La luz dentro de la claridad

La comunidad judía, en tanto grupo de individuos ligados a su tradición ancestral, se halla frente a uno de los desafíos más inesperados de los últimos años en plena pandemia

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 Rosh Hashaná (Katu Ph)
Rosh Hashaná (Katu Ph)

Acostumbrado a lidiar con desequilibrios geopolíticos y conflictos de intereses, el pueblo judío ha sabido desarrollar anticuerpos resilientes, capaces de mostrar la luz al final del callejón en tiempos oscuros.

Sin embargo, esta vez el reto es diferente, ya que propone encontrar la luz, pero a partir de un marco positivo y espiritual que se desarrollará durante sus Altas Fiestas. Como en todo momento de claridad, la luz debería venir sola y ser parte de la vivencia; solo que con el virus al acecho, habrá que salir a buscarla... aun dentro de la claridad antes mencionada.

El próximo 18 de septiembre, al caer la noche, estará comenzando Rosh Hashaná, el año nuevo judío, y con él quedará inaugurado un período de diez días conocidos como Aseret Iemei Teshuvá, “los diez días de arrepentimiento”. Concluirán con la impronta del Día del Perdón, conocido en hebreo como Iom haKipurim o simplemente Iom Kipur.

Son días de mucha trascendencia espiritual, durante los cuales -en tiempos normales- las sinagogas se colman de plenitud, y muchísimas personas que no suelen participar habitualmente de los servicios religiosos, dicen “presente” por la atracción cuasi mágica que genera dicho marco.

El mayor de los destellos tiene lugar en los hogares, que se visten de fiesta, reaparecen los aromas de las recetas de las bobes (abuelas), y en una misma mesa, pueden llegar a estar sentadas hasta cuatro generaciones juntas.

En Rosh Hashaná es costumbre vestirse con las mejores ropas, rescatar de la biblioteca el libro de oraciones de las Altas Fiestas, y vibrar con el sonido del Shofar, un cuerno de carnero que nos invita a despertar de nuestro letargo espiritual. Los ojos de los niños se iluminan con la magnificencia de estos días, y en su brillo se puede visualizar la chispa inconfundible de la continuidad.

Año 2020, Covid-19 y aislamiento social. Sinagogas cerradas para reunirse a rezar, y líderes religiosos sosteniendo a la sociedad, mientras algunas familias atraviesan la peor de sus pesadillas. Se presume un Rosh Hashaná con mesas más chicas, de familias que no se podrán juntar, de internaciones, duelos, y de muchas almas que pasarán los días más solemnes del año en casi absoluta soledad.

Algunos utilizarán la tecnología para conectarse con sus seres queridos y a las distintas ceremonias, pero ya lo sabemos: cuando la sesión se cierre, la pantalla devolverá al participante a la nueva realidad. Un momento esperado e irrepetible como cada año, dotado de la energía para alimentar a millones de almas, amenaza con escaparse de las manos como una hoja que simplemente se desprende de su árbol en otoño.

En definitiva, la vida es una sola como para dejar pasar estos pequeños relámpagos de plenitud.

Entonces aparece el desafío. ¿Cómo salir a buscar la luz, cuando el momento per se debería ser de claridad pura? ¿Dónde hallar esa luz?

Es aquí donde debemos salir de la isla mental, y observar el presente con una mirada histórica.

Cierro los ojos e imagino a una familia encerrada en su casa durante alguna epidemia medieval, o incluso celebrando las festividades ante la presencia amenazante de la Inquisición. Salvando las distancias, hay evidencias de que ni siquiera en Auschwitz se dejaron de celebrar las festividades, en condiciones mucho más adversas que las que hoy nos tocan vivir. Nuestros antepasados supieron hallar la luz en medio de la noche. Es más, lograron transmitir el legado. Bien lo cuenta el filósofo contemporáneo Abraham J. Heschel en su libro El Shabat y el hombre moderno (Paidós, 1964), cuando afirma que el judaísmo aspira a la santificación del tiempo. En su prólogo sostiene: “El poder que alcanzamos en el mundo del espacio se detiene bruscamente ante los límites del tiempo. Mas el tiempo es el corazón de la existencia”.

Dicho en otras palabras, de manera inexorable el próximo 18 de septiembre comenzará Rosh Hashaná. Pero en esta ocasión su energía invitará a redoblar la apuesta para encontrar la forma de hallar la luz dentro de la claridad y la santidad dentro del tiempo sagrado.

Ya no importa dónde o con quién, sino cómo. Vestirse bien y rescatar el libro de oraciones nace de la voluntad interna del individuo, y no de un lugar físico. El ingrediente secreto de esas recetas y sabores centenarios, no está en sus condimentos, sino en el amor de la elaboración, que seguramente será compartida en una suerte de delivery intra-familiar.

Las comunidades unirán esfuerzos para que cada individuo sienta que no está solo, y pondrán toda la creatividad al servicio de esos pequeños gestos que marcan la diferencia. Cercanía a pesar de la distancia, ése será el lema.

Habrá mesas más cortas, pero también será la oportunidad para conectar los corazones con el lenguaje universal que trasciende las distancias. Y algunos dicen, que si escuchamos con atención, aún podremos oír aquel Shofar que sigue resonando desde hace 3.300 en el Monte Sinaí.

En tiempos de coronavirus, todas las ramas de la sociedad están experimentando un denominador común llamado “serendipia”, que no es otra cosa que un descubrimiento inesperado, algo que se produce de manera casual o accidental, mientras se buscaba otra cosa. Pensábamos en cómo sobrellevar la situación de aislamiento, y sin querer, encontramos la forma de abrazar con el corazón al desconsolado y estar al lado del desamparado, aun sin salir de casa.

Sin dudas será un año especial, difícil, triste. Asumirlo como diferente es el primer paso.

Tal vez así, podamos hallar la luz, aún dentro de la claridad.