El derecho a la vida familiar está consagrado en el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que cumple 70 años de su adopción por las Naciones Unidas. Cabe volver sobre la letra y el espíritu de este instrumento fundacional, remarcando el carácter universal de los derechos reconocidos en su texto, que corresponden a todos los seres humanos sin exclusiones de ninguna índole.

Ahora bien, ¿es la familia un derecho humano? ¿Es la familia un derecho de todas las personas? Respondemos que sí, lo es; y lo hacemos sin dudarlo, desde el más elemental razonamiento. Y este reconocimiento instantáneo no es un acto menor, sino una categorización atemporal y transversal a las diferentes sociedades y culturas. Pues, si bien la vida en familia presenta una evolución formal evidente, con marcados giros a largo del tiempo, su esencia permanece inalterable. Porque las personas somos seres familiares.

Tan básica es esta condición que nuestra propia existencia es obra de otros y se define en referencia a otros. Nacemos respectivos y dependientes: somos porque otros son. Y venimos a insertarnos en un entramado genealógico en el que la condición de hijos, hermanos, padres, nietos, sella nuestra identidad primaria.

Es claro que la familia es un derecho humano porque su experiencia temprana condiciona el despliegue posterior de la persona. Porque, como lugar de cobijo y pertenencia, es el entorno que la dignidad humana merece y en el que vale la pena nacer, crecer, realizarse y morir. Es la estructura en la que el ser se personaliza y socializa, delineando una esfera propia y originaria del devenir del individuo y la sociedad.

En todos los casos, es de tal calado la relación persona-familia que no puede existir una sin la otra. De ahí que todo desarrollo sostenible demande la presencia de familias fuertes. Familias como espacios de intimidad, de vínculos sólidos, de lazos de sangre e historias de vida compartida. Familias fuertes como ámbitos de libertad, de valores transmitidos y apropiados en el marco de biografías comunes. Conjuntos vinculares en los que se manifiestan los aspectos más específicos del ser, de ahí que constituyan la vivencia de mayor impacto en el ciclo vital humano.

Las familias dan respuesta a un deseo instintivo de seguridad y permanencia. Alientan la interacción, la empatía y la solidaridad recíprocas, a través del empoderamiento de sus miembros para la asunción progresiva de responsabilidades comunitarias. Son focos satisfactores de demandas básicas y motores propulsores de habilidades: moldean la disposición a la comunicación, la elección para la toma de decisiones, la acción en un marco relacional ético y el cuidado, y la preocupación por el valor y la dignidad, de uno mismo y de los demás. Porque es en el contexto de cada familia, en primer término y a lo largo de la vida, en donde experimentamos el encuentro interpersonal y concretamos nuestra humana facultad de amar.

Setenta años de la declaración que reconoce la familia como un derecho universal, aunque sabemos que este reconocimiento no garantiza su goce. En el preámbulo, adicionalmente, se contempla a las personas como miembros de la gran familia humana y se les recomienda un comportamiento fraternal. Desde una perspectiva socioecológica, los sistemas relacionales se van conteniendo unos a otros hasta englobar a la humanidad en su conjunto. La familia como microsistema condensa el derecho humano a estar con otros. Precisamente, con los más próximos. Ese derecho a permanecer junto a ellos, para con ellos emprender la travesía más honda y plena de sentido de nuestra humana experiencia.

La autora es directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.