
¿Cuánto falta para que termine esta pandemia? ¿Qué futuro nos aguarda? ¿Tendremos que convivir con nuevos enemigos invisibles? ¿De cuántas preguntas sin respuestas estamos constituidos? Si bien hubo varios momentos dramáticos en la historia de la humanidad, guerras, hambre, otras pestes, sin dudarlo este es otro tiempo impensado, marcado por una incertidumbre global, y por lo tanto singular, que parece aumentar a cada instante. Los seres humanos buscamos garantías, contenciones, certezas. Pero la incertidumbre está siempre al acecho, y aunque peleemos por evitarla, se impone y nos desordena los papeles, el rumbo trazado. La vida, nos guste o no, es incierta. Proponemos, y Dios, el azar, el destino, o lo que sea, dispone. Eventualidades, contingencias, accidentes, son realidades con las que nos enfrentamos cada día y nuestras posturas omnipotentes se ven agujereadas. La vida y el alma humana tienen misterios insondables, pero tratamos de explicar todo lo que sucede a nuestro alrededor porque la razón se ha constituido en la reina que rige el existir. Detestamos no saber. Pero de las cuestiones esenciales, de los saberes profundos que definen la existencia, sabemos apenas un poco, muchas veces nada. Hoy es un momento clave para profundizar en los asuntos determinantes de la vida y para la vida.
Nacemos sin elegirlo, y, salvo los suicidas, no sabemos cuándo ni cómo cerraremos el ciclo del estar vivos. Supimos, por culpa de Darwin, que no somos tan especiales ni superiores sino parte de una cadena de la evolución animal. Copérnico nos arruinó la idea de que la tierra, nuestra casa, era el centro del universo. Y Freud vino a demostrarnos que no manejamos los sueños y muchas veces ni lo que decimos ni lo que hacemos porque nos gobierna el inconsciente. Hay quienes certifican, incluso, que tampoco elegimos a quien amar, que sucede o no. En la maldita ruleta social, están quienes atraviesan por incertidumbres arrasadoras, ligadas a necesidades básicas insatisfechas. Pero hay otros seres que van por la vida negando toda destitución a sus posiciones omnipotentes, armando agendas y proyectos, sintiéndose dioses, dueños del universo, de los demás, de la naturaleza y del futuro. Hasta que llega una nueva pandemia que pone en jaque a los seres y sus sistemas. Y para llenar el álbum del desconcierto, el planeta, afiebrado y con síntomas evidentes de una enfermedad tal vez crónica de la que somos responsables, nos está avisando que quedan pocas reservas. ¿Qué podemos hacer para estar cada día más en armonía personal y social? ¿Cómo haremos para recuperar la casa en la que vivimos?
¿Estamos ante una nueva oportunidad? ¿Podremos darle una nueva dirección a nuestro andar por la vida? A partir de las contingencias, como las que acechan en la actualidad mundial, más las propias, la de cada ser, podemos detenernos a pensar para rearmarnos, reinventarnos. Cada evento inesperado puede ser una ocasión para revisar cómo veníamos viviendo. La incertidumbre es inevitable; la certeza, un imposible. Aunque lo cierto es que si todo fuera calculable y sucediese tal como lo planeamos, la vida sería una aburrida programación. El obstáculo, en el pentagrama del existir, es una nota que podemos incluir a nuestro concierto, es un impasse, una pausa sobre la cual afinar el sonido de nuestra vida. El mundo es un lugar ruidoso, caótico, pero desde ese desorden es posible crear algo mejor apelando a la creatividad. El coronavirus abrió nuevas grietas y muchos replanteos. Escucho personas a diario que manifiestan desear “volver” a la vida que dejaron, o que se arrepienten de lo que no hicieron ayer, o que valoran lo que antes tenían y ya no. ¿Somos tan absurdos? ¿Es necesario perder para valorar? ¿Era necesaria esta cachetada de la peste para repensarnos? Tal vez sí.
Crisis significa oportunidad, lo mismo que ciertos síntomas o enfermedades que pueden invitarnos a nuevas formas de vernos y ver el mundo que nos rodea. No sé ciertamente si lo que sucede es para algo, pero de lo que no dudo es que podemos hacer algo con aquello que nos sucede. Es un tiempo para abrir preguntas, encontrar algunas respuestas y diseñar nuevos proyectos para poder vivir mejor. Frente a las grandes dificultades socio ambientales que nos atraviesan, la verdadera y única salida es colectiva, pero la reconversión empieza en cada ser. Hay que comenzar por casa, por lo más a mano que tenemos, nuestra propia vida.
El autor es psicólogo y escritor
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