Una nueva ola de inestabilidad e incertidumbre sacude América Latina. La “brisita bolivariana”, el “golpe de la derecha” y “un proceso desestabilizador”, nos impiden ver y analizar lo que está ocurriendo, más allá de las teorías conspirativas y de los deseos de algunos mandatarios.
Ayudados en la primera década de este siglo por “el viento de cola” que elevó el precio de los commodities (cobre, carne, soja, petróleo, granos), los estados latinoamericanos se expandieron cuales pulpos, sin realizar inversiones y reformas que, a la hora de la escasez (la baja del precio de dichos commodities), redujeran el impacto de la realidad económica. Atravesando nuevas y repetidas tormentas, los gobiernos recurrieron al déficit. Así, Brasil, Argentina, Ecuador y Venezuela llevan mas de diez años con déficit fiscal. Desde hace algunos años, Bolivia también.
Los cambios de signo político fueron un indicador de que los efectos de la “malaria económica” se estaban sintiendo, pero, recelosos de sus propias capacidades, estos gobernantes fueron incapaces de generar la recuperación que habían prometido a su electorado. Clases medias con aspiraciones frustradas se sintieron defraudadas en sus expectativas. Solo una chispa hacía falta.
Llegados a este punto, con altos grados de movilización y, en algunos, de violencia, nos enfrentamos a tres tipos de crisis. La primera, de partidos políticos, del sistema representativo y del presidencialismo. Desde el regreso a la democracia, la región ha vivido situaciones como ésta, donde el “fusible” es la finalización anticipada del mandato presidencial. Ocurra esto por medio de su renuncia o de un juicio político, una cantidad de presidentes no han finalizado su mandato. De alguna manera, esto destraba el juego y reencauza la institucionalidad política. Aunque es un cimbronazo. Una señal. La punta del iceberg.
La segunda es la crisis de la democracia: hace años que la democracia no logra satisfacer a los ciudadanos latinoamericanos que están (y así lo expresan) cada vez mas insatisfechos. Hasta ahora la insatisfacción se tradujo en apatía, desinterés, en “me da lo mismo”, pero también allana el camino al personalismo caudillista, a subtipos disminuidos de democracia que rayan el autoritarismo o son abiertamente autoritarios a plena luz del día, sin golpes de estado, aferrándose a una representación falseada y a una democracia de fachada.
Finalmente, la crisis del Estado. El estado-nación en América latina ha sido un problema desde sus orígenes. Estados truncos, incapaces de transformar un conjunto de instituciones en un proyecto de nación posible. Yace aquí la cuestión: el Estado es parte del problema, pero, para la mayoría de quienes se han movilizado en las ultimas semanas, el estado es la solución. La demanda de más estado en sociedades anómicas resulta en una trampa donde nadie quiere después pagar la cuenta. No debería importar el tamaño del estado, sino sus capacidades. Un estado eficaz, un mejor estado.
Sin discutir qué rol, qué capacidades, qué funciones, en última instancia, qué Estado queremos, seguiremos comprando proyectos mesiánicos, de izquierda o derecha, autoritarios o democráticos. Luego, debemos preguntarnos y sincerarnos: ¿es posible? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Qué esfuerzos hay que hacer? y ¿estamos dispuestos a ello? Si no es posible, todos los proyectos políticos seguirán generando insatisfacción, desencanto y frustración. Quizás ese sinceramiento deba empezar por cada uno de nosotros.
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