Quisiera que la frase de Marx fuera una ley inquebrantable. Quisiera, efectivamente, que la historia solo se repitiese como farsa. Me temo, sin embargo, que estamos más próximos a la tragedia.

“Estamos muy lejos del horror que están viviendo en otros países con la pandemia”. Esta declaración ampulosa del ministro de Salud resume muchas de las triunfalistas opiniones dadas por funcionarios que suponen que un encierro de la población que se prolonga sin fin no daña y no mata.

La grandilocuencia encuentra apoyo en las definiciones dadas por un comité de expertos que asesora a la presidencia y quienes deciden, en su calidad de infectólogos, cómo se debe vivir o, para ser más precisos, cómo se debe morir.

Con cierto sopor, repiten una y otra vez los mismos e inacabables clichés sobre “el pico” y el “aplanamiento de la curva”.

No falta la publicidad que habla del esfuerzo o lo grandioso del “pueblo argentino”, esa cruel entelequia que nada significa y que solo sirve para cantar glorias sobre las propias decisiones.

Son formas de decir que en la Argentina, por doloroso que sea, hacemos las cosas bien porque “supimos reaccionar antes que los demás países”.

La glorificación narcisista no es otra cosa que la negación de todos los problemas que se están desarrollando: desánimo, angustia y depresión, enfermedades crónicas que no se tratan, destrucción de vínculos, desamparo y desintegración de la esperanza en los más jóvenes. Sobre este drama empujamos hacia adelante, sin plantar cara, la cuestión de la epidemia debida al SARS-CoV-2 que seguirá presente.

¿Qué ocurrirá cuando despertemos del sueño y nos demos cuenta de que se tomaron decisiones extremas y se adoptaron sin una discusión abierta, sin el compromiso de las mujeres y los hombres libres a quienes van dirigidas esas acciones?

La creencia en el valor de un confinamiento duro por el miedo creado y la ilusión de su “éxito” hacen recordar a otros padecimientos en los que la sociedad no se atrevió a saber, pero que el 14 de junio de 1982 supo. Ese recuerdo, el de una negación, nos advierte además sobre el riesgo de tratar a una epidemia como si fuese una guerra, tal como se muestra en la reciente publicidad de YPF.

No es un buen camino cuando, en nombre de evitar un mal, se acepta que se es el portador del bien, porque allí se bloquea todo análisis. Es el viejo adagio que dice: “El camino al infierno está lleno de buenas intenciones”.

Parece legítimo asumirse como defensor de la vida y, al mismo tiempo, reducir toda la complejidad a un dilema donde la economía sería el elemento demoníaco. Pero este pensamiento, por bien intencionado que sea, es falaz y riesgoso, a pesar del tinte de legitimidad que pretende darle el consejo de asesores médicos.

Lo médico no puede dominar la vida. El ser erudito en el campo de las patologías infectocontagiosas no da la potestad para promover un encierro vigilado, porque en ese saber se desconocen otras dimensiones de lo vital que también están en juego. De hecho, no todos los médicos y epidemiólogos estarían de acuerdo con las decisiones tomadas.

Así, de manera tan temprana como el 21 de marzo, Michael T. Osterholm (epidemiólogo y director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota) expresó en The Washington Post:

“COVID-19 desaparecerá eventualmente de una de las dos siguientes maneras. O desarrollaremos una vacuna para prevenirlo, o el virus se ‘extinguirá’ a medida que la propagación de la infección confiera una forma de inmunidad colectiva a la población. Ninguna de estas posibilidades ocurrirá rápidamente.

Es hora de enfrentar la realidad. […]

Tenemos que preguntar qué esperamos lograr con las directivas limitadas de autocuarentena y refugio en el lugar. Claramente, como un objetivo, buscamos ‘aplanar la curva’ en un esfuerzo por evitar que nuestro sistema de atención médica ya sobrecargado sea sobrepasado. La capacidad de nuestros hospitales para continuar brindando atención a una avalancha de pacientes de COVID-19, mientras siguen tratando a los otros pacientes que normalmente tienen, al tiempo que protegen a los profesionales de la salud, será un factor importante para reducir los malos resultados para las víctimas de la enfermedad por coronavirus y otras enfermedades también.

[…]

Muy pronto, tendremos que reconocer que intentar estirar los casos con la esperanza de mantener la curva razonablemente plana es inviable. Luego, mientras esperamos que llegue nuestro redentor científico o natural, podemos comenzar a intentar que las cosas vuelvan a la normalidad como sea posible, haciendo nuestro mejor esfuerzo para proteger a las personas de alto riesgo, pero reconociendo que las personas se enfermarán, algunos lo harán, y nuestro sistema de atención médica se verá abrumado en gran medida sin importar lo que hagamos.

No hay una opción entre blanco y negro aquí. Queremos averiguar qué tono de gris podemos aceptar y aplicar. Lo superaremos, pero las elecciones difíciles y dolorosas son inevitables”.

Podemos encontrar decenas de fuentes. Quien quiera, y no esté obnubilado por el falso discurso de que un encierro de la población salvó miles de vidas, puede hallarlas y, a partir de esas reflexiones, y de los datos que se muestran, puede pensar y entender que la protección paternalista frente a una enfermedad infectocontagiosa, por severa que esta fuese, no la evita (tal como afirma Osterholm). Puede que con el tiempo termine en dolores y padecimientos más profundos que no debieron ser.

Vale considerar también el artículo del diario Le Monde “La epidemia de COVID-19 lleva la negación de la muerte a su clímax”, donde la escritora y psicóloga Marie de Hennezel muestra que en asociación con una “locura higienista” se les impone a las personas mayores, bajo el pretexto de protegerlas, “condiciones inhumanas”.

Sostiene la autora que esta crisis de la salud está “socavando el respeto de los derechos de las personas al final de la vida”. Lo cierto es que se las está condenando, en nombre de su supervivencia, a una angustiante soledad. Afirma además: “Si la negación de la muerte es una de las características de las sociedades occidentales, la epidemia debida al SARS-CoV-2 ilustra su clímax. Desde la Segunda Guerra Mundial, esta negación no ha hecho más que aumentar, con el progreso tecnológico y científico, con los valores juveniles que nos gobiernan basados en la ilusión del progreso infinito, la promoción de la eficiencia, la rentabilidad y el éxito”.

Frente al texto de Le Monde, es legítimo aclarar que los números que a diario se dan en los medios públicos sobre otros países no son una preocupación por la muerte, sino el trato de unos indicadores que ayudan tanto a promover el miedo por una muerte que no me debe llegar y no ha de hacerlo (he aquí la negación) como a favorecer el goce por el supuesto acierto de una medida autoritaria.

Quien crea que un confinamiento impuesto y sin fin puede salvar la vida de las personas debería pensar que los seres humanos, como afirma Jorge Larrosa, tienen dos vidas distintas que pueden morir:

“El problema será siempre qué significa vida, porque nosotros tenemos una palabra para vida y eso permite expresiones tan paradójicas como ‘esta vida no es vida’ o ‘la vida está en otra parte’, porque la vida siempre está en otra parte.

Los griegos tenían dos palabras para vida. Los griegos hablaban de zoé, de donde viene zoología, que es vida desnuda, vida como supervivencia, vida pura, y el valor de ese tipo de vida se mide por su duración y por la ausencia de dolor y el incremento de la satisfacción.

Los griegos hablaban también de bíos, y bíos es siempre la vida de alguien, solamente el bíos puede ser objeto de una biografía, solamente el bíos es singular, solamente el bíos tiene sentido independientemente de lo que dure e independientemente de lo que duela […].

A veces matamos la vida para salvar la vida, es decir, matamos una vida con sentido, aunque duela y aunque dure poco, para crear una vida como supervivencia, una vida donde está ausente el dolor pero donde está ausente también el sentido, donde la vida es vida genérica, vida de especie”.

Llegará un momento en el que sabremos de los muertos, de los padecimientos y de la falta de perspectivas para los jóvenes, producidos por un encierro del que desconocemos su final y que ni siquiera puede lograr lo que promete, porque solo empuja para que las consecuencias de la epidemia ocurran más adelante.

Frente a la soledad, la angustia y la desocupación, la pobreza y el desamparo que crecen poco a poco, debemos reflexionar con más cuidado sobre la razón o la sinrazón de salvar la vida renunciando a la vida.

Como afirma Osterholm, tenemos que averiguar qué tono de gris podemos aceptar. Para ello, habrá que desistir de la grandilocuencia salvífica de los discursos y no ceder frente al pánico de la muerte que nos auguran. Con paciencia y humildad, habremos de ponderar con cuidado el valor de las explicaciones que, en extremos sencillas, son promovidas por la tecnocracia de los expertos.

Puede que recuperar el conocimiento que nos legan algunas experiencias dolorosas del pasado nos ayude a enfrentar el desafío actual con mayor sapiencia y dignidad. No sabemos si esto es posible, porque nuestro mundo ha renegado de la sabiduría en nombre de la divinidad de los datos, las curvas y los indicadores, pero al menos deberíamos intentarlo.

El autor es biólogo (UBA), docente y escritor