
Como cada 27 de enero el próximo lunes el mundo conmemorará a las víctimas del Holocausto. Esta fecha, declarada por la Organización de Naciones Unidas (ONU), recuerda la liberación por parte de las tropas soviéticas del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau en 1945, y simboliza la vigencia de un compromiso global en la lucha contra el antisemitismo, el racismo y toda otra forma de intolerancia que pueda conducir a actos violentos contra determinados grupos humanos.
La Shoá (tal su denominación en hebreo) no fue otra cosa que un genocidio étnico, político y religioso perpetrado por el régimen de la Alemania nazi a lo largo de todos los territorios ocupados por el III Reich en Europa.
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Millones de judíos, gitanos, personas LGTB+, presos políticos y personas con discapacidad vieron truncadas sus vidas, sus familias desmembradas, sufrieron el destierro y padecieron el exterminio de generaciones enteras en manos de una ideología del odio que no conocía límites a la hora de cumplir sus objetivos.
Los crímenes nazis no son hechos que ocurrieron en alguna tierra o tiempo más o menos lejano, sino que son marcas indelebles que afectaron y afectan a toda la humanidad. Sus cicatrices aún hoy son un potente recordatorio del daño y el sufrimiento que puede provocar el odio y el fundamentalismo.
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Durante el período del nazismo, y bajo la figura del parágrafo 175 -que consideraba los “actos homosexuales” como anti naturales- más de 44 mil adultos y 4700 menores LGBT+ fueron condenados por el régimen. Miles más fueron torturados, vejados y asesinados. Muchos de ellos padecieron las peores formas de violencia en los campos de concentración, especialmente los de Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Belzec y Dachau.
Un triángulo rosa los individualizaba. Al momento del ingreso a los campos eran “marcados” y separados, lo que permitía una rápida identificación. La barbarie tiene a veces esa obsesión con la catalogación.
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Cuando el nazismo flaqueaba, y la derrota era inminente, alguna mente despiadada concluyó que, si se lograba “curar la homosexualidad”, esos hombres podrían ser recuperados para las fuerzas militares. Fue así como de la inventiva del Dr. Karl Vaernet surgió una nueva fase del horror que, con el apoyo de Heinrich Himmler, arrasó con 15 mil vidas en el campo de Buchenwald.
La inoculación del bacilo de Tifus, el sometimiento a terapias de electroshock o violaciones correctivas y todo tipo de vejaciones, tapizaron el breve y cruento experimento que sólo se detuvo, por la caída del régimen.
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Hoy 75 años después, esta fecha debe invitarnos a reflexionar y actuar. Desde el pasado y la memoria para comprender los dolores que aún quedan. En el presente y en nuestro contexto, para combatir los fundamentalismos que a nivel global se erigen desde discursos de odio y de exclusión, y que amenazan permanentemente con volver al pasado.
Comprender que la diversidad humana nos enriquece, educar para celebrarla y aprender de lo vivido para convivir en paz, son parte de los desafíos de nuestro tiempo. Un tiempo en el que la intolerancia tenga cada vez, menos cabida.
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El autor es director del Instituto de Políticas Públicas LGBT+ e integrante de la CD de la FALGBT.
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