
Necesitamos nuevos liderazgos femeninos para dar voz a las mujeres invisibles, las silentes, las anónimas. Otra alternativa es posible. Liderazgos que incluyan en sus reclamos las verdaderas necesidades cotidianas de todas las mujeres, independientemente de su estrato social y ámbito dónde se desarrollen.
Líderes que resalten el verdadero genio femenino. Ese que entiende que la vida siempre es un bien.
Nuevas voces que hagan suyos estos temas y que representen a todas las mujeres: las líderes comunitarias, las emprendedoras, las familiares, las empresariales, las políticas, las académicas, científicas, periodistas, etcétera.
Uno de los temas es la exclusión, que es un tipo de discriminación silenciada y poco visibilizada que sufre la mujer en relación con la maternidad, y que no distingue estratos sociales y ámbitos.
Hablamos de mujeres que quieren llegar a cargos directivos tanto públicos o privados, que quieren seguir trabajando, pero que se enfrentan a la discriminación directa o por omisión por causa de su maternidad. No solo se trata del acoso o de presiones laborales (conocido como mobbing maternal) sino que las empresas o espacios públicos no cuentan con lo necesario para que esta etapa vital de la mujer pueda desarrollarse libre de estrés, angustia, culpa, presiones y con garantías de acceso a las oportunidades.
La mujer que quiere cortar los círculos intergeneracionales de la pobreza o la marginalidad, que quiere estudiar o trabajar y es madre (y en muchas ocasiones es jefa de familia), enfrenta la barrera invisible de la exclusión y discriminación por falta de políticas que realmente la incluyan. Las políticas públicas suelen abordar las problemáticas sin contemplar a la persona en todas sus dimensiones.
La mujer que quiere estudiar en estas circunstancias de vulnerabilidad extrema no cuenta con los recursos o redes sociales para llevarlo a cabo. Algo tan sencillo como no tener con quien dejar a sus hijos, o no tener recursos materiales o de contención necesarios (útiles, seguimiento, grupos de estudio de apoyo, ayuda en la comprensión de las tareas etc.) hacen de esto un camino de frustraciones.
Lo mismo pasa con la intención de trabajar. Encontrar trabajo formal o informal se convierte en una odisea: sin experiencia alguna, ni referencias, sin estudios, sola con sus hijos se presenta un callejón sin salida, una condena que parece imposible de revertir. El destino es multiplicar en la descendencia este círculo de marginalidad y pobreza profundizando la situación de vulnerabilidad.
¿Y si pensamos en emprender? ¿Qué entidad financiera le prestaría capital inicial a una mujer pobre y sola con sus hijos cuando la única garantía es las ganas y la voluntad de querer salir adelante? La verdadera inclusión de las mujeres no pasa por el discurso políticamente correcto, eslóganes de campaña o publicidades, sino por visibilizar estas problemáticas dramáticas y dar respuestas concretas de políticas públicas integrales y a largo plazo.
Tenemos una deuda moral con las mujeres, esas mujeres que quieren ser madres pero temen siquiera pensarlo porque socialmente en sus trabajos o en el ámbito donde se desarrollan las condiciones no están dadas para serlo o representaría un obstáculo para el crecimiento profesional, entonces se enfrentan a una condena social previa y luego en ejercicio de la maternidad las presiones son tales que la conciliación es imposible.
¿Qué podemos hacer? La discriminación o exclusión por causa de la maternidad es una tema que aqueja a la mujer. El primer paso para poder cambiar esta realidad es dar a conocer la problemática para que sea un tema de agenda pública.
Por eso, necesitamos mujeres líderes que promuevan políticas públicas, acciones o intervenciones destinadas no solamente a revertir criterios materiales o de salud aquí y ahora sino también la dimensión más trascendental como el proyecto de vida a largo plazo, fortalecer la autoestima, revalorizar los vínculos saludables, proponer que una vida sin pobreza y marginalidad es posible; pasar del paradigma de la asistencialismo a la autogestión e independencia, de eso se trata el verdadero empoderamiento, ese que brinda herramientas y produce cambios profundos en las mujeres y que impactan en las familias, los barrios y las comunidades. Ese empoderamiento que libera de verdad.
Otro tipo de liderazgo femenino es posible, y es posible ejercerlo respondiendo a nuestro propio estilo sin tener que adaptarnos a patrones masculinos. Tenemos nuestra propia huella e impronta, esa que fortalece y complementa otros liderazgos, que humaniza al mundo y lo hace un mejor lugar para vivir, que se conmueve con el dolor del prójimo, que concilia, busca la paz, ese que es valiente, cae, se sobrepone y vuelve a empezar frente a los embates de la vida.
Es común escuchar que “faltan mujeres en política, en puestos de dirección empresarial” y por ello la exigencia de la cuota para acceder y los privilegios para conformar una lista de un partido, etcétera.
La pregunta mirando a la realidad es: ¿cómo las mujeres pueden ocupar altos cargos o ser cada vez más libres en la elección de su proyecto de vida si en el camino hacia ellos existen tantas barreras invisibles y silenciadas que imposibilitan el real acceso?
Hacer públicas estas temáticas, hacerlas nuestras banderas también es trabajo de las mujeres que creemos que la maternidad es un bien social, que la familia es un motor necesario para un país y que la política debe cuidar y promover con acciones concretas. Que es urgente dejar el lugar común de lo políticamente correcto para pasar a la acción y la verdadera inclusión.
Por eso el llamado es a rebelarse, a levantar estas banderas, alzar la voz y generar la verdadera revolución, la de un nuevo liderazgo femenino. Argentinas, a las cosas.
Bernardita Bordón es magíster en acción política. Cecilia Bordón es licenciada en ciencias políticas. Dirigen Synergia, escuela de mujeres líderes
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