Finalizó una etapa y comenzó otra nueva. Esta semana, dentro y fuera de la legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, muchos optaron por poner su energía en criticar la etapa que finalizaba. Tensas y tribuladas situaciones se han vivido desde que se presentó el proyecto de creación de la UniCABA, ya hace más de un año. Mucho se ha dicho, muchas voces han sido escuchadas, con todo tipo de argumentos y sin respetar condiciones mínimas de decoro y buen trato.

A diferencia de muchos de los actores interesados en este debate, yo opto por concentrarme en la etapa nueva que comienza, que desafía a caminar juntos, que ofrece la oportunidad de valernos como colectivo de nuevas herramientas públicas e instituciones educativas para proveerles mejor educación a los porteños. La etapa que comienza, con la aprobación de la nueva ley, traza ejes de trabajo que direccionan la intención de un gobierno de ofrecerle un mejor futuro a niños y niñas de su propia jurisdicción. Pero esa intensión y esa pretensión solo pueden alcanzarse si todos los actores educativos de la Ciudad son capaces de caminar juntos, de encontrarse y de escucharse, de aprender unos de otros y de reflexionar juntos, de medir y de progresar. La etapa nueva que comienza aún no está escrita, y debería llenar de entusiasmo y de esperanza adentrarse en ella, habitarla y ayudar a darle nueva luz.

La ley aprobada por la legislatura no es perfecta, claro está. ¿Acaso alguna ley lo es? Las leyes son diálogos colegiados de una época y coyuntura particular que, valiéndose de prácticas y acciones legadas, intentan establecer un nuevo diálogo con un futuro que siempre se presenta incierto, aunque lleno de posibilidades. Las leyes son un diálogo entre actores, instituciones y futuro, con todas las imperfecciones que ellos ofrecen. Las opiniones de los actores involucrados, los diseños de las instituciones educativas y la falta de precisión respecto del futuro, estos tres elementos, siempre ofrecen imperfección e imprecisión, y no hay ley que pueda suplir esas carencias. A pesar de ello y así y todo, la ley aprobada ofrece la oportunidad de crear una renovada plataforma de apoyo de gran utilidad en la nueva etapa que se inicia en la formación docente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Nunca antes en la historia de nuestro país el sistema educativo tuvo tantos datos que nos hablen de la mala calidad de los aprendizaje de nuestros niños y jóvenes. A pesar de los esfuerzos que todos los gobiernos han venido realizando en los últimos años, sea a través de la creación de nuevas y beneficiosas normativas, sea aumentando la inversión por alumno a niveles récord (que aun llegando al 6% del PBI como marca la ley es insuficiente) o bien modificando las currículas y la formación de los formadores, nuevos esfuerzos son necesarios. El funcionamiento del sistema educativo en su totalidad está siendo observado y auditado por una población y una opinión pública cada vez más informada y exigente, que espera ver en sus dirigentes políticos y educativos no tanto una puesta en escena mediática plagada de gritos y pancartas, sino más bien una acción colectiva inteligente, interesada principalmente en mejorar la calidad de los aprendizajes de nuestros alumnos. Nuevas ideas, abordajes, actores e instituciones son necesarias, hoy más que nunca.

Frente a este desafío, y mientras los ojos de toda la comunidad están depositados sobre nuestros alumnos y sus aprendizajes, sobre nuestras políticas y nuestras instituciones educativas, es pertinente recordar la máxima que supone que no existe un sistema educativo que tenga aprendizajes agregados de calidad superiores al nivel, riqueza y jerarquía de sus docentes y maestros. La Ciudad arrastra, ya desde hace varios años, carencias sistémicas en sus planteles docentes, tanto en cantidad como en calidad. En la actualidad las escuelas públicas de la Ciudad no poseen todos los docentes que requieren, y no todos los docentes poseen la formación que reclama la construcción de ciudadanos del siglo XXI, y ello condiciona la calidad de los aprendizajes de los niños. Lo que se hace hoy, para bien o para mal, no alcanza, es insuficiente e incompleto. Y no actuar frente a ello es poner en riesgo no solamente la posibilidad de que esos jóvenes se integren con naturalidad a la vida adulta y productiva, sino principalmente a la propia convivencia pacífica futura de los porteños. Si la Ciudad no posee todos los docentes que demanda el sistema educativo, y ellos no poseen la formación que la época impone, entonces todos los otros esfuerzos que se hagan en el área serán insuficientes.

Sin necesidad de sentirse revolucionarios, los actores políticos y educativos de la Ciudad están llamados a (tienen la gran oportunidad de) iniciar, a partir de esta nueva ley, un camino que transforme y revolucione a la formación docente. En este escenario de carencias y faltantes, y frente a tanta evidencia que los interpela como dirigentes políticos, la formación de docentes y maestros está llamada a ocupar el centro del escenario en ese territorio. Y que resuene con fuerza esta afirmación: ¡Todos son necesarios! ¡Se necesitan a todos los actores! Nadie puede darse el lujo, en este contexto, de prescindir de ningún profesional de la educación que sienta que está en condiciones de ser un actor protagónico en esta nueva etapa, en este recorrido novedoso que ahora se inicia. Pero es necesario dirigir con inteligencia colectiva, generosidad y entrega los esfuerzos de todos y cada uno, aplicándolos en donde mejor redunden en el fortalecimiento de las capacidades institucionales del sistema educativo local, garantizando que los recursos de los porteños sean utilizados con racionalidad y en beneficio de los más jóvenes y de los más necesitados. Sin ser revolucionarios, los que hasta ahora se gritaron y desoyeron deben generar las condiciones para que la revolución ocurra. Y ello solo será posible si caminan juntos, si aprenden los unos de los otros, y si hacen de sus leyes, sus instituciones y sus prácticas educativas docentes un modelo de diálogo abierto, interactivo y adecuadamente dirigido.

Jamás hay que arrepentirse por impulsar nuevos diálogos, nuevas instituciones, nuevos debates, nuevas alianzas, nuevos procesos políticos, aunque se lo haga con torpeza. Aquello iniciado ya hace más de un año y materializado en el recinto de la legislatura con la aprobación de la ley de creación de la UniCABA no impone, sino que invita. Crear es un proceso que genera dudas, que desestabiliza las tradiciones, que inquieta la sensibilidad tanto de protagonistas del campo alcanzado como de observadores y expertos. Pero crear, a su vez, abre nuestros diálogos, habilita nuevas interrelaciones, echa luz sobre nuevos actores y evidencias. Crear anima prácticas osadas y permite descubrir nuevos trayectos y recorridos inexplorados. Al crear tomamos riesgos, a sabiendas de que lo que estamos por descubrir y acordar es más importante y trascendente que aquello que hemos decidido cambiar, o al menos desafiar. No es conservador quien no cambia, sino quien se aferra ciegamente a aquello que conoce, y no se anima a actuar cuando las evidencias lo invitan a un nuevo proceder.

Todos los involucrados en este debate, en ambas etapas, posee una gran responsabilidad: administrar con prudencia, pericia y decoro instituciones que son de los porteños, y no de sus circunstanciales directivos o funcionarios. La legislatura porteña es de los porteños, las escuelas de gestión estatal son de los porteños, los institutos de formación docente son de los porteños y la naciente UniCABA también es de los porteños. Nunca, nunca se debe confundir el principio de la autonomía con el de la propiedad de los bienes, cargos e instituciones que los vecinos y votantes confían circunstancialmente a algunas personas. Si entendemos con claridad este principio, entonces habitar la etapa que comienza es posible, y hacerlo juntos es una enorme oportunidad.

El autor es presidente de la Asociación Civil Educación 137.