
El viernes un fiscal de Neuquén consideró que tirar piedras no es delito en tanto no se verifique un daño.
En España tirar piedras es un delito que se pena con hasta seis años de prisión; en Israel con veinte. En Argentina un fiscal considera que no es delito.
Se trata de un capítulo más del éxito que ha tenido el repiqueteo gramsciano en el país desde hace ya muchas décadas.
Ese esfuerzo consistió en cambiar el sentido común medio de la sociedad de modo que ésta empezara a reaccionar desde lo mas profundo de sus entrañas de un modo diferente a como lo había estado haciendo hasta los momentos anteriores al éxito gramsciano.
La sociedad -los individuos- ni siquiera sabe por qué reacciona como reacciona. Eso es el sentido común: algo que como una segunda naturaleza nos empuja a resolver disyuntivas en un determinado sentido sin saber por qué, sino simplemente porque "las cosas son así".
Cambiar esa "segunda naturaleza" ha sido el objetivo final del marxismo gramsciano; lograr que "sin saber por qué" la sociedad -y los individuos- empiecen a resolver disyuntivas de un modo diferentes a como lo hacían antes.
No hay dudas de que décadas atrás ningún fiscal hubiera siquiera dudado en calificar como delito el tirar piedras.
No solo por las consecuencias preterintencionales de la acción sino por la propia conducta en sí ¿qué clase de comportamiento gregario y social es salir a la calle a tirar piedras?, ¿qué se supone que estoy haciendo tirando piedras? y, sobre todo, ¿qué se supone que pretendo hacer tirando piedras?
La visualización de la imagen es tan obvia que ni siquiera valdría la pena perder demasiado tiempo en explicarlo. Es más, muchas veces, lo más difícil de hacer es explicar lo obvio, porque, una vez mas -de acuerdo al sentido común- las cosas son así, porque deben ser así: tirar piedras es un delito porque está mal.
Llegar a la convicción contraria, es decir, que tirar piedras no sea delito, implica un retorcimiento de tal magnitud del sentido común que, en rigor de verdad, uno no puede hacer otra cosa más que asombrarse por el avance exitoso que esta corriente ha tenido entre nosotros.
Y de este modo se ha replicado en cientos de rincones de la vida pública y social argentina, hasta convencernos que lo privado es malo y lo estatal bueno; que lo colectivo es bueno y lo individual malo; que los delincuentes son víctimas y no victimarios; que las garantías constitucionales significan que cualquiera puede hacer cualquier cosa; que los ciudadanos son rasos (y que está bien que los sean) y que los funcionarios son privilegiados (y que está bien que lo sean); que la viveza es mejor que la inteligencia y que la prepotencia se impone sobre el Derecho.
Tan dados vuelta están nuestros valores que ya hemos perdido toda brújula respecto de donde está el bien y donde el mal. Eso que antes distinguíamos sin esfuerzo porque fue lo que nuestros mayores nos enseñaron tanto en casa como en el colegio, hoy está completamente trastocado a tal punto que los que aun conservamos el viejo sentido común sentimos vergüenza por expresarlo y vergüenza por resolver disyuntivas de acuerdo a su criterio.
El dictamen del fiscal de Neuquén se inscribe en esta pirámide invertida en que se ha convertido la personalidad nacional, de a poco, en los últimos 70 años.
Como la fábula de la rana hervida nos han incendiado nuestros valores sin que nos diéramos cuenta y de pronto todos nos hallamos con un nuevo molde mental en donde el populismo, el autoritarismo y el socialismo encuentran cimientos profundos en donde hacerse fuertes.
En el caso argentino, no hay dudas de que el repiqueteo peronista -infiltrado por el entrismo trotskista- fue la punta de lanza de este proceso gramsciano. Copó la Academia, la Justicia, la escuela, las artes, la cultura, la prensa… No dejó ninguna usina cultural, por pequeña que fuese, fuera del gas hipnotizante del "nuevo orden", tal como justamente lo definiera su genial estratega arquitecto, Antonio Gramsci.
Hoy el populismo en materia judicial, económica, social, educativa nos ha invadido hasta el tuétano y se ha formado una atmósfera generalizada que nos lleva inconscientemente a tomar decisiones individuales y colectivas en función del miedo que supone enfrentar la nueva VERDAD instalada.
Lo único positivo de esto es saber que el cambio del sentido común medio social es posible. Lleva mucho trabajo, pero es posible. De modo tal que si ellos pudieron hacerlo, nosotros también podemos hacerlo.
Lo negativo es verificar que el odio suele ser el motor más poderoso de una empresa y nosotros, los que aun respondemos al sentido común viejo, no odiamos. El odio fue el gran aliado del socialismo, del populismo y del autoritarismo. La libertad y la bondad no pueden tener como aliado al odio y eso -paradójicamente- les hace perder una enorme potencia al motor del bien.
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