Que los extremos se parecen es algo que aprendimos de nuestros padres y abuelos, entre los primeros palotes y las tablas de multiplicar. La política argenta, siempre tan sorprendente, nos está ofreciendo una comprobación práctica de esa antigua verdad mediante el surgimiento del liberalotismo trotskista, o trotskismo liberal. Doce años de robo desde el Estado los han convencido de la inutilidad del Estado; doce años de suba irracional de impuestos los han cementado en la idea de la ilegitimidad de todo impuesto y doce años de políticas autoritarias y estúpidas los han llevado a concluir que la política es un mal. Acción y reacción newtonianas aplicadas a un terreno inapropiado e inverosímil. Candidaturas insólitas que mezclan el agua y el aceite. Ignorancia de las raíces políticas que constituyen la esencia del liberalismo. Reduccionismo extremo. Intolerancia radical.

En un escenario político en el cual la única diferencia entre el kirchnerismo y el trotskismo es que unos mencionan a Marx y Trotsky, y los otros a Néstor y Cristina, el liberalotismo argento se empeña en presentar una visión al revés de los mismos argumentos, como en el negativo de un film. Su tesis central, la de que como el gasto fiscal y la carga impositiva han bajado muy poco Cristina y Macri —el kirchnerismo y Cambiemos— son, esencialmente, lo mismo ("kirchnerismo de buenos modales", según la expresión canónica de un conocido economista), repite la visión economicista del marxismo vulgar. Según la clásica expresión de Lenin: "La política es economía concentrada". Si para la vulgata marxista lo único que contaba era la propiedad de los medios de producción, para el liberalismo vulgar, o liberalotismo, lo único que cuenta es el gasto fiscal y la carga impositiva. El resto es "modales".

Lástima grande que los "malos modales" del kirchnerismo hayan incluido una agresión directa a todos los principios que desde Locke y Kant hasta Popper y Berlin (pasando por Aron, Russell, Dahrendorf, y…) constituyen el núcleo duro de los valores liberales, como la libertad de prensa, la autonomía individual, el Estado de derecho, la independencia de poderes, la transparencia en el manejo de los recursos públicos y el funcionamiento republicano de las instituciones. Lástima grande que los malos modales K hayan causado los muertos de Once y La Plata, la muerte de un fiscal, la subordinación del Congreso y la Justicia al capricho de dos delirantes, la persecución y amenaza permanente al periodismo independiente y los políticos opositores, y la impunidad completa para saquear al país; esos "detalles". Son lo mismo, dirá el liberalote argento, aplicando la misma irresponsabilidad suicida con que la Izquierda bolchevique acusó de "ser lo mismo que el nazismo" a la socialdemocracia alemana poco antes del final de la República de Weimar.

Nada. Ni la Historia ni la política forman parte de las preocupaciones de este marxismo invertido e ignorante para el cual lo que cuenta es el veredicto de las planillas de Excel. Gente que cree que el liberalismo se reduce a Adam Smith e imagina que Alberdi fue un economista privatista. Pero Alberdi fue un pensador extraordinario cuya preocupación central era la política, entendida como construcción institucional (Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina) y como paz mundial (El crimen de la guerra). Este desprecio liberalote por la política, percibida siempre como mero gasto improductivo, y ese odio militante por su máxima expresión: el Congreso, identificado por otro gran liberal, Tocqueville, como "el corazón palpitante de la democracia", concuerda perfectamente con la actitud troscokirchnerista de apelar a los piedrazos y al levantamiento de sesiones cuando no se tienen los votos. Sé gual.

Así es que después de torturarnos durante una década con Por qué fracasan los países, de Acemoglu y Robinson, cuya tesis central es que la calidad de las instituciones políticas es la clave del desarrollo, el liberalote marxistoide argento se descuelga ahora con lo de los modales. "Solo el sector privado genera riqueza", afirma cada vez que menciona al Estado, cuyo componente decisivo son las instituciones. "Agarrá la pala", es el grito de guerra antipolítico y antiparlamentario que esgrimen en las redes. Resuenan en ambos ese desprecio por el trabajo intelectual y la toma de decisiones que caracteriza al peor marxismo, para quien solo el proletario con su sudor genera valor, mientras que todo lo demás es robo. Plusvalía, como lo llaman los troskos. "Con mis impuestos, ¡no!", según la consigna liberalota, que incluye no solo los muchos aspectos en los que la política argentina malgasta recursos sino también los gastos que inevitablemente supone el financiamiento de una democracia liberal representativa.

Para el liberalote, la toma de decisiones en el terreno de la economía empresarial es un asunto serio. Por eso aconseja gastar todos los recursos necesarios para asegurarse que los mejores managers formen parte del consejo directivo de las empresas que asesoran. Tanto, que proponen subir los salarios ya infinitos de los CEO y ofrecerles todo tipo de benefits. Tanto, que viven principalmente de eso; como consultores, head hunters y consejeros del príncipe privado. Todo se invierte, notablemente, cuando se trata de la toma de decisiones en el campo de la política y las políticas económicas. Aquí, la existencia de legisladores y asesores les parece redundante, inútil. Con un buen ministro de Economía, basta. Como si la complejidad de decidir el destino de sociedades crecientemente complejas, interconectadas al mundo y barridas por los vientos de la globalización tecnoeconómica como la argentina fuera más sencilla que el de una empresa. Y como si la toma de decisiones políticas no fuera el factor determinante del desarrollo de un país —como sostenía Acemoglu y demuestra acabadamente la Historia de la decadencia argentina— sino un mero gasto a ser reducido.

Sin darse cuenta, el liberalote argento reproduce en sus propios términos la tesis central del populismo: la idea de la existencia de un pueblo inocente esquilmado por una elite indigna. El rol parasitario que para el trotskista desempeña la burguesía es retomado en el ideario libertario por la clase política. Sin distinción, desde luego, entre quienes saquearon y quienes denunciaron el saqueo, entre quienes usan la política como un trampolín al poder y la riqueza y quienes, con errores y aciertos, se toman en serio su trabajo de representantes de los ciudadanos. "Son todos iguales, parásitos", dirá el troskoliberalote con el mismo desprecio por todo y por todos por el cual al trotskismo le parecen iguales los que aprobaron el pacto de impunidad con Irán y los que denunciaron el crimen de Alberto Nisman desde el primer momento, bajo repudios y amenazas.

El mismo delirio que llevó a los stalinistas a proclamar que el desarrollo industrial de la Unión Soviética dejaría atrás los momentáneos problemitas del comunismo con las libertades individuales, lleva hoy al liberalote a creer que lo esencial es un ministro de Economía de la escuela austríaca, y todo lo demás nos será dado. Por eso adhiere a sujetos militantemente antiliberales como Donald Trump o Jair Bolsonaro, cuyos discursos contradicen todos los principios defendidos por el liberalismo durante los últimos siglos y cuyas prácticas desinstitucionalizantes deberían escandalizar a todos los liberales. No es nuevo, en este país. Similares concepciones economicistas han llevado al liberalotismo argento a ser el proveedor permanente de ministros de economía de las dictaduras y del peronismo, con resultados antiliberales tanto en la economía como en la política que sobra mencionar. El "liberalismo" argento se revela aquí, y en su frecuente clericalismo y conservadurismo social, como lo que siempre ha sido hasta ahora: una secta conservadora y anti-modernizante que desprecia a las principales fuerzas políticas progresistas, el liberalismo y la socialdemocracia.

No lo digo yo. Basta ver qué dice el liberalismo en los países que los liberalotes admiran. En Estados Unidos, son "liberals" los demócratas, no los republicanos, ni mucho menos alguien como Trump. En la Unión Europea, el liberalismo hace frente común con la socialdemocracia para defender la integración regional y la democracia liberal. Véase, por ejemplo, el reciente artículo "La hora del contraataque liberal" de Guy Verhofstadt (ex primer ministro belga, parlamentario europeo y líder de la Alianza Liberal-Demócrata) y el economista liberal español Luis Garicano, en el que llaman a los ciudadanos a defender la Unión Europea participando activamente en las próximas elecciones europeas, se alarman por el resurgimiento de los nacionalismos, identifican como enemigos del liberalismo a Viktor Orban y Vladimir Putin, proponen ampliar los derechos LGBTI, y llaman a regular y defender la inmigración y a "cumplir el sueño de Churchill de una ciudadanía regional colectiva". Por decir la mitad de todo esto he sido acusado de "zurdo", "comunista" y "masón" por los muchachos del cisne y la viborita de Twitter.

Verhofstadt y Garicano no están solos. El mismo presidente de la Internacional Liberal, Juli Minoves, acaba de declarar: "El discurso misógino, sexista, homofóbico y a favor de los regímenes militares de Bolsonaro provoca la repulsión clara y directa de los liberales del mundo"; y luego: "Los liberales somos integrales en lo económico y lo político… Por eso nos preocupa mucho Bolsonaro… lo que presenta no se distingue de lo que dice China: hay que restringir los derechos de las personas para alimentar el crecimiento económico". Es el programa del liberalismo trotskista que supimos conseguir, esa curiosidad argenta para la que la integración regional es comunismo disfrazado; las cuestiones LGBTI y el aborto, una maniobra masónica contra la familia; los derechos humanos, un invento de Hebe de Bonafini, y las libertades individuales, una cuestión de modales.