
Desde la traumática caída de Fernando de la Rúa, su nombre propio se transformó en una metáfora del fracaso y, sobre todo, de los riesgos que acechan a los presidentes en la Argentina. Tal vez la expresión más categórica de ello ocurrió el 24 de marzo del 2017, durante los actos de recordación del golpe de 1976, cuando dirigentes del kirchnerismo celebraban la aparición de réplicas del helicóptero en el que se fue De la Rua de la Casa Rosada, como un anticipo de lo que le podría ocurrir a Mauricio Macri. ¿Tenían razón? ¿Macri estaba –está– destinado a terminar como De la Rua? ¿Era un disparate? ¿Solo una expresión de deseos, una manifestación del fervor golpista de quienes se expresaban de esa manera?
Macri ha derrotado todos esos pronósticos. Aun si pierde el poder en los próximos meses, va camino a transformarse en el primer presidente no peronista en terminar su mandato desde que lo hizo Marcelo T. de Alvear en 1928, hace más de noventa años. Es el primer presidente ingeniero, el primero que viene de un club de fútbol, el primero que no es radical, peronista o militar, el primero que proviene de un poderoso holding empresario, el primero que funda una agrupación política con poder territorial extendido en todo el país, y el primero no peronista que entregará su mandato en tiempo y forma. Solo esa enumeración debería bastar para no subestimarlo.
Sin embargo, el fantasma de Fernando de la Rúa –esto es, de que a Macri o a cualquier otro presidente le pase lo que le pasó a él– sigue vivo. Esto ocurre, en parte, por un hecho psicológico evidente: los traumas severos marcan tanto a una persona o a un país que siempre permanece el miedo a que se repitan. Cualquier señal que remita a los momentos anteriores a los traumas desencadena un miedo instintivo a que vuelva lo peor. Y, en estos últimos años, especialmente en el 2018, la sensación de descontrol, de crisis, volvió a la Argentina. Tal vez ya aprendimos: no toda crisis termina en el 2001 o en la caída de un presidente. Pero expresiones como "desocupación de dos dígitos", "Fondo Monetario Internacional", "intereses de la deuda", "riesgo país", necesariamente operan como disparadores de un miedo anclado en la historia reciente.

En el equipo del Gobierno, entre sus defensores, se sostiene que la situación económica es radicalmente distinta a la de fines del noventa por un detalle que, ciertamente, es central: no existe la convertibilidad, el dólar se mueve con cierta libertad. Desde ese punto de vista, la crisis del 2018 demuestra que el actual esquema puede pasar momentos difíciles pero, al mismo tiempo, tiene un grado de flexibilidad que le permite adaptarse a distintos requerimientos del vínculo entre las economías doméstica y mundial. Por eso, la crisis del 2018 no sería una antesala de un proceso como el del 2001 sino su antagonista, su contracara, el ejemplo de que el país aprendió de los errores. Lo mismo sucede cuando se compara el actual ajuste con lo ocurrido en Grecia, que tampoco podía devaluar porque su moneda es la europea.
Tal vez sea así. Pero hay otro elemento del actual esquema que repite cierta convicción un tanto religiosa que también existía en los tiempos de Fernando de la Rúa: la idea de que el ajuste fiscal genera confianza y esa confianza genera inversión e inicia un ciclo virtuoso para la economía. Puede pasar exactamente lo contrario. En los años noventa, se había hecho popular el libro "El Malestar en la Globalización", que había escrito el premio nobel Joseph Stiglitz, que era también un ex presidente del Banco Mundial. Stiglitz explicaba que un ajuste fiscal reduce la capacidad de consumo de la población, eso repercute negativamente en la actividad y, finalmente, en la recaudación. Por eso, cada vez que un gobierno ajusta debe tener cuidado. Porque los mercados y el Fondo Monetario aplauden al principio. Pero luego, cuando perciben que el resultado fiscal empeoró, reaccionan –sobre todos los primeros– en pánico: producen una crisis de confianza. Y todo se pone más feo. De la Rúa no escuchó esas advertencias.
Parece posible, a estas alturas, que Mauricio Macri sea reelecto. Si eso ocurre, su colección de records será abrumador. Y después vendrá el segundo mandato. Macri atraviesa en estos días, una vez más, una de sus cíclicas etapas optimistas que tanto costo le ha generado al país. La balanza comercial se ha equilibrado. El deficit primario parece manejable. La energía empieza a fluir. Si gana las elecciones, supone, eso despertará otra vez un ciclo de confianza, como describió ayer el Financial Times. El promete hacer más de lo mismo y más rápido: un fuerte ajuste en los meses posteriores a la elección.

En general, las cosas no han funcionado bien de esa manera. El ajuste genera caída de actividad, la caída de actividad genera caída de recaudación y entonces todo eso vuelve a generar crisis de confianza, fuga de capitales, devaluación y vuelta a empezar.
No está escrito que sea así.
Pero dada la experiencia, tal vez sea necesario meditar un poco sobre los planes que el presidente ya insinúa para su eventual segundo mandato. El primero ha sido tumultuoso, en parte, por la subestimación que hizo el propio Macri del problema que enfrentaba el país, y por una mirada un tanto estrecha sobre las herramientas con las que contaba para revertirlos. Tal vez, por una vez, un mega ajuste le sirva a un país. Es difícil encontrar experiencias internacionales positivas. Puede ocurrir que un nuevo ajuste provoque otra crisis muy delicada.
Aunque tal vez se trate solo de un fantasma, de un mero reflejo psicológico sobre un trauma no resuelto, y que lleva el nombre de Fernando de la Rúa, uno más entre los presidentes que no supo, no quiso o no pudo conducir los destinos de este país indómito.
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