Anteayer un jurado declaró que un médico que se defendió no era culpable de la muerte de su agresor. El doctor Villar Cataldo, asaltado y atacado por Ricardo Krabler, se defendió con un arma que tenía guardada en su jardín. Luego se comprobó que el arma esgrimida por el muerto no funcionaba.

Según la pericia, aquello no era un arma porque no podía disparar. El jurado, libre de las teorizaciones absurdas que todavía proliferan, con sentido común supo que sí era un arma, solo que no funcionaba, algo imposible de que la víctima reconociera, que en pocos e inesperados segundos debía decidir cómo defender su vida.

La pericia también opinó que como el arma del atacante estaba bajo su cadáver, Villar Cataldo no había obrado en legítima defensa. Acotemos que nadie puede estar 100% seguro de que el cuerpo no haya sido movido post mortem o que, en sus estertores (que pueden ser muchos), no había deslizado allí el arma ni que en la violenta refriega se hubiese corrido el arma bajo la pierna del delincuente.

Ignoro si perito y fiscal han sido entrenados en combate cuerpo a cuerpo y uso de arma en situaciones de estrés extremo, conocimientos que creo imprescindibles para jueces, fiscales y peritos que se dedican a establecer ex post cómo ocurrieron hechos cuya mecánica real no pueden ignorar. Pero que, en general, ignoran.

Resultado: la fiscalía consideró que un pacífico ciudadano atacado súbitamente en la calle había mutado a homicida por defender su propia vida, en un país donde todos los días leemos de víctimas que, aun sin defenderse, son masacradas por quienes las roban. Trágica realidad que ya está alojada en las partes más primitivas de nuestro cerebro y que condiciona nuestras reacciones.

Nadie espera ser atacado en un entorno supuestamente civilizado que nos saca más de la mitad de nuestros ingresos, entre otras cosas, para darnos seguridad.

Si nos atacan, reacciona nuestro cerebro primitivo, el que nos viene protegiendo hace miles de años. Como no somos Rambo ni James Bond, hacemos cosas que ni siquiera imaginábamos segundos antes, desde rendirnos llorando hasta defendernos salvajemente. Muchas veces es imposible saber cómo fueron los hechos segundo a segundo.

Lo que no es imposible es saber que esa orgía de violencia y muerte fue desencadenada, buscada, planeada, premeditada por un atacante y tiene una víctima sorprendida en su legítima distracción e inocencia.

La más mínima duda respecto al desarrollo de los hechos debe exculpar a la víctima por completo. La legítima defensa es una creación jurídica que no busca condenar inocentes que se defienden, sino poner límites razonables, con sentido común. Pero no deja de ser una intelectualidad que castiga al que se defiende con un arma ante un atacante desarmado en serio, sustancialmente.

Eso implica que el atacante ni siquiera aparente tener un arma, que sería imposible de peritar por la víctima, y también que no tenga una capacidad ofensiva razonablemente letal: un cuchillo en manos de un potencial homicida es de lejos más letal que un arma de fuego en manos de una potencial víctima, y eso está probado científicamente. Y dos o tres grandotes musculosos son letales frente a un individuo normal, sea hombre o mujer, joven o viejo.

Muchos de nuestros jueces, fiscales y abogados están (de)formados con las teorías de Bacigalupo y Zaffaroni, que consideran víctima al victimario y victimario a la víctima, y que creo que tienen más que ver con Gramsci y su demolición interna del capitalismo que con la lógica de las cosas.

El juicio por jurados ha sido siempre temido por los abogados y los teóricos. Me incluyo. Por algo tardamos más de 150 años en empezar a implementarlo, pese al explícito mandato constitucional. Por suerte, en esta época de violencia inconcebible, motorizada por la droga y por un entorno salvajizado, el sentido común que abandona a los intelectuales sigue presente en la gente común que quiere vivir en paz y entiende que debe defenderse cuando es atacada, sin que unos meses después deba ser condenada por un grupo de teóricos sentados en sillones tomando café y pontificando sobre que debió hacerse o dejarse de hacer en los segundos en que, sin preaviso, la verdadera víctima fue atacada.

¡Bravo! Nosotros, los que por profesión no vivimos la realidad que pretendemos analizar y juzgar, necesitamos que nos bajen a la realidad. Nunca, nunca, una víctima se convierte en victimario porque sí. Quien desencadenó la violencia debe ser el responsable de sus consecuencias, salvo extremos que casi nunca ocurren.

Las leyes deben aplicarse con sentido común.

El autor es abogado, ex consejero de la Magistratura.