Al día siguiente de la cumbre del G20 en Buenos Aires, se inicia el proceso que conducirá a la del 2019. Japón asume la presidencia y, con ella, la tarea de asegurar que el diálogo entre los países participantes permita construir consensos efectivos y eficaces, en torno a cuestiones relevantes de alcance global, conectadas entre sí, con fuerte impacto económico y social y, por ende, político.

Son cuestiones que trascienden lo que los países individuales, incluso los más poderosos, podrían abordar solos y resolver con razonables expectativas de éxito. Y que si no se resuelven, tarde o temprano podrán afectarlos. Incluso seriamente.

Son cuestiones, por ende, que ponen de manifiesto que en el mundo actual, países y ciudadanos están cada vez más conectados y expuestos a situaciones que trascienden sus fronteras nacionales. Y el G20, a nivel de jefes de Estado, surgió cuando la fuerte crisis financiera del momento no podía ser encarada en los organismos internacionales existentes. Era necesario entonces un foro de diálogo orientado a la acción de los máximos responsables políticos de un grupo de países que se suponía que podían sumar más capacidad para concertar las acciones de alcance global requeridas.

Como lo demuestran las sucesivas cumbres realizadas desde que hace diez años se elevara el G20 al nivel de un foro global de líderes, tanto el diálogo como la construcción de consensos no son tarea fácil. Son muchos los participantes, y sus intereses y sus perspectivas son a veces muy diferentes. Por ello la conducción del diálogo requiere de una participación directa y comprometida del propio Jefe de Estado del país que anualmente ejerce la presidencia. Al ser un proceso que se desarrolla durante varios meses, con múltiples reuniones, muchas de ellas de nivel ministerial y también muchas con participación activa de distintas expresiones de la vida social, se requiere de un eficaz trabajo en equipo, donde la figura del sherpa también es crucial.

Para la Argentina, su papel como país miembro del G20 continúa tras la cumbre de Buenos Aires. En lo inmediato por ser parte durante el 2019 de la troika, junto con Japón y Arabia Saudita. En ella puede aportar su reciente y valiosa experiencia de gestión del proceso de diálogo y, en muchos casos, de construcción de los consensos necesarios. Así como pudo sacar provecho de las experiencias que habían acumulado en sus respectivos períodos China y Alemania.

En segundo lugar, por haber podido apreciar en el desarrollo del G20 durante este año que el país tiene —o puede tener— un papel eficaz en el diálogo orientado a construir consensos sobre cuestiones relevantes de la agenda global. Y ello puede ser así precisamente por el hecho de que nuestro país no tiene ni el poder ni la dimensión económica como para aspirar a ser un líder indiscutido de alcance global. La Argentina forma parte de un grupo de países significativos a la hora de construir consensos globales, precisamente por ser de poder intermedio y con alguna capacidad de incidir en sectores (por ejemplo, los alimentos) o regiones (por ejemplo, América del Sur, el Atlántico sur y la Antártida) que sí son relevantes en el plano global. Por lo demás, es un país que está relativamente lejos de las líneas de principal tensión internacional y que, preservando sus valores y sus preferencias, en principio no tendría motivos para no llevarse bien con todos los países del mundo. Asimismo, como país y como región que se caracteriza por la diversidad de origen de su población, tiene la capacidad para entender un mundo donde un rasgo dominante es, y continuará siendo, la pluralidad cultural.

En tercer lugar, por el hecho no menor de que a nuestro país y a nuestra región les conviene participar en la construcción de una nueva gobernanza global que esté ajustada a las realidades actuales de un mundo en el que todos los protagonistas —no solo los muy grandes— tienen múltiples opciones en sus estrategias de inserción internacional. Y saben que pueden ejercerlas, incluso cuando dialogan con los muy grandes y poderosos.

Lo que también está cada vez más claro es que para navegar como país un mundo de múltiples protagonistas y de múltiples opciones, se requieren al menos tres condiciones. La primera es tener una estrategia propia de inserción en el mundo, con visión a la vez de largo y corto plazo, que esté sostenida en las bases sociales del país. La segunda es lograr una inserción regional eficaz que tome en cuenta la necesidad de construir una arquitectura institucional que facilite la convergencia en la diversidad. Y la tercera es enhebrar vínculos de trabajo y confianza con las otras regiones del mundo y, en particular, con todas las grandes potencias.

El autor es especialista en relaciones económicas internacionales. Director del Instituto de Comercio Internacional de la Fundación ICBC