Un buen diagnóstico para el sistema educativo

Hay que reconocerlo: ingresó a esta repentina cuarentena rindiendo muy mal en términos de calidad de aprendizajes, con un diseño institucional y pedagógico anticuado y rígido, y con serias falencias de infraestructura

La cuarentena expuso las falencias del sistema educativo argentino (Shutterstock)
La cuarentena expuso las falencias del sistema educativo argentino (Shutterstock)

Un buen diagnóstico es el principio de una solución duradera. Así de simple, así de potente. Solo a partir de que comprendo dónde estoy parado y reconozco las razones que me llevaron a una situación problemática, insuficiente, subóptima, incómoda, puedo comenzar a recorrer un nuevo camino de renovación, de reivindicación, de reparación. Solo el aprendizaje profundo y reflexivo, basado en el análisis riguroso y despersonalizado de hechos, métricas, conductas y testimonios, me puede dar la oportunidad de evolucionar, de progresar, de no repetir los mismos errores. Hacer lo contrario es, en el menor de los casos, una gran torpeza.

El sistema educativo argentino ingresó a esta repentina cuarentena rindiendo muy mal en términos de calidad de aprendizajes, con un diseño institucional y pedagógico anticuado y rígido, y con serias falencias de infraestructura. Pocos pueden objetar este diagnóstico de origen, más allá de los esfuerzos de algunos, por más injusto que parezca a otros. Los Operativos Aprender de los últimos tres años así lo confirman, y coinciden con las evaluaciones de la UNESCO, de la OCDE y de cualquier ranking universitario serio (léase, bibliométrico). Es un diagnóstico que puede incomodar, lo reconozco, pero no podemos obviar las verdades que nos muestra. Recuerde, un buen diagnóstico…

Nadie en su sano juicio esperaría que este sistema educativo, así descrito, de pronto se convierta en virtuoso. Sin embargo, da la sensación de que algo mágico está comenzando a ocurrir. Frases como “tenemos un sistema universitario ejemplar”, “necesitamos más de estas escuelas”, “es notable la velocidad con la que los docentes se adaptaron a la nueva normalidad” o del estilo, están comenzando a llenar los primeros informes que resumen lo ocurrido en el sistema en los últimos cuatro meses. ¿Acaso sería factible este giro de los acontecimientos? ¿Hay algo que podría explicar estas observaciones tan optimistas como preliminares, prematuras y algo apresuradas? ¿Acaso es verdaderamente posible que escuelas y universidades hayan revertido su derrotero en estos pocos meses, durante la que será recordada como la experiencia educativa de mayor nivel de improvisación en la historia de nuestro país?

Si bien no creo que debamos castigarnos tanto por lo no hecho antes como por lo realizado durante el tiempo de pandemia, sí creo que no debemos correrle el cuerpo al problema principal. Los chicos aprendían poco y mal antes, y ahora lo hacen mucho peor. Es cierto que los docentes están agotados, exigidos al máximo, pero eso no necesariamente es útil, ni necesariamente redunda en aprendizajes escolares o universitarios de calidad. Yo podría cavar un gran pozo durante cada mañana, taparlo por la tarde, y así cada día, hasta terminar agotado, sin llegar a ningún lado, sin permitir jamás que el agua avance mansamente por la acequia. Un grandísimo esfuerzo, completamente inútil. ¿Me sigue? Ver a otros cansados no necesariamente nos indica lo que estamos esperando que suceda. El acontecer de la educación institucional no es el cansancio, ni el esfuerzo, sino el aprendizaje, el despliegue de la capacidad comprensiva del aprendiz, la metacognición y el desarrollo de la conciencia humana y ciudadana de niños y jóvenes. Si todo esto se logra con menores recursos y con esfuerzos repartidos, ¡enhorabuena! Si hacen falta más recursos y esfuerzos, pues habrá que hacerlos. Lo que no se puede nunca, bajo ningún concepto, es permitir que la vara de medición del éxito del proceso educativo sea el esfuerzo de sus enseñadores o su resiliencia, en vez del progreso de sus aprendices. Recuerde, un buen diagnóstico…

Si lográsemos tener un diagnóstico honesto y preciso, todo sería más fácil. Si pudiésemos corrernos de la empatía que nos produce la labor del docente, tal vez abriríamos un espacio de pensamiento, debate y diseño transcendente para dar nacimiento el sistema educativo que demandan los centennials y los alpha. Si acaso fuésemos capaces de comprender la verdadera utilidad que poseen las tecnologías educativas que nos regala la época, sentiríamos más interés por el futuro que nostalgia por el pasado.

Mientras escribo estas líneas, no puedo dejar de escuchar un vivo en Facebook de Salman Khan, creador de la Khan Academy, hablando sobre aprendizaje personalizado y respondiendo preguntas sobre la ciencia de los datos. Me pregunto cuántos docentes tienen en cuenta los contenidos y las herramientas gratuitas que esta ONG ofrece en español a alumnos, docentes y padres desde 2006. Si, ¡desde hace 14 años! Y vuelvo a conectar esta reflexión con la idea de la idoneidad digital, un tema que traté en otra columna, y que se vincula con la labor docente en tiempos de pandemia. Ese docente agotado, ¿probó reorganizar su tarea apalancándose en las tecnologías educativas que favorecen los aprendizajes personalizados? No estoy hablando de usa bien el WhatsApp, sino de gestionar datos de perfiles individuales de aprendizaje de sus alumnos. Recuerde, un buen diagnóstico…

Descarto que a todos nos entusiasmaría ver funcionar a un sistema educativo que atraiga, inspire, transforme, impacte. Sabemos que, cuando eso ocurre, la virtud doblega al vicio, el tejido social se hace tupido, y el progreso de toda una comunidad deja de ser una utopía. Allí donde funciona un sistema educativo vigoroso, el proyecto de una Nación es realizable y estimulante. Si es cierto que esta idea nos entusiasma, entonces deberíamos abocarnos a diseñar y crear el sistema que reemplazará al actual. Y para ello, debemos diagnosticar bien y evitar las imprecisiones. No es verdad que nuestras universidades sean ejemplares. Algunas lo fueron en el pasado, pero hemos abandonado ese tren hace tiempo. No es cierto que necesitamos más de estas escuelas, en donde es muy difícil aprender y prepararse para el mundo de la cultura digital. No es verdad que nuestros docentes sean un ejemplo de adaptabilidad e idoneidad digital, y sus alumnos se lo están reclamando a gritos.

Si podemos diagnosticar bien, sin ofendernos y mirando a los ojos a nuestros hijos, habremos dado un paso muy importante. Si logramos considerar la utilización de tantas tecnologías y recursos pedagógicos gratuitos que nos regala la época, finalmente habremos comprendido el tiempo que nos toca habitar.


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