
En su paso por la Argentina, el historiador inglés Timothy Garton Ash no dudó en ubicar a nuestro país en el "wider west", algo así como el Occidente ampliado. Se refería a una doble caracterización: por un lado, la democracia, el pluralismo, la primacía de los derechos humanos y las libertades individuales, aspectos asociados con las democracias occidentales clásicas. Por el otro, nuestras características específicas como país en desarrollo, y la pregunta por lo que podíamos aportar a la conversación global. En particular, en un mundo que parece sorprendido ante el avance de diversas formas de populismos, Argentina, remarcó Garton Ash, es el primer país pospopulista del siglo XXI —un faro para quienes buscan entender cómo se logra la difícil transición de un sistema populista a uno republicano.
La anécdota de Garton Ash sirve para remarcar que, para entender nuestro rol en el G20, antes hay que entender nuestro lugar en el mundo y cómo nos ven desde afuera. Argentina, para la mirada externa, no es un país periférico ni un país pobre. Para verlo, alcanza con mantener una mirada global, atenta a un escenario que incluye a todos los países del planeta: Argentina se encuentra, a pesar de nuestros problemas coyunturales y nuestras dificultades recurrentes, entre los países de desarrollo humano "muy alto", la categoría más alta según el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas. Nuestro país se ubica número 47 entre 189 países, y en toda América Latina solamente Chile y Uruguay se encuentran en la misma categoría.
La misma mirada global indica que somos el principal productor de alimentos medido per cápita y que poseemos la segunda reserva de gas no convencional del planeta y la cuarta de petróleo. Pronto nos autoabasteceremos en lo energético y pasaremos a ser exportadores netos. Somos, entonces, un jugador importante en dos insumos centrales en el siglo XXI: los alimentos y la energía, mucha de ella cada vez más limpia y ecológica. Además manejamos tecnologías que muy pocos países tienen: nuclear, satelital y biotecnológica, para dar tan solo tres ejemplos. Fuimos el primer país latinoamericano en iniciar el desarrollo nuclear con fines pacíficos y somos el único en la región que exporta reactores al resto del mundo. Estamos en la vanguardia de la genética vegetal, fuimos el primer país de América Latina en clonar animales, y el recientemente puesto en órbita satélite SAOCOM es el más sofisticado de su tipo del mundo.
Los elementos de nuestro país que se destacan a nivel internacional no se limitan a los recursos naturales o la economía del conocimiento. Se puede resaltar, por ejemplo, el hecho de que gozamos de la mayor población judía y musulmana de Latinoamérica, sin problemas de convivencia, o una larga tradición diplomática de búsqueda de consensos a nivel regional y global. También que nuestra transición democrática, después de una de las peores dictaduras de Latinoamérica, es un caso de estudio a nivel global. O que fuimos el primer país del continente en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, motivando una ola de discusión en toda la región. No por nada el ex presidente estadounidense Bill Clinton remarcaba que Argentina muchas veces funciona como el barómetro político de la región. Nuestra capacidad de influir, marcar tendencias, generar movimientos, para bien y para mal, no es menor.
Hay que recordar todo esto cuando alguien, casi inevitablemente, pregunte: ¿Para qué le sirve a Argentina ser anfitrión del G20? o ¿que sacó Argentina del G20? Hay una respuesta obvia: ser parte y, más aun, anfitrión del G20 pone a un país en la mesa donde se discuten y se deciden todos los grandes temas de la actualidad mundial, desde la seguridad y los acuerdos de comercio, hasta el empleo y la educación. La oportunidad de llevar nuestra agenda local a la vanguardia aprovechando la oportunidad es de enorme valor.
Pero, más profundamente, es un error pensar que Argentina debe sacar algo por ser anfitrión del G20. En sentido contrario, estamos en el G20 y somos anfitriones porque desde nuestro lugar somos también responsables del orden internacional donde a todos nos toca vivir y tenemos mucho para aportar. El desafío es simple, pero a la vez enorme: reconocer nuestras dificultades, pero también nuestras virtudes y nuestra responsabilidad. Estar a la altura, tanto desde lo discursivo como desde lo práctico, del país que tantos líderes globales creen que podemos ser, y del que nosotros mismos tantas veces dudamos.
El autor es director de Argentina 2030 en la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación.
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