
Cuenta la historia que en alguna de las reuniones entre Mijaíl Gorvachov y Helmut Kohl, las dos personas con más información de lo que sucedía a cada lado del Muro de Berlín, el tema de conversación era la pregunta sobre cómo harían las próximas generaciones de políticos para solucionar semejante problema.
Poco tiempo después, llegó el 9 de noviembre de 1989 y cayó el muro.
Nada puede detener una idea que llega a su madurez.
Se acaban de conmemorar 12 años de la culminación de una gesta que nos marcó a muchos. El “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos nos llenó de esperanza, que en muchos de nosotros a pesar de la lamentable realidad de nuestros tiempos, sigue intacta. Porque los fundamentales siguen estando allí, el tren sigue pasando. Faltan acuerdos.
Si lográramos acordar nuestro rumbo, qué queremos ser, qué podemos producir de forma eficiente para venderle al mundo, entraríamos en un círculo virtuoso potenciado por la dinámica de las transformaciones actuales. Acordar significa sentarse con todos los actores involucrados a pensar un sueño común.
Somos poseedores de una de las cuencas fotosintéticas más eficientes del mundo, tenemos técnicos y profesionales muy capacitados en el manejo de la conjunción suelo, fotosíntesis, agua y luz solar. Hoy estamos transformando esto en commodities que agregan mucho valor, tal es así que le permite al Estado llevarse casi el 70% de la renta de esa transformación, según la Fundación FADA.

El estímulo al desarrollo bioeconómico puede generar el cambio deseado en lo productivo y generar dignidad en millones de compatriotas que necesitan trabajar. También son imprescindibles cambios en la justicia y en la política.
La pérdida de valores como la empatía, la escucha, el diálogo, el coraje, el honor, el sacrificio, la honestidad, el amor a la Patria, la valentía, la humildad, la fe, la caridad, el sentido de comunidad y el amor entre otros, debe interpelarnos.
La velocidad del cambio en la que estamos inmersos nos marea. Es la era exponencial, fascinante en muchos aspectos, pero generadora de una gran responsabilidad en otros.
Frente a esto, ¿queremos ser protagonistas o espectadores? En 2008 decidimos lo primero y torcimos el rumbo de ideas que nos llevaban a la profundización de un modelo arcaico donde la oligarquía en el poder era la única beneficiada.
Enfrentamos hoy una encrucijada similar. Nos decía Víctor Trucco, héroe contemporáneo e impulsor del sistema productivo con menor impacto en la agricultura mundial basado en la siembra directa: “Cuando no sepas que hacer, hace lo correcto”. Los invito una vez más a hacer lo correcto. De lo contrario, que Dios, la Patria y nuestras familias nos lo demanden.
El autor es presidente honorario de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) y productor agropecuario
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