
Es un lugar común en los análisis que Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner representan dos poderes diferentes en competencia y que, por lo tanto, se dirigen a colisionar entre sí. ¿Será así?
Motivos para sostener este presagio abundan: ella -que fue la electora del presidente electo- tiene los votos, y él -sin territorio propio- posee la lapicera para gobernar.
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Estamos ante una circunstancia inédita: una vicepresidenta con poder y autonomía que podría poner en jaque la capacidad del presidente para tomar decisiones. Nunca antes había pasado en nuestro país.
Esta sorprendente singularidad se amplifica si consideramos que sucede en el peronismo, en un partido que expresa el poder a través del control del gobierno. En el PJ siempre lideró el que gobierna, el que tiene los votos. No se concibe que el liderazgo se reparta entre dos personas.
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¿Entonces, los Fernández representan poderes diferentes que compiten, y por lo tanto en conflicto?
La antigua Grecia proporciona un buen ejemplo para interpretar el proceso político que estamos viviendo los argentinos: la diarquía espartana.
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La diarquía en Esparta era un gobierno de dos personas, una monarquía dual, vitalicia y hereditaria. Más que distribuirse el poder, lo compartían, como resultado del compromiso alcanzado entre dos familias que habían estado enfrentadas entre sí, Agíadas y Euripóntidas. Ambos gobernantes tenían los mismos poderes y tomaban las decisiones de manera colegiada.
En mi opinión, la actual coyuntura política no conduce a una diarquía. En primer lugar, porque el orden constitucional argentino es claro cuando define quién gobierna: es el presidente, que cuenta con todas las herramientas para hacerlo, entre ellas el manejo del presupuesto. El vicepresidente preside el Senado.
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En segundo lugar, si la lógica imperante fuera la de la diarquía, Cristina Kirchner habría solicitado -y muy probablemente obtenido- para su gente la mitad de los ministerios, o por lo menos una parte sustancial de las funciones de mayor relevancia, cosa que, por lo que sabemos, hasta ahora no ha sucedido.
Por el contrario, la regla de la cooperación es la que ambos Fernández han desplegado en la definición de los futuros funcionarios que han dado a conocer. No hay imposición ni distribución del poder, sino decisiones que se toman por consenso.
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Ese dato me parece clave para interpretar el actual proceso de conformación del gobierno entrante. La dinámica imperante busca mantener la unidad del peronismo en el gobierno y en los principales ámbitos de definición de las políticas.
En efecto, el partido logró aglutinar a todos sus legisladores en un bloque parlamentario de unidad tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Los nombres que suenan para las funciones políticas tienen un perfil acuerdista: Eduardo “Wado” de Pedro en Interior, Máximo Kirchner como responsable de la bancada peronista en la Cámara de Diputados, Sergio Massa en la presidencia de la cámara baja y Claudia Ledesma como presidenta provisional del Senado, entre otros.
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Esta decisión del peronismo de gobernar en unidad responde a su tradición: se abroquela cuando llega al poder. Pero también es el reflejo de una circunstancia novedosa: el peronismo no tendrá mayoría propia en la Cámara de Diputados, deberá negociar.
La herencia que le deja Cambiemos también es un incentivo a la unidad peronista. Con las decisiones que deberá tomar el próximo gobierno, no habrá espacio para el conflicto interno.
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La búsqueda de la unidad del PJ, además de responder a su tradición en el poder, fue una decisión de Cristina Fernández. Este es el otro dato clave para comprender el proceso vigente y, probablemente, para pensar el futuro inmediato. Para tratar de impedir la reelección de Mauricio Macri, Cristina Fernández resignó parte de su protagonismo y designó a su candidato a presidente, Alberto Fernández, y juntos desplegaron una estrategia de reconciliación en el peronismo, incorporando a Sergio Massa, a parte de los gobernadores y a un sector de la CGT, que estaban distanciados del liderazgo kirchnerista. El amplio triunfo en la provincia de Buenos Aires completó un proceso que le permitió el regreso al poder.
La dinámica entre los dos Fernández se parece más al de la cohabitación. Ambos no representan exactamente lo mismo, a pesar de pertenecer a un mismo partido político, y su poder tiene distinto origen, si bien fueron elegidos por el voto popular. También disponen de herramientas diferenciadas. Pero ambos se necesitan, o por lo menos así lo han decidido. Por lo tanto, la regla que tiende a prevalecer es el acuerdo.
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Mi impresión es que el equilibrio político entre los dos Fernández pasa y seguirá pasando por la regla del consenso, y que Cristina se reservará el uso del veto para definir las discrepancias con Alberto.
Incluso es probable que el presidente y la vicepresidenta hayan acordado el uso del acuerdo-veto como mecanismo para gobernar, como marco para la cohabitación.
La vicepresidenta electa ha dado señales en esa dirección: ella podrá no tener leales absolutos en la administración del gobierno, pero tendrá injerencia directa en dos funciones claves para la gestión pública del país: la legislativa, siendo ella presidenta del Senado (y su hijo Máximo jefe de la bancada oficialista en Diputados), y la función de asesoramiento jurídico del Estado a través de la designación de su incondicional Carlos Zannini como Procurador del Tesoro de la Nación. Es en estos ámbitos donde Cristina Fernández podrá si quiere aplicar su poder de veto.
Si la práctica de la cohabitación a través del acuerdo entre ambos Fernández no resultara suficiente en algún caso, la amenaza del uso del veto por parte de la vicepresidenta debería funcionar como incentivo para negociar antes que romper. Pero no es posible asegurarlo. En mi opinión, esto dependerá del nivel de éxito o fracaso de Alberto Fernández en el manejo de la crisis económica.
También es posible que una de las partes se radicalice creyendo que de esa manera podrá resolver las urgencias económicas y, a la vez, desplazar a la otra parte. ¿Por qué Cristina Kirchner atentaría contra su propio proyecto abriendo la puerta al regreso del macrismo al poder? También en cierto que la política argentina ha dado suficiente testimonio de sobrepasar lo inimaginable. Todo es posible.
El peronismo siempre se une en el gobierno. Queda por resolver una incógnita mayúscula que no encuentra antecedentes en la historia argentina: la coexistencia -o no- de dos liderazgos en el poder, en este caso, de los Fernández.
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