¿Cómo explicar la Argentina? ¿Cómo describir a una bonita licuadora que pronto convertirá trozos de fruta en jugo, si uno flota ahí adentro como puede, observa con pavor las aspas filosas, y sabe que su vida, literalmente, depende de variables tan incontrolables como el dólar, la inflación, o el humor del dueño del electrodoméstico que, cuando quiera, tocará el botón de arranque para licuarnos sin culpa, en nombre del desayuno de alguno o alguna?

Cuando uno vive allí, compatriotas, la licuadora y su botoncito de arranque no cuentan. Eso es el afuera. Nuestro mundo es el frasco de vidrio y las cuchillas. Solo miedo y sálvese quien pueda.

La realidad depende de qué lado de la licuadora esté uno.

¿Suena ridículo? Sí, cómo no. Si no se tratara de una tragedia real, sería una comedia desopilante. Un ciudadano escandinavo, o suizo, o alemán, disfrutaría con inocencia este teatro del absurdo: Beckett, Jarry, Ionesco. No nosotros, nativos del riquísimo país de los cuatro climas que insiste en repetir procesos que lo dejan, otra vez, con la soga al cuello.

El amigo del periodista movía la cabeza mientras él discurseaba. Entonces, habló, con ese acento sueco españolizado, tan particular:

‒¡Pero qué me dices, hombre! No me lo creo. Exageras.

‒Te juro que es así.

‒Que le agregas ficción, tío. No pueden pasar tantas cosas sin que el sistema reaccione, de alguna manera.

‒Yo describo hechos. Si querés interpretaciones no terminamos más, te advierto.

‒Vale. Tu país es muy intenso, siempre ha sido un sitio extraño. Y ahora, aquí mismo, estoy que flipo. Cuéntame más, por favor. Lo de los liberales argentinos no lo entiendo. Tampoco qué son los radicales. Ni los peronistas, ese invento argentino que siempre me deja con la boca abierta.

‒Sería más sencillo explicarte el sentido de la vida, Gunnar, pero lo voy a intentar.

El colega Gunnar Svensson, nació en Suecia, aunque hace un par de décadas vive con su mujer española en un lindo piso del barrio Cuatro Caminos, en Madrid. Tiene 48 años, tres hijos, un buen trabajo cubriendo deportes, y la candorosa ilusión de entender por qué pasa lo que pasa en Argentina.

Le pone garra, pero el tema suele superarlo, pobre.

El periodista lo conoció en 2002, cuando vivía en Madrid. Gunnar, que también había estudiado Ciencias Políticas, estaba obsesionado con el caso argentino post default. Fue histórica su expresión de perplejidad en una de las primeras charlas que tuvieron, en un bar de la Plaza Mayor. No esperaba aquella respuesta, ciertamente.

‒Hay algo que no puedes negar de tu país, Asch, y es la enorme ventaja de tener, al menos, un partido único, el peronismo… ‒concluyó, tirándome encima la chapa de su prestigioso PhD en Gainesville, Florida.

‒Ay, Gunnar… Partido único. ¿Vos sabés lo que es una interna peronista en el conurbano? ¡Es Vietnaaaaam, ja ja ja…!

Gunnar pasó fugazmente por Buenos Aires y, como siempre, quería charlar sobre el fenómeno argentino, tan circular, siempre empecinado en chocar contra el mismo iceberg. Le advertí que tuviese paciencia, que no era algo fácil de comprender (ni siquiera para mí).

‒Vamos, desde el principio, ¿Por qué ganó Macri? ¿Qué hizo para convertirse en un líder masivo?

‒Bueno, no. Macri nunca fue un líder de multitudes. No es lo suyo. Lo que definió esa elección fue un sentimiento de rechazo muy fuerte de cierta clase media hacia Cristina Kirchner. El aporte de Durán Barba fue imponer una estrategia audaz y novedosa, que les funcionó.

‒¿Qué hizo? ¿Convenció a la gente de lo bueno que era el liberalismo, como tú me contaste que hizo tu colega Neustadt, en los '90?

‒Esteee… no. Al contrario. Las órdenes para Macri y sus candidatos eran no profundizar en temas ideológicos o de economía. En YouTube todavía se puede ver un video muy gracioso de Sturzenegger, el primer presidente del Banco Central, en una conferencia que dio en Estados Unidos. Allí cuenta, muerto de risa, que Durán Barba en plena campaña le pedía que si alguien preguntaba sobre economía, contara algo sobre su familia, sus hijos, sus sueños de un futuro mejor…

‒Sueños.

‒Sí, cualquier cosa de ese tipo. Su teoría es que la gente pone su voto por sensaciones, no por ideas.

‒Por sensaciones.

‒¿Qué, vas a repetir todo lo que diga, Gunnar?

‒No, discúlpame. Quiero entender. ¿Entonces nadie del gobierno dijo claramente lo que iban a hacer?

‒Prometieron que mantendrían lo bueno del gobierno anterior, y le sumarían calidad institucional, una lluvia de inversiones extranjeras, trabajo de calidad, incentivos para emprendedores, pobreza cero. En el debate entre candidatos presidenciales, Daniel Scioli enumeró todas cosas que Macri negaba, pero que iba a hacer en el poder. No falló una. Si lo ves, parece un paso de comedia clásico entre la mujer engañada y el marido negador. Es muy gracioso.

‒A ver, ustedes venían de CFK, con una economía keynesiana, protectora. ¿Cómo hizo Cambiemos para imponer lo contrario, una política ultraliberal, o neoliberal, como quieran decirle?

‒Bueno, ellos ganaron con esa cosa emotiva duranbarbista, los globos, el futuro, el cambio, los brotes verdes, la lluvia de inversiones, la libertad, la inserción en el mundo. Y listo, lo hicieron.

‒¿Pero la gente, quería volver a Menem? ¿Extrañaban el liberalismo?

‒No, cero ideologías. Hasta Menem, los liberales hacían sus actos en microcines. Eran una elite, no tenían chance. La gente se burlaba de Alvaro Alsogaray, dos veces ministro en dictadura, cuando decía: "Hay que pasar el invierno". ¡Imaginá hoy, tres meses, sería un pestañeo! Lo que dice Macri es: "Hay que aguantar", sin plazos y con una economía rota, inflación, recesión, brutal caída del consumo. Macri es una mezcla rara, un liberal neo, pero a la criolla. Los "libertarios" como Espert y Milei, lo corren por derecha, y un liberal clásico como Guillermo Nielsen jura que, por el gasto social que mantiene, el gobierno de Macri "es de izquierda". Original, es, al menos.

‒Joder, tronco… Pero aun así convencieron a los radicales, como antes habían convencido a Menem.

‒¿Convencer? Mmm… no creo. Menem era un pragmático feroz: asumió y le entregó la economía a Bunge y Born. No anduvo, y entonces llegó Domingo Cavallo con su 1 a 1. Fueron 10 años de dólar barato y "deme dos", mientras las pymes cerraban sin prisa pero sin pasa y la desocupación crecía. Hoy los cierres son tá tá, tipo ametralladora. Los radicales siempre fueron socialdemócratas, o algo así, pero nada que ver con los liberales.

‒¿Cómo nada que ver? ¡Si hicieron Cambiemos con Macri y Carrió!

‒Es cierto. Pero ellos dicen que fue una alianza electoral, no de gobierno.

‒¿Y eso cómo se come, Asch?

‒Habría que interpretarlo. Si uno es bueno y les tiene simpatía, podría decir que el PRO los ninguneó y despreció sus ideas. Si uno es un poco malo, diría que la UCR se convirtió en una gran agencia de colocaciones para que su estructura nacional multiplicara sus cargos en gobiernos provinciales, intendencias, legislaturas. En realidad, ambas cosas sucedieron.

‒¿Entonces, qué hizo la UCR por el gobierno de Macri?

‒Lo llevó al poder, nada menos. Macri no sería presidente sin la estructura nacional de los radicales. Pero ellos se subordinaron mansamente a un partido menor, pero lleno de poderosos. Es raro. Alfonsín dijo, hace 20 años, que si la sociedad se derechizaba, la UCR debía prepararse a perder elecciones. No fue lo que pasó, esta vez.

‒¿Y Carrió?

‒Ah, es un tema aparte. No es una líder de multitudes al viejo estilo: tiene su público y su rating, lo que no es lo mismo pero hoy da igual. Es un solista con guion variado que habla, calla, ironiza, pontifica, desmiente, ataca, se defiende. Una star de la tele.

‒¿Y ahora? ¿Qué van a hacer los radicales? ¿Querrán imponerle a Macri sus ideas?

‒Van a pelear por sus candidatos. Ponerle el vice a Macri, por ejemplo. Pero hay un sector que amenaza con irse. Ricardito Alfonsín sueña con una alianza que sume a los socialistas santafecinos, Margarita Stolbizer (solista como Carrió pero del off), peronistas "racionales" (Pichetto, Urtubey, Massa, y todo peronista de buen lejos que parezca radical), Lousteau (que como la reina del ajedrez se mueve para todos lados) y Roberto Lavagna, la Gran Esperanza Blanca, el evangelizador de las sandalias con medias.

‒¿Y eso puede funcionar?

‒Puede. Esto es Argentina. Aunque el caso es medio delicado. Lavagna tiene 77 años y avisó que si llega a presidente, será sólo por un período. Mmm… El Síndrome del Pato Rengo puede aparecer, más temprano que tarde.

‒¿El síndrome de qué?

‒Del Pato Rengo. Lo que le pasa a los presidentes al final de sus mandatos, cuando todos piensan en la sucesión. Menem decía que, ya caída su re-re en 1999, ni el café al despacho le traían.

‒Dime, ¿esa alianza no sería muy parecida a la que ganó en 1999?

‒Sí digo que sí, la prendería fuego. Espero que no. Lavagna fue el ministro de Economía post 2001, es serio, tiene prestigio, pero no mucho roce político. Hace poco ninguneó a Massa, y avisó que tenía "otro proyecto". No parece la mejor táctica. Lo que viene será duro. Si la oposición gana, ya sin los dólares del FMI, habrá que construir un sólido consenso político para no defaultear como en 2001, y para renegociar ese acuerdo, a cara de perro.

‒Uf… ¿Y el peronismo?

‒Cristina no habla ni confirma nada. Lógico. Con la sucesión de derrapes del macrismo, crece en las encuestas sin decir ni mu. Muchos de los que se fueron de su gobierno muy peleados han vuelto: Alberto Fernández, Felipe Solá, mucha ex tropa de Massa, que todavía no decide dónde estacionar su autito.

‒¿Puede ganar?

‒Claro que puede, cosa que hace un año parecía imposible. Es la que tiene más votos, lo dicen las encuestas.

‒¿Ella vendría a ser la izquierda, acá?

‒La progre, digamos. Porque la izquierda de verdad no la quiere. Los trotskistas la detestan, casi al nivel que la derecha gorila. Votarán en blanco si hay ballotage, como siempre.

‒Pero si no es de izquierda, ¿Qué es Cristina Fernández?

‒Peronista.

‒Joder… ¿Cómo Menem?

‒No, nada que ver. Pero ojo que Menem también era peronista, con Cavallo y tutti frutti. El peronismo es muy complejo. Es… líquido. Si lo ponés en un tubo de ensayo es largo y finito; si lo ponés en un plato de sopa, es ancho y chatito.

‒Pero…

‒No me pongas cara de sueco, Gunnar. Acá es así. Es Argentina.

‒¿Y qué me dices de las causas judiciales por corrupción contra CFK?

‒Uf, tiene un montón. La mayoría, en el juzgado del juez Bonadio, que tiene como un imán que las atrae. Es curioso: encontraron enseguida a un gordo evasor escondido en Belice (Samid, el rey de la carne), pero en tantos años no descubrieron ni una caja fuerte, ni un container, ni un depósito enterrado con dinero K de la corrupción. Debe ser frustrante.

‒¿Tienen alguna Oficina Anticorrupción que pueda actuar de oficio?

‒Funciona, pero para ciertas cosas. Laura Alonso, la persona a cargo, avisó que, como está harta de ser criticada por ser parcial (tal vez porque alguna vez declaró: "Si no estuviera casado él ni comprometida yo, hasta me enamoraría de Macri"), no piensa investigar nada que tenga relación con el actual gobierno. Que lo hagan los ficales y listo.

‒Renunció, entonces.

‒No, no renunció.

‒¿No? Qué raro es todo, tronco.

‒Hay muchas cosas raras que se han naturalizado de manera insólita. El caso del fiscal Nisman, único asesinato sin asesino en la historia de la novela policial. Ministros que viajan a Washington para que el FMI les de órdenes. Un espía apretador con mucho poder, apoyo mediático-político-judicial y equipos ultra sofisticados, termina espiado y grabado por un chacarero audaz. Flor de escándalo. Es muy loco, todo. Cuadernos que se queman, el fiscal celoso que manda a espiar al ex novio de su actual novia, operaciones de contrainteligencia en la mesa de Mirtha Legrand… Y paro acá, porque no termino más.

‒(…)

‒Gunnar. Amigo. ¿Qué te pasa?

‒Demasiada información, Asch. Estoy muy muy impresionado. ¿Cómo se hace para vivir con todo esto, todo el tiempo?

‒Ah, es un misterio. Nosotros somos los eternos sobrevivientes del próximo naufragio. Nos pasa de todo y acá estamos, contando la historia, poniendo el pecho resistiendo. Tal vez porque sintamos que, a pesar de todos los males de este mundo, seguimos siendo los tipos más piolas del mundo.

‒Ah, es muy argentino, eso.

‒Demasiado.