No merecemos el agravio

Es grave el insulto, como también lo es el silencio de muchos que lo avalan

Postal de la masiva movilización del lunes (Thomas Khazki)
Postal de la masiva movilización del lunes (Thomas Khazki)

Cuando la intencionalidad manifiesta es ignorar, quitar identidad y anular, es difícil guardar silencio y aceptar que todo quede simplificado a exabruptos explicados en una mera chicana de nuestra doliente cultura política. Sabemos que las palabras tienen significado y que ellas generan acciones y reacciones. Por ello es grave el insulto, como también lo es el silencio de muchos que lo avalan.

No fui a la marcha. Pero la avalo como ejercicio noble del derecho humano inalienable a solicitar y reclamar que tenemos como ciudadanos. Ciudadanos todos: los que fueron, los que no, los que acordamos y los que disienten.

Waldo Ansaldi en un importante artículo publicado en la prestigiosa revista Índice del Centro de Estudios Sociales de la DAIA, titulado “Derechos Humanos y Derechos de ciudadanía como límites a la arbitrariedad del poder”, afirma: “La cuestión de la construcción histórica de la ciudadanía se encuentra entrelazada con la de los derechos humanos. Dicho enfáticamente: la ciudadanía es el derecho a tener derechos -por eso es una construcción histórica-, dentro de los cuales se encuentran los humanos, el límite contra la arbitrariedad del poder y la frontera ética entre la condición humana y la de meros seres vivos”.

No es necesario que recordemos aquí las páginas más atroces del siglo pasado sobre exclusión, segregación, persecución y muerte. Las conocemos suficientemente del mismo modo que a la historia de nuestro país, en la que la democracia fue sojuzgada repetidamente por dictaduras violentas y sangrientas que llegaron hasta límites indescriptibles como en la última vivida, en donde desconocer y negar identidad a quien disentía fueron los disvalores que rigieron y dieron lugar a la peor que nos tocó vivir. Sus consecuencias aún las padecemos y nos duelen a todos los argentinos.

Las palabras generan, y más aún cuando son emitidas desde el poder.

Agrega Ansaldi, “el Estado protector encorsetó a la ciudadanía en la pasividad, hizo o permitió que los hombres y mujeres esperaran todo del Estado, incluso a costa de cancelar la libertad de decisión y al precio de un clientelismo envilecedor de la ciudadanía política y generó escasa predisposición a los cambios y la lucha por ellos”.

La salud y/o calidad democrática se mide con indicadores de valores fundamentales como la libertad y la igualdad. También en la participación ciudadana.

En la marcha del 12 de octubre, una vez más, hombres y mujeres se manifestaron en el espacio público haciendo flamear orgullosos la bandera argentina, entonando el himno nacional y pidiendo ser atendidos por el poder de turno, fortaleciendo así nuestra democracia.

No se oyeron consignas partidarias ni pedidos destituyentes. Las expresiones que se escucharon fueron reclamos de ciudadanos dignos y libres que no se merecen la descalificación, y mucho menos cuando ésta viene desde el poder. El tapar los oídos y cerrar los ojos ya de por sí es una respuesta agraviante, no es necesario ahondar en el daño con la negación de identidad. Es muy grave y temerario que desde lo más alto del poder se niegue a una parte de la sociedad.

La buena noticia es que de una manera u otra los ciudadanos del pueblo argentino que no aceptan ser encorsetados por el Estado, que creen en los derechos que la constitución les otorga y no están dispuestos a que la ideología se los quite, seguirán peticionando, pues como cierra Ansaldi su artículo citando a Séneca: “Si no nos atrevemos no es porque la tarea sea difícil, si no nos atrevemos es cuando la tarea se vuelve difícil”.

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