
Volvieron a resurgir debates no terminados, recuerdos no resueltos, materias de diván, de psicoanálisis o al menos, de rectificaciones. Las violencias pasadas sufrieron deformaciones que convirtieron sus recuerdos en inestables, en eterno tema de debate. Fue justo castigar la represión del Estado como de “lesa humanidad” tanto como absurdo terminar ubicando a la violencia de la guerrilla como parte de ese amplio nombre que utilizamos para referirnos a los “derechos humanos”. Lo cierto es que, por tomar solo un ejemplo, Rucci no puede formar parte de los caídos en aquella confrontación, y el sacerdote Carlos Mujica, si, siempre y cuando se deforme la historia, se adjudique su asesinato a un supuesto comisario, y se niegue la absoluta responsabilidad de la guerrilla en ese crimen. Para los que vivimos aquellos tiempos, varios de los que figuran en la lista de las tres A son muertos que se había atribuido la guerrilla. En el de un gran amigo, su hermana me comentó que esa misma mañana había salido acompañado de un famoso guerrillero, con quien yo tuve ocasión de discutir esa muerte. Había sido acusado de delación; no quiero dar más detalles pues de poco serviría reanudar aquellas largas disquisiciones. Recuerdo el velatorio del Padre Mujica y la expulsión de algún personaje de la época, como el velatorio de Rucci y la ausencia de todo funcionario ligado a la guerrilla. Después vendrá la atrocidad de los desaparecidos y un número que dista mucho, demasiado, del de los países hermanos, cuestión que define como pocas la ferocidad de nuestra derecha supuestamente “liberal en los negocios, siempre fascista en política”. Perón había intentado recuperar a la guerrilla al ofrecerles un enorme espacio en el gobierno, los tres gobernadores más importantes -Buenos Aires, Córdoba y Mendoza- ministros, legisladores. Pero esa violencia se equivocó al continuar asesinando en plena democracia, aunque luego hayan inventado un conjunto de teorías al servicio de la negación de su error.
Hoy aparece un sector supuestamente progresista o de izquierda, que sigue usurpando el nombre del peronismo mientras reivindica posiciones ideológicas que nunca fueron nuestras. Ni Cuba ni Venezuela son parte de nuestro ideario. Dictaduras fueron las que derrocaron al peronismo, que nunca dejo de llegar por el voto de su pueblo.
Condenar la dictadura de Venezuela no necesita de más testimonio que los miles de exiliados humildes y esforzados que encontramos todos los días trabajando a nuestro lado. Quienes se sintieron ofendidos por el voto de nuestro país en la ONU nada tienen que ver con el peronismo ni con su historia, son solo restos de un izquierdismo infantil, carente de propuestas. Los votantes peronistas no merecen ser traicionados por “imberbes” que se creen revolucionarios. Estos personajes jamás hubieran llegado a ser parte del Gobierno si no se ocultaran detrás de la imagen del peronismo. Lo mismo pasó con los Menem y Cavallo. En rigor, la peor derecha y la peor izquierda necesitaron decirse peronistas para poder destruir nuestra heredad. El peronismo fue una concepción patriótica que terminó con la muerte de su fundador. Eran otros tiempos, hasta los liberales y conservadores tuvieron su versión patriótica, herencias del radicalismo y del peronismo, de los movimientos populares. Ese infantilismo que hoy ataca no tiene nada que ver con nosotros, ni mucho menos con los verdaderos hermanos del continente.
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