Hacia un nuevo horizonte que tenga como punto de partida el respeto a las instituciones

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FOTO DE ARCHIVO: Una mujer
FOTO DE ARCHIVO: Una mujer utilizando una máscara facial debido a la pandemia de coronavirus (COVID-19) camina frente al Palacio Presidencial Casa Rosada, en Buenos Aires, Argentina 21 de mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

La irrupción de la pandemia mundial en nuestra vida fue repentina. En muy pocos días todo cambió. Se desparramó por el mundo entero sin distinguir clases sociales ni países desarrollados o subdesarrollados.

En Argentina, todos nos acuartelamos tras las órdenes impartidas por el titular del Poder Ejecutivo, quien tuvo, también súbitamente, un nivel de aprobación inusitadamente alto para un mandatario que pocos meses atrás había sido elegido por el 48% de los votos.

Los habitantes de nuestra nación ya hicimos nuestra parte. Ahora es el momento de dar un paso adelante. Aún no hay tratamiento o vacuna, ni cuándo habrá. Con lo cual la alternativa es confiar en la población, que sigue sometida al ASPO.

En breve pasaremos el umbral de los 120 días. Nos vimos inmersos en relatos fantásticos, cual dialéctica de la “tostadora”. Seguimos sosteniendo que todo lo ocurrido no es una crisis. Es una catástrofe de nivel global. Tanto que abre paso a una nueva concepción de nuestra nación. Es a la vez un problema enorme y una gran oportunidad.

La población “activa” del mundo actual jamás se enfrentó a un fenómeno de esta naturaleza, donde todos al mismo tiempo padecimos una cadena interminable de contagios, colapsando los sistemas de salud, al mismo tiempo que fagocitaba las economías de las naciones. De las ricas y de las más pobres.

A nuestros gobernantes les corresponde hoy gestionar la desorientación colectiva de todos y todas. Nos tocará vivir en un mundo diferente, con cambios y mucha incertidumbre por delante. El mayor peso de todo esto, sin dudas, cae sobre los sectores sociales más necesitados.

Nuestro país necesita, hoy más que nunca, una institucionalidad reforzada. La seguridad jurídica es un valor tan esencial y primario como la propia salud de los habitantes de nuestra nación.

No se trata de la conducción política del poder económico, sino de la subordinación de la conducción política a las instituciones de nuestra nación.

El predominio de los derechos y obligaciones consagrados por nuestra Constitución nacional son la clave para el camino de salida. La solidez y estabilidad la podremos encontrar con una clara orientación a valores como la seguridad jurídica y el respecto por las instituciones.

Hoy más que nunca necesitamos un Poder Judicial “funcionando a pleno”, firme, independiente y alejado de la “conducción política” de turno. Que la Justicia no sea un servicio esencial, además de un dislate, nos define como un país pobre y carente de institucionalidad.

A su turno, los empresarios no son los personajes despreciables de la película. Son una parte imprescindible, al igual que los trabajadores, de todo lo bueno (o malo) que, como colectivo social, logremos consensuar.

Combatiendo al capital es una concepción rancia. Es el pasado. Sin capital, sin empresas y sin patrimonios solventes no es viable pensar un país en serio.

Y si la fuga de capitales es un problema real de los argentinos, busquemos la solución, a partir de la seguridad jurídica necesaria para que los dueños de esos patrimonios engordados, decidan invertirlos en su propio país, en lugar de hacerlo en otras latitudes.

Quienes critican esto ¿se preguntarán por qué motivo el ciudadano que ahorró prefiere hacerlo en dólares y si puede en el exterior? ¿Se olvidan de que alguna vez hubo un corralito? ¿Cepos cambiarios? ¿Qué quieren implementar? ¿Impuestos a la riqueza? ¿Expropiaciones? Un poco de lógica, memoria y cordura no nos vendría nada mal en estos momentos.

Tenemos la obligación de ser un país serio de una buena vez por todas, donde los políticos hagan política y no negocios, donde los gobernantes elegidos por el voto popular gobiernen para todos y todas, y no solamente para quienes los votaron, donde los empresarios quieran invertir y reinvertir en su propio país. Donde el ascenso social de los trabajadores de a pie sea para “arriba” y no para “abajo”. Donde las instituciones de la república sean la norma por seguir por todos y sin atajos.

La crítica a la ideología del poder económico conservador la vemos, en cambio, como bajos niveles de incentivos para que “todos los habitantes” del mundo (incluidos nosotros mismos) elijamos invertir en un país como la Argentina, donde se combate al capital y no se le brinda seguridad e institucionalidad.

Miremos qué está pasando con las empresas extranjeras que, en lugar de hacer fila para venir a invertir en nuestro país, una a una van cerrando sus puertas. ¿Qué hacemos mal para que esto suceda una y otra vez? Esas mismas empresas que están en otras naciones que no son su país de origen, deciden, al mismo tiempo que salen de la Argentina, sostener sus operaciones en la gran mayoría de los países de Latinoamérica.

¿Es malo que una empresa tenga “fabulosas” ganancias? No. Al contrario, deberíamos celebrarlo. Si las empresas no ganan, no pagan impuestos, salarios, ni mueven la cadena productiva de la nación.

¿Es malo que las empresas argentinas exitosas se abran al mundo? No, al contrario, debería ser un verdadero orgullo ver cómo nuestras empresas crecen, y son mejores día a día, a la vez que generan más empleos.

Los datos de la economía real que dejará la pandemia aun no los tenemos, aunque es posible estimarlos. La realidad es que la caída de la actividad económica en todo el país llegará a niveles récord, al igual que la pobreza. Esto impactará además en la seguridad de todos y todas. Los niveles de violencia en la calle hoy ya son alarmantes. Prácticamente la mitad de la población está o bajo la línea de pobreza.

¿Cuándo se desmoronó tanto nuestra nación?

Creo que debe haber tantas respuestas como habitantes. Siendo un país que genera alimentos para más de 400 millones de personas, ¿cómo es posible que siendo 45 millones la mitad tenga problemas para hacerse de un alimento digno?

Es importante que las empresas no quiebren para que puedan seguir dando trabajo. En los países subdesarrollados, los inversores se escapan por el riesgo que generan. La base de la economía es la confianza. Si falta confianza, faltan inversión. Si falta inversión, falta empleo y no se pagan impuestos.

Nuestra sociedad hoy está desequilibrada por la incertidumbre y la ambigüedad, por eso es importante que nos lleguen señales claras. Nunca se nos dijo que la cuarentena iba a durar más de cuatro meses.

La gran mayoría de las empresas agotaron sus reservas, ahorros. Se quedaron sin recursos para seguirá adelante.

De haber sabido que iba a durar tanto tiempo la cuarentena, que no es cuarenta, sino 120, seguramente no hubieran devengado gastos, alquileres, seguros, y varios conceptos más.

Se nos informó mal y a cuenta gotas.

No hay recetas mágicas. Debe haber principios claros y valores que como nación nos permitan salir adelante. Las instituciones en esto son un factor esencial. Su respecto genera más tarde o más temprano fuentes duraderas de empleo y prosperidad.

El tráfico de angustias existenciales nos ha puesto en modo “supervivencia”. Los empresarios están en modo “barbijo”. Los trabajadores de a pie están en modo “miedo”.

Lo que viene es complicado, pero lo será mucho más sino empezamos a subordinar la política a las instituciones, y, a partir de allí, construir los consensos sociales necesarios para el crecimiento de nuestra nación. Y todo eso se genera con diálogo.

Este año no arrancó tímidamente. Al contrario, se nos vino con todo encima. Lo que eran 15 días de encierro se terminó convirtiendo en una pesadilla colectiva.

Por todo esto, y mucho más, entendemos que es responsabilidad de todos y todas generar un consenso básico donde la “cancha” este claramente delimitada por la institucionalidad, el respeto de la Constitución nacional, el correcto funcionamiento del Poder Judicial, y, por sobre todo un país donde la conducción política del poder económico se subordine a las instituciones republicanas de la nación.

Aquello que es nuestro, como el futuro, no puede ni debe ser decidido por otros.

Debemos construir colectivamente un nuevo horizonte que tenga como punto de partida el respeto a rajatabla de las instituciones de la república.

El futuro como nación no es lo que “va a suceder”, sino lo que construiremos desde el diálogo colectivo. Como dijo Gandhi: “La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutarla”.

El autor es abogado