El mejor programa social es un empleo

Esta frase -la del título de este editorial- fue dicha en su momento por el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan. No sólo es absolutamente cierta, sino que también es actual. Y para países como Argentina, absolutamente decisiva.

En efecto, nuestro país, desde la crisis del 2001/02, ha ido aumentando la cantidad de programas sociales, subsidios y ayudas de todo tipo. Para sufragarlos ha debido recurrir a impuestos crecientes que, aun alcanzando niveles récords, se tornaron insuficientes. Y eso obligó al Estado a recurrir luego al endeudamiento y hasta a la emisión monetaria.

Es un dato perturbador que más de 20 millones de argentinos reciben mensualmente un cheque del Estado, mientras que sólo menos de ocho millones trabajan en el mundo privado, sosteniendo por ende a aquella impactante estructura.

Ahora bien, en lo discursivo casi todo el abanico político avalaría aquella afirmación de Reagan. Todos se llenan la boca hablando de la importancia de generar empleo y de su gran impacto económico y social. Muy distintas son, sin embargo, las políticas que se proponen, que casi siempre han sido en los últimos tiempos anti-empleo y pro-subsidios.

No debería ser tan complicado: si el empleo genuino lo generan los empresarios y el sector privado, lo que debería el Gobierno es generar políticas que permitan crecer a dichos sectores.

No, claro, a esos pseudoempresarios que crean emprendimientos que permanentemente requieren de subsidios y prebendas del Estado, y que tristemente florecen en los gobiernos populistas, como bien vimos durante el kirchnerismo. Y sí a esos hombres de empresas dispuestos a asumir riesgos, a innovar, a ganar y perder. Esos que solamente quieren que el Estado “no le haga sombra”, tal como reclamaba el filósofo cínico Diógenes.

Erróneamente, los sucesivos gobiernos argentinos han invocado la frase que titula este artículo. Pero no han llevado adelante políticas en consecuencia. Por el contrario, han castigado con tributos, cargas y regulaciones a la “gallina de los huevos de oro”, que es el entorno empresario.

Particularmente dramático es lo que venimos viviendo en Argentina con la pandemia. La ayuda al sector privado, a diferencia de lo que ocurre en otros países, desarrollados o no tanto, ha sido escasa e insuficiente. Y mientras éste se ajusta en forma dramática, con pérdidas de miles de puestos de trabajo y desaparición de muchísimas empresas, el Estado no ha hecho el más mínimo ajuste, dejando que todo el peso “económico” de la pandemia recaiga sobre los privados.

Malas políticas las de nuestros gobiernos en los últimos años. Y muy mala la del actual gobierno. Deberíamos mirar a nuestro vecino Uruguay, donde su gobierno decidió no castigar y proteger a quienes deberán ser los adalides de la reconstrucción. Ojalá sigamos ese modelo.


El autor es Presidente de la Fundación Libertad

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