
A pocos días de que tenga lugar la elección presidencial en los Estados Unidos, surge una pregunta: ¿quién nos conviene que gane? En esta columna trataré de explicar que la situación de la Argentina no variará tanto dependiendo de quién ocupe la Casa Blanca, sino de la manera en que encaremos nuestra relación con la gran potencia.
Un primer punto a señalar es que en los próximos años la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina estará influenciada fuertemente por el conflicto estratégico que mantiene actualmente con China. Efectivamente, la voluntad de contener la influencia de China ya es un elemento central de la estrategia de Washington y lo seguirá siendo independientemente de quien gane la elección presidencial. Según si gobiernan los republicanos o los demócratas variarán las formas, la táctica, pero no la estrategia. Los republicanos probablemente buscarán estrechar lazos con sus aliados a través del sector privado y la colaboración militar, mientras que los demócratas pondrán mayor énfasis en las burocracias estatales y los organismos multilaterales.
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Por otro lado, como consecuencia de la creciente presencia de China en América Latina, nuestra región esta ganando relevancia estratégica. En parte esto explica por qué por primera vez Estados Unidos presentó la candidatura de un estadounidense para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Este es tan sólo un ejemplo de cómo Washington buscará incrementar su presencia económica en América del Sur para, de esta manera, contrarrestar la proyección del país asiático.
Ésta de hecho es una estrategia que puede representar una oportunidad para los países latinoamericanos. Durante algunos períodos de la Guerra Fría, tal como sucedió en las presidencias de Lyndon Johnson y John Kennedy, Estados Unidos estimuló el desarrollo de países como Brasil para evitar que allí se produjeran revoluciones similares a la cubana. En efecto, éstas hubiesen facilitado el avance soviético. ¿Podremos los argentinos aprovechar este contexto?
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Históricamente, las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos no han sido fáciles. Esto en parte se debió a que a fines del siglo XIX y principios del XX la Argentina intentó impedir la expansión de Washington en nuestra región. Por tomar un caso, Buenos Aires se opuso a la creación de organismos panamericanos que estuviesen bajo la tutela de Estados Unidos. Asimismo, el hecho que ambos países compitiésemos en sectores como el agrícola tendió a acercarnos a Gran Bretaña. Esta estrategia tuvo cierta lógica porque reflejó el escenario internacional de aquel entonces. Luego, sin embargo, la Argentina comenzó a desafiar innecesariamente a la que claramente ya era la gran potencia mundial.
Un claro ejemplo de esto fue el no habernos sumado a la coalición de los aliados en la última etapa de la II Guerra Mundial. Debido a esto, Estados Unidos no sólo nos aplicaría sanciones sino que evitaría colaborar con nosotros de la manera en que lo hizo con sus aliados europeos a través del Plan Marshall y, en menor medida, con Brasil. En las últimas décadas nuestra política exterior ha sido cambiante, pasando de gobiernos que apoyaron activamente las iniciativas de Washington a otros que las criticaban abiertamente.
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¿Qué necesitamos entonces para establecer una relación que promueva nuestros intereses?
En primer lugar, continuidad. Cuando un país cambia constantemente su política exterior pierde credibilidad. Esto le hace perder influencia y lo convierte en un socio poco atractivo. Debemos por lo tanto consensuar internamente una estrategia que nos permita sacar provecho de la relación con Estados Unidos.
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En segundo término, tenemos que ser más proactivos. La dirigencia de Estados Unidos tiene demasiadas preocupaciones como para explorar oportunidades de colaboración con la Argentina o presentarnos ofertas concretas. Al ser el país más pequeño y el que más tiene que ganar de la relación, nosotros somos los que debemos identificar posibles áreas de colaboración, en el plano tecnológico, energético, militar y cultural.
Por último, tenemos que ser realistas. Estados Unidos continuará dominando militarmente el hemisferio occidental durante varias generaciones. La brecha de poder militar que existe entre esta nación y el resto es enorme, diferencia que es aún mayor en el continente americano y en el Atlántico Sur. Por lo tanto, provocar innecesariamente a esta gran potencia en medio de su disputa con China puede resultarnos muy costoso.
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Pero de ninguna manera esto significa que tengamos que subordinar nuestra política exterior a la de Estados Unidos. Por lo contrario, debemos preservar altos grados de autonomía porque vivimos en un mundo incierto y cambiante. Y para no depender de la buena voluntad de ningún país necesitamos modernizar nuestras fuerzas armadas, fortalecer la alta burocracia, tener cuentas fiscales ordenadas y contar con un empresariado nacional competitivo. Tampoco podemos privarnos de mantener relaciones estrechas con otras naciones y bloques, como es el caso de China, Brasil y la Unión Europea. También necesitaremos de éstos para desarrollarnos.
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