Los líderes del mundo lo aclaman. El teatro entero grita "¡Argentina! ¡Argentina!". Juliana Awada lo acaricia suavemente. Él agita un brazo y contiene las lágrimas, pero su rostro no puede disimular la tensión de la semana, del mes, del año terrible que pasó. Y las lágrimas aparecen. En pocas horas se abraza con todos los presidentes. Desmiente lo que el equipo de Donald Trump difundió sobre un diálogo privado. Y demuestra, en los hechos, que su gobierno pudo superar con éxito la organización de un evento que era un desafío muy serio en varios campos, entre ellos el de la seguridad. El encuentro del G20 termina con un éxito importante de la política exterior de Mauricio Macri, que rebotará, en alguna medida, en la política interna. Macri, después de mucho tiempo, pareció esta semana el líder de un país, es decir, un presidente.

El contraste no puede ser más impresionante respecto de lo que ocurría exactamente una semana atrás, cuando el mismo país, conducido por el mismo presidente, no pudo organizar un partido de fútbol. La satisfacción por la manera en que se desarrolló la cumbre de presidentes es exactamente la contracara de la angustia que la semana pasada se adueñó del país luego del episodio previo al superclásico. Una sucesión de internas entre personajes cercanos al Presidente —la ministra de Seguridad y el jefe de Gobierno—, una torpeza en la gestión de un episodio que debería haber sido menor, y un caldo de cultivo subestimado o incluso alimentado por el propio entorno presidencial, derivaron en un papelón internacional.

¿Cuál es el Macri verdadero? ¿El líder del G20 o el que es desbordado por un partido de fútbol? Es obvio que Macri es ambos. Pero la imagen que se imponga sobre la otra definirá el destino político del oficialismo durante el año clave que se inicia. Si Cristina Kirchner compite contra el Macri de este fin de semana, tal vez le sea más difícil ganar. Si quien se presenta a elecciones contra ella es el del fin de semana del Boca-River, las cosas le resultarán más sencillas.

¿Cuál es el Macri verdadero? ¿El líder del G20 o el que es desbordado por un partido de fútbol?

El escándalo del Boca-River se produjo, entre otras razones, por un déficit de gestión presidencial. Primero, Macri propuso que se juegue con hinchada visitante sin haber gestionado antes el tema. Luego, permitió que dos de sus hombres —Horacio Rodríguez Larreta y Daniel Angelici— lo desautorizaran. Además, no impuso autoridad a medida que avanzaba la pulseada entre su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el jefe de Gobierno porteño. En el G20 su impronta logró que la reunión se realizara en la Argentina, e impuso como prioridad a su equipo el éxito del desafío.

En el caso de la violencia en el fútbol, Mauricio Macri estuvo ausente desde su asunción, cuando no fue cómplice. Tiene lógica, en ese contexto, que una cosa saliera tan bien y otra tan mal.

Para entender lo sucedido en el fútbol, hay que recurrir a otro contraste. En ese mismo campo donde él se ausentó, María Eugenia Vidal actuó como una líder. Desde la asunción de Vidal en la gobernación, fueron detenidas las cúpulas de las barras de Independiente de Avellaneda, Lanús, Banfield, Temperley, Estudiantes, Gimnasia, Deportivo Laferrere, entre otros. Se trata de cientos de detenidos peligrosos y con poder territorial. Eso no solo desactivó gran parte de la violencia sino que, además, puso a los barras a la defensiva porque quedó claro que habían perdido el respaldo político: había jueces, fiscales y policías investigándolos, con órdenes de no transar.

Donald Trump y Mauricio Macri en la Casa Rosada
Donald Trump y Mauricio Macri en la Casa Rosada

Mientras tanto, en la Ciudad ocurrió exactamente lo contrario a la provincia de Buenos Aires: se siguió la política pre 2015. Los barras seguían relacionados con personajes poderosísimos, aunque ya no pertenecían al kirchnerismo, sino al macrismo. Un rol clave en este proceso es el que juega Daniel Angelici, un hombre clave de Macri, que controla a Boca, a gran parte del aparato de seguridad del Gobierno porteño y a una parte de la Justicia local. Así, los barras de su club y, por ende, del resto de los clubes, tuvieron protección para seguir imponiendo sus códigos y multiplicar sus negocios.

En la previa del comienzo de la cumbre del G20, el presidente Mauricio Macri envió para su tratamiento en extraordinarias un proyecto para endurecer las penas contra las barras bravas. Unos días antes, Macri había atribuido los disturbios que produjeron la suspensión del partido a la negativa los legisladores de aprobar esa ley, a los jueces, a los dirigentes de los clubes: a todos menos a él mismo. En ningún caso se refirió a un asunto clave: fuera del territorio bonaerense, los barras mantuvieron la impunidad. Patricia Bullrich se animó en estos años contra piqueteros, mapuches o narcotraficantes, y se lució en el fin de semana del G20. Pero toleró a los barras bravas de los clubes. Hubo allí un déficit que tal vez ahora se transforme en oportunidad.

Lo extraño no es que ocurriera el escándalo del Boca-River sino que no sucediera algo más grave.

Solo en las semanas previas al escándalo se produjeron hechos horribles que reflejan el ambiente en el que se desarrollaría la final de la Libertadores. La barra brava de All Boys intentó entrar al vestuario de los jugadores visitantes para golpearlos. Los policías que intentaron intervenir debieron huir de una manera vergonzosa: estaba claro quién era la autoridad. La barra brava de All Boys está vinculada directamente con grupos que distribuyen droga en Almagro. Nadie la molesta. Veinte días antes del escándalo, el clásico entre Rosario Central y Newells Old Boys se jugó sin espectadores, a cientos de kilómetros de la ciudad de origen, para evitar muertos. Las barras bravas de ambos clubes están dominadas por el poderoso narcotráfico local. Entre uno y otro episodio, hubo tiroteos entre facciones de la hinchada de Deportivo Laferrere en La Matanza: uno de los hinchas fue filmado mientras disparaba con una ametralladora. El líder de la banda había sido detenido un par de semanas antes, por sus obscenos vínculos con la venta de droga y con la política local. Sus sucesores decidieron disputar a tiros su lugar. En este contexto, lo extraño no es que ocurriera el escándalo del Boca-River sino que no sucediera algo más grave.

Esto solo se soluciona con un liderazgo presidencial muy contundente. Para ejercerlo, Macri tiene que desandar un camino en el que fue complaciente desde que era presidente de Boca Juniors y forzar la ruptura entre su amigo Daniel Angelici y la barra de Boca, o romper con ambos, para que eso se traslade lentamente al resto de la estructura del fútbol. La obscenidad ha llegado a tanto que, en la última gira de Boca, los barras viajaron en el mismo avión del plantel. En los próximos días habrá otra muestra de lo que pasa: ¿habrá barras bravas en el Bernabéu?

En apenas unas pocas horas, la Argentina difundió al mundo una imagen de lo que es y un atisbo de lo que tal vez podría ser. En ambas, el Presidente tuvo un rol significativo, como no podía ser de otra manera. A principios de semana, además, el dólar pareció descontrolarse de nuevo. Sobre el final, volvió a serenarse. Una semana bipolar, en un país no apto para análisis lineales. Ni para cardíacos.