En los últimos años, el Estado mantuvo un gasto elevadísimo que no se pudo cubrir ni siquiera con altísimos impuestos. Si bien el Gobierno logró reducirlo unos 4 puntos del PIB, el déficit fiscal continuó siendo muy elevado, tan elevado que el pequeño mercado financiero local de pesos no podía financiarlo. Por lo tanto, se recurrió al mercado internacional. Las colocaciones de deuda externa permitieron financiar el déficit fiscal, pero también provocaron un incremento en la oferta de dólares y un fuerte déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, que llegó a ser superior al 5% del PIB. Cuando este año se cortó el financiamiento de los mercados internacionales, el déficit en cuenta corriente dejó de ser sostenible y comenzó un proceso de rebalanceo. La suba de tasas de interés y la devaluación del tipo de cambio son un reflejo de este ajuste que se lo suele llamar crisis en la balanza de pagos. En teoría, el tipo de cambio que se alcanzó en estos días debería ser suficiente como para equilibrar la cuenta corriente de la balanza de pagos. Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer hasta que se pueda estabilizar el tipo de cambio y la volatilidad en el mercado local.

La balanza de pagos representa todos los flujos de la oferta y la demanda de divisas de la economía. La oferta de divisas suele estar dado por las exportaciones de bienes y servicios y el crédito del exterior, mientras que la demanda son las importaciones, los pagos de intereses y el ahorro externo que hacen los argentinos, como por ejemplo la compra de dólares para guardar debajo del colchón. En 2017, por ejemplo, parte importante de la oferta de dólares vino dada por la toma de deuda del sector público. Este mayor ahorro externo dirigido hacia la Argentina permitió bajar las tasas de interés y abastecer la demanda local de dólares, ya sea para importar, para el turismo o simplemente para el ahorro de los argentinos.

Sin embargo, este año el contexto internacional de súper liquidez comenzó a desaparecer, los fondos comenzaron a salir de los países emergentes y Argentina se encontró con que era una economía muy vulnerable ante estos cambios en los mercados, porque gran parte del financiamiento del gasto agregado provenía de deuda externa. Ante la fuerte reducción del flujo de crédito externo, el tipo de cambio se devaluó, el riesgo país se disparó y lo mismo sucedió con las tasas de interés.

Pero este proceso no puede durar por siempre. Tarde o temprano, la suba del dólar y la contracción de la economía permitirán ajustar el déficit de la cuenta corriente vía más exportaciones y menos importaciones. La fuga de fondos también se reducirá por el simple hecho de que se necesitará más pesos para comprar los mismos dólares. O sea, que hay un tipo de cambio que equilibra –a un gran costo- la balanza de pagos y, según estimamos, ese tipo de cambio real podría ser muy cercano al actual.

Pero eso no significa que con alcanzar dicho tipo de cambio, instantáneamente, el dólar deje de subir y todo se solucione. En primer lugar, la suba del dólar puede acelerar la inflación, lo cual requerirá ajustes adicionales del tipo de cambio. Por otro lado, los exportadores o aquellos que pueden salir a exportar deben atravesar un período de readaptación como conseguir clientes afuera del país o atravesar un ciclo biológico (como el agro) para efectivamente sacar provecho del tipo de cambio más alto. Por otra parte, la recesión también juega un papel en el ajuste de las importaciones y eso se tiene que materializar.

Por ello si bien estamos alcanzando un tipo de cambio real más alto, consistente, con un mayor equilibrio en la balanza de pagos, aún queda un camino largo y tortuoso antes de que se pueda estabilizar la economía.

El autor es director del Centro de Estudios de OJF & Asociados