Hay cuatro factores que explican la vigencia de un movimiento que cada vez que gobernó dejó un país en llamas, con indicadores económicos colapsados y a los argentinos divididos en bandos irreconciliables. Dos, internos: su formidable capacidad de victimización y su extraordinaria habilidad para plantear falsas antinomias. Dos, externos: la complicidad de sectores que se dicen no peronistas para colaborar con los peores hábitos del peronismo y la parcialidad escandalosa de gran parte de la elite intelectual y periodística nacional, que juzga a los peronistas con la vara de Uganda y a los no peronistas, con la de Noruega. Todas y cada una de estas estrategias, vigentes y exitosas, son la que explican porqué los barrabravas pueden estar felices hoy de que una ley votada por unanimidad no salga.

Vayamos a los hechos. Ya en 2016, a menos de un año de asumido el Gobierno, la Ministra de Seguridad Patricia Bullrich envió al Congreso un proyecto que terminó debidamente cajoneado por la mayoría peronista del Senado. Ninguno de los varios proyectos presentados desde entonces para endurecer las penas, evitar la puerta giratoria y combatir la mano de obra preferida de ciertos partidos y sindicatos logró avanzar en los siguientes dos años, y por las mismas razones. Hasta que sucedió lo que sucedió en la previa de la final Ríver-Boca, el Gobierno vio la oportunidad y una mayoría aplastante (201 votos positivos, cero negativos y tres abstenciones) le dio sanción general en Diputados.

Sin embargo, el peronismo -que no había sido capaz de poner la cara votando en contra abiertamente- tenía lista su jugada. Primero pidió el tratamiento de la ley artículo por artículo y un rato después logró empantanar la discusión sobre un tema relativamente irrelevante: las penas por poseer entradas falsas. Entonces, el diputado Martín Lousteau, propuso que una ley votada por unanimidad volviera a ser tratada en comisión, en un hecho sin precedentes que fue aprobado unánimemente por la mayoría peronista que también reina en la Cámara. Y la ley fue para atrás. Pero no fue todo.

Lo que sucedió en la sesión conjunta de la Comisión de Legislación Penal y la de Deportes fue registrado por las cámaras en directo. La comisión tenía el encargo de mejorar el artículo en cuestión y, acaso, algún otro sobre el que pudiera haber objeciones. Pero el peronismo llegó con las mismas intenciones de bloquearla que había demostrado en el recinto: primero sostuvieron que la ley que ellos mismos habían votado unánimemente era "un papelón", luego propusieron que se consideraran nuevos dictámenes (proyectos) y después exigieron que antes de avanzar se pidiera la opinión de los dirigentes del fútbol. Transcribo lo central de mi intervención en la Comisión, para no andar tecleando:

Se nota mucho, muchachos. Se nota. El año pasado era oportunismo por los incidentes de Boca-Ríver; este año es oportunismo porque es un año electoral. Se nota demasiado. Y yo estoy a favor de que vengan los presidentes de los clubes. Ojalá viniera el de mi club -yo me crié en Avellaneda- así explica el tema del lavado de dinero y la pedofilia en las inferiores. Nos gustaría mucho escuchar esa explicación. Lo estamos esperando.

Señora presidenta: estamos discutiendo un proyecto de ley que ha tenido sanción general con 201 votos por la afirmativa y ninguno por la negativa. ¿Papelón? Papelón fue el de quienes dijeron que tenía que volver a comisión para que se trabajara y hoy no están acá. Yo por lo menos no veo al diputado Lousteau ni a ninguno de su bloque, que no es el de Cambiemos.

Se nota mucho; se ve muy claro. Nos quieren contar otra vez el cuento de la buena pipa: hay que llamar a los dirigentes, empezar un nuevo dictamen, etcétera y etcétera. Ya tenemos un dictamen que aprobó la comisión y fue votado en el recinto con 201 votos por la afirmativa y ninguno por la negativa. Así que vayamos para adelante y dejemos de encubrir barrabravas y negocios sucios, y aprobemos una ley contra la violencia en el fútbol como nos está pidiendo la ciudadanía.

Tocarlo a Moyano fue, claro, el fin del mundo. Desde el bloque kirchnerista un diputado me gritó ¡Forro!, y cuando pedí aclaraciones Rodolfo Tailhade, el diputado de la SIDE, me dijo que en realidad me habían "pedido el gorro". Después me dijo "gorila" y se puso a hacer morisquetas comiendo una banana. Todo, debidamente registrado. Más tarde tomó la posta la diputada Moisés -peronista de Jujuy- quien explicó las razones del voto afirmativo y posterior marcha atrás de su bloque: "No podemos aprobar una iniciativa como esta de un día para el otro, sin que tengan conocimiento la mayoría de los más de doscientos diputados y con la presión de que si los legisladores no aprobábamos esto, con las cortinas de humo a que nos tienen acostumbrados íbamos a ser cómplices de la violencia en el fútbol, barrabravas y miembros de una asociación ilícita". Traduzco: los peronistas que se dicen racionales votaron una ley que no conocían y les parecía mala para no quedar como cómplices de la violencia en el fútbol y de los barrabravas. ¿No es extraordinario?

¿Cómo se tapa semejante desastre? Ocultando la grieta verdadera, que divide a quienes queremos aprobar la ley y quienes quieren que no salga, detrás de una grieta imaginaria: porteños versus provincianos. ¿Cómo se hace? Sosteniendo que los clubes de fútbol del interior no tienen recursos para controlar los ingresos mediante dispositivos ligados a Internet y una red de wifi (lo que es falso) y poniendo a los diputados oficialistas en el consabido lugar de porteños chetos que no conocen el país: "Lamento que haya diputados que crean que en la General Paz se termina la Argentina. Tómense un avión", sostuvo Moisés. A lo que respondí, por lo bajo: "No seas tonta. Me crié en Avellaneda".

Grave error. No por la frase, de la que de todas maneras me disculpé, como consta en actas ("No le dije tonta sino que no fuera tonta. Pero es una expresión impropia y le pido disculpas"); sino por haberle dado a una diputada peronista la ocasión de victimizarse. No se la iba a perder. "El diputado Iglesias me está llamando tonta. Tonta, me está diciendo. ¿Quién es el barrabrava?", dijo a los gritos Moisés, iniciando una maniobra que llegó a todos los medios y por la cual por poco no me acusan de femicidio. Y más tarde agregó: "Hay gente que tiene voz de intelectual pero cerebro de mono", lo que no mereció comentario. Forro. Cerebro de mono. Gorila (y baile con banana incluida) versus "No seas tonta" con posterior pedido de disculpas. Pero son-todo-lo-mismo si se sabe alternar bien la vara de Noruega con la de Uganda. La sesión, por supuesto, terminó como quería la oposición: con el peronismo anunciando cinco dictámenes diferentes y la exigencia de "escuchar todas las voces" antes de avanzar. De 201 votos a cero a la posibilidad de aprobar la ley reducida a cero. Bendiciones de gobernar en minoría.

¿Cómo reflejaron los medios lo sucedido? Como siempre. Metiendo a todos en la misma bolsa. "No hubo acuerdo en Diputados por la ley que penaliza a las barras. La reunión de comisión estuvo marcada por las peleas entre diputados" escribió La Nación. "La ley contra las barras bravas volvió a empantanarse en el Congreso" tituló Clarín. Y lo mismo pasó en todos lados: para el perionismo, la ley no se había caído por la evidente oposición del peronismo sino por la falta de habilidad de Cambiemos y el ánimo beligerante de algunos. La cosa terminó con el habitual show en Intratables (un programa en el que el ex presidente del Banco Central de Duhalde, Pignanelli, me acusó de "venir de la cloaca" y "tener mierda en la cabeza" entre las sonrisas de Del Moro y sus panelistas, para después amenazarme con pegarme un tiro si seguía metiéndome con el peronismo, a la salida), con un curso explícito de "son todo' lo mismo", escándalo por el infame y machista uso de la palabra "tonta" y cierre con el inefable Brancatelli afirmando que es una vergüenza que yo sea diputado.

Nada nuevo. Es una tradición perfectamente consolidada por el síndrome de Estocolmo que sufre esta sociedad y que le permite al peronismo presentarse como víctima aun cuando es el victimario. Es la sombra del Payador Perseguido reapareciendo en la penumbra, sufriente y quejoso pero cargado de bolsos con euros, de nuevo. Y si fracasan con el argumento actual siempre queda la posibilidad de rememorar 1955 y 1976 para poner a los contreras, gorilas y vendepatrias del lado de los golpes y la violencia. Lástima grande que desde 1928 ningún gobierno no civil peronista haya terminado su mandato, contra seis gobiernos peronistas que sí lo hicieron. Lástima grande que las que dieron el golpe de 1955 contra Perón fueran las mismas fuerzas armadas que en 1943 habían dado el golpe con Perón, al que pusieron de vicepresidente, primero, y de candidato oficial "de la Revolución", finalmente. Tremenda pena de que a Videla lo haya nombrado en su cargo Isabel, y a Massera, Perón; que los primeros desaparecidos y exiliados fueran de 1975 y no de 1976; y que haya sido el peronista Luder el que dictó los decretos de aniquilación de la subversión y fue el candidato de la autoamnistía militar en 1983. Son datos, no opiniones. Ni buenos, ni malos; sino incorregibles.