
Un siglo y medio atrás en nuestra línea del tiempo nos encontramos con una fecha exclusiva de la mujer: el 8 de marzo de 1857. Este número marcó en el calendario un antes y un después en la lucha feminista, un deseo profundo por acceder a igualdad de oportunidades y una sed de libertad que se gestaba hace años.
Es imposible en esta fecha no recordar a todas aquellas mujeres que lucharon por el acceso al voto, al trabajo, a un salario digno, igual remuneración por igual tarea. Por eso reconocemos su entrega como bastión para que las próximas generaciones crecieran sin ser tenidas en menos por el solo hecho de ser mujeres.
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Sin embargo, el año pasado se abrió un debate en torno a los derechos de las mujeres, y la consecuente mal llamada "despenalización del aborto" que originó la fragmentación de la sociedad en dos: aquellos que pronunciaban que el aborto es un derecho de la mujer por "conquistar" y quienes defendemos las dos vidas, sosteniendo que el "derecho a la vida" que comienza desde la concepción, es el primer derecho generador de cualquier otro derecho.
Hoy, en el día en el que se conmemora internacionalmente a aquellas que dieron todo (incluso su vida) para obtener derechos, me pregunto: ¿Qué ocurre con la mujer que está gestándose en el vientre materno? ¿Qué hay para aquellas que son arrancadas del vientre materno? ¿Ellas no merecen las mismas oportunidades que tenemos nosotras en la actualidad?
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La lucha fue mutando y ya no solo se trata de obtener igualdad en las condiciones laborales como aquellas obreras textiles en Estados Unidos, sino en el poder de decisión. Ese poder, podemos afirmar, que es ejecutado sobre el más débil, el que no porta voz pero que tiene vida. Una vida que merece ser vivida con dignidad (y que el Estado en conjunto con la solidaridad de la sociedad lo garanticen), una vida donde nadie puede decidir cuándo ponerle un punto final.
Los partidarios del derecho al aborto creen que es injusto "forzar" a la mujer a llevar en su seno un bebé hasta el nacimiento. Sin embargo, la interrupción del embarazo conlleva un precio muy alto, no solo para el feto que está en el útero materno, sino para la propia mujer que adopta esta "decisión mortal". La mujer siempre será libre para decidir, pero lo será realmente en tanto conozca la verdad. Nuestro foco de lucha es para que la mujer pueda acceder a la verdad integralmente. La libertad nunca será tal si no hay verdad y responsabilidad como contrapartida.
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Palabras elocuentes que buscan hacer creer un discurso lejano a la realidad que viven aquellas mujeres que atravesaron un aborto y lo comparto desde mi profesión, la que no solo me lleva a defender la vida desde su concepción, sino también a contener a aquellas mujeres que atraviesan un síndrome posaborto.
No negamos que la práctica de abortos clandestinos es una realidad, más allá de cuántos sean, es problema humanitario y de la sociedad actual, pero las secuelas emocionales del aborto, clandestino o legal, son profundas y difíciles de sobrellevar.
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Por eso entendemos que la salud pública argentina necesita encontrar propuestas que cuiden y protejan a la mujer y a su hijo, y defiendan la vida de ambos. Amor a la vida desde la concepción, aquel momento inicial donde comienza la vida hasta el final; porque no existe un derecho a disponer de la vida de otro ser humano.
Nuestro valor no se define en la destrucción de la figura masculina, ni de poder disponer de aquellos que no tienen ni voz ni fuerza para defenderse, sino en abrazar aquellas características que nos hacer ser distintas, valiosas y por lo tanto únicas.
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Hoy, 8 de marzo, nos unimos a aquellas mujeres que levantan la voz luego de años de dolor y silencio, a las que por miedo y vergüenza esconden sus heridas esperando que sea el tiempo el que las redima, sin encontrar consuelo en sus corazones. Nos unimos a las que trabajan, a las que deciden ser mamás a tiempo completo, a las que se aventuran en el ámbito profesional, a las que se superan día a día por dejar un mundo mejor para las generaciones que vienen. Todas enriquecen nuestra sociedad.
Mi deseo es que la mujer en cada rincón del mundo hoy pueda "revestirse de fuerza y dignidad, y afrontar segura el porvenir" (La Biblia), porque empoderarse no es destruir al más débil ni disponer de su vida, para crecer necesitamos amarnos y tener empatía de esa que hace que ninguna mujer quede en el camino, ni siquiera las que están siendo gestadas.
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La autora es médica ginecóloga y obstetra. Integrante del departamento de Bioética de la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (Aciera).
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