación. Si el tribunal supremo cree que podrá quedar bien con todos con un fallo (ya en borrador de mayoría) que no se pronuncie expresamente sobre si hay persecución de jueces que se metieron con la corrupción K y opta por un criterio vidrioso, asumirá el riesgo de emparentarse con la falta de credibilidad general que tiene el poder ejecutivo. Hay un límite para los acomodamientos según los vientos que soplen.

“Cristina está fastidiada con muchos aspectos de la gestión”, dice por lo bajo uno de sus hombres de confianza. La realidad está mucho más fastidiada y el porqué y el cómo gobierna quien gobierna se conoce en los hechos, más allá de maquillados enojos.

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