
Alguna vez fuimos niños. Alguna vez nos ilusionamos con aquellas historias. Alguna vez llevamos con orgullo y alegría la banderita argentina. Alguna vez fuimos felices.
Hacia el final de “Abbadón, el exterminador”, en melancólicas palabras sobre los desencuentros de la vida, Ernesto Sabato nos dice que “la escuela donde aprendimos a leer, ya no tiene aquellas láminas que nos hacían soñar”.
Acaso no importa: aquellas láminas siguen estando en el indeleble arcón de la memoria, donde guardamos tesoros que nadie podría quitarnos.
Alguna vez hubo una banderita del color del cielo, del color del mar. El niño que fui no podría olvidarla.
Luego crecimos y dejamos de creer en tantas magias. Algunos casi nos dejamos tentar por ese vano ejercicio de jugar a ser “ateos de barrio”. Y entonces abjuramos de tantas cosas. Alguno, invocando abstractos relativismos, hasta llegó a olvidarse de la banderita. Pero el niño seguía atesorándola junto a lo más preciado.
Como tantas otras cosas en la vida, ser argentino es un azar pero a la vez un destino. Un destino al que ya no podríamos ni querríamos renunciar. Argentina es ese sentimiento noble con gusto a barrio. Argentina es un nombre mágico que convoca un vasto universo de imágenes, sentimientos, sensaciones. Argentina es como la casa de la infancia, como aquellos amigos, como la escuelita de los primeros garabatos, como el primer amor. Argentina es un color parecido al cielo. Nunca lo había pensado; ahora sí: no puedo concebir cielo alguno donde Argentina no esté presente de algún modo.
Para quienes la hemos amado y seguiremos amándola, Argentina es una de las tantas formas del cielo. Y la banderita celeste y blanca, un puente mágico hasta una felicidad infantil que nunca olvidamos.
No sé cuántos cosas podría uno llevarse para siempre. Pero seguramente me llevaría aquella banderita celeste y blanca. Ese pedacito de felicidad en el corazón de niño maravillado. Ese sentimiento que ya es parte de mi alma.
Del color del cielo, del color del mar.
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