La desigualdad no es solo económica sino moral

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(Foto NA: Juan Vargas zzzz)
(Foto NA: Juan Vargas zzzz)

La desigualdad comienza cuando alguien considera que no todas las personas valen lo mismo. La irrupción del judaísmo y de otras religiones trastocó la inercia natural en la que la humanidad evolucionaba. Sin los valores que aportaron las religiones y ciertos gigantes a través de la historia, jamás hubiese sido posible aspirar a la igualdad de oportunidades.

En nuestra tradición rabínica consideramos a todas las personas iguales y creadas a imagen y semejanza de Dios. Todos somos hermanos y, como tales, responsables los unos por los otros. Sin embargo, la desigualdad en la distribución y acumulación de riqueza en América Latina es escandalosa. Hoy, junto a África, es la zona más inequitativa del mundo según las Naciones Unidas. El coeficiente de Gini, creado por Corrado Gini en 1912, donde el 0 determina la igualdad y el 100 la desigualdad, ubica a América Latina en 50, a Noruega en 24 y al promedio global en 56.

La pregunta varias veces milenaria que Dios le hace a Caín: “Aieka ¿a dónde estás?” y la respuesta de Caín: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, nos interpela a nosotros y nos exige que, como personas y como sociedad, nos hagamos cargo de resolver los problemas que hemos creado.

No podemos permitir que, en países y sociedades ricas en recursos naturales, existan niveles de pobreza e incluso indigencia de dos dígitos. Es inaceptable el hambre en cualquiera de sus formas, pero más lo es cuando a sólo metros de la miseria hay tierras fértiles para la producción de alimentos. Es una vergüenza para todos la mortalidad infantil por enfermedades curables.

Estas desigualdades desnudan otras más profundas como el acceso a la educación, al crédito, a la salud, a la justicia, al entendimiento y a la aplicación de estándares éticos y morales entre otras cosas.

Los invito a reflexionar acerca de lo que el entorno latinoamericano nos está diciendo y actuar para corregir las desigualdades que tenemos en nuestras sociedades.

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano