
La palabra vale mucho. Siendo el modo de comunicación por excelencia, ella nos define frente a los otros. Quien nos lee o nos oye decir, conoce quiénes somos, cómo pensamos y qué nos proponemos.
En la vida cotidiana la palabra tiene importancia. Pero en la política, su trascendencia es mucho mayor aún. Ella siempre transmite un compromiso público que la ciudadanía pondera. Es, al fin y al cabo, el mecanismo que consolida el acuerdo entre el político y sus representados. Dada la palabra, sólo se espera el cumplimiento de lo que ella expresa.
La sabiduría popular ha acuñado un refrán que reza que "el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras". Allí se expresa cabalmente cuánto nos condicionan las palabras; cuánto pesa en aquellos a quienes van dirigidas.
Aún así, parece ser que Macri no pondera a la palabra de ese modo. Es evidente que la pronuncia con una liviandad que por momentos la convierte en dichos banales. Hemos visto a lo largo de cada campaña electoral y también en diferentes declaraciones hechas en su condición de Presidente, con qué ligereza afirma cuestiones que después jamás se corroboran. El "segundo semestre de crecimiento", "la lluvia de inversiones" o "el fin de la inflación" son sólo pocos ejemplos de las muchas palabras que Macri ha pronunciado sin ningún otro sustento que su voluntad.
¿Por qué Macri trata así a su palabra? Porque no la visualiza como lo que es: un modo de comunicación a través del cual se asumen compromisos. Para él es sólo un recurso mediático que puede ayudar, según sea necesario, para contener o promover expectativas.
Seguramente con esa lógica Macri afrontó la conferencia de prensa que ha dado esta semana. Alguien le debe haber recomendado "hablar" para torcer el rumbo de las expectativas sociales que desde hace varios meses han ingresado en un andarivel que conduce al malestar y al enojo. Habló mucho y dijo poco. Y lo que es peor, es que lo poco que dijo solo ha servido para profundizar el malestar.
No supo explicar por qué razón su fuerza política lavó más de $70 millones en la última campaña electoral realizada en la Provincia de Buenos Aires. Avaló con evasivas aquél comentario de Elisa Carrió que decía que el Presidente había promovido el tratamiento de la legalización del aborto seguro de que en el Congreso no se formarían mayorías para aprobarlo.
Justificó el tamaño de la crisis económica recurriendo a las "condiciones externas", sin explicar adecuadamente qué resultado depararon las políticas que hasta aquí ha aplicado. Y como si todo ello no hubiera bastado, se animó a anunciar que la inflación del año entrante se reducirá en por lo menos diez puntos.
Los más consecuentes con el oficialismo distinguieron en esa conferencia un gesto democrático. Vieron muy auspicioso que el Presidente se sometiera al interrogatorio periodístico sin limitaciones. Pero aunque eso sea cierto, quienes aún mantienen un mínimo de espíritu crítico, han observado que la pobreza de las respuestas solo ha servido para aumentar la intranquilidad y el desconcierto que se buscaba apaciguar.
En comunicación política hay una regla de oro que enseña que cuando uno no tiene nada para decir es mejor que estar callado. Se entiende que cuando uno afronta momentos turbulentos, es necesario protegerse en la mesura del silencio. De ese modo, se disipa el riesgo de hablar y comprometerse o de revolver la turbulencia y extremar la intranquilidad social.
Macri no ha observado esa regla. Convencido de que la política es en esencia comunicación y marketing, cree que los hechos no son como son si no como se muestran. Así piensa que ante la crisis, un discurso esperanzador puede ser suficiente para revertirla.
Esa lógica impera en todo el gobierno macrista. La semana pasada, empezando por el Jefe de Gabinete, todos los funcionarios afirmaron al unísono que "la tormenta ya había pasado". Lo hicieron convencidos de que un discurso homogéneo y persistente bastaría para revertir los efectos causados por sus políticas erradas.
Pero no es así. Una mala política solo se revierte con una buena política. Si la política es buena, una buena comunicación ayuda a potenciar la adhesión a ella. Pero ante una mala política no hay buena comunicación que sea capaz de revertirla.
Como Macri no tenía nada para decir en la conferencia, en ella solo logró transmitir intranquilidad. Se lo vio inseguro y dubitativo. Buscó escaparse con evasivas ante las preguntas más inquisidoras. Lo único que claramente reafirmó es que seguirá adelante con las políticas que ha venido aplicando y que han determinado este difícil presente.
Y es allí donde sus palabras más preocupación generaron. Macri piensa sacarnos de esta crisis haciendo exactamente lo mismo que la ha determinado. Parece no conocer que, como bien decía Einstein, la mayor muestra de locura consiste en hacer siempre lo mismo y esperar que ocurran otros resultados.
Argentina enfrenta un momento económico muy complejo. Empieza a transitar el muy duro camino de la recesión por donde también circulan la desocupación y la pobreza. Ese es un escenario ideal para que el malestar social aumente. Todo ello sucede en un clima político convulsionado por la debilidad que el oficialismo expresa en el parlamento argentino.
¿De qué sirve hablar en semejante contexto? Definitivamente de nada cuando lo que se dice solo sirve para confirmarlo.
A esta altura Macri debería revisar las políticas que promueve, máxime cuando la salida que siempre utilizó de recurrir al crédito internacional ya se manifiesta claramente insuficiente. Debería hacerlo no solo para mejorar la suerte de su gobierno, si no también para evitar que la Argentina termine naufragando una vez más.
En ello debería concentrar su esfuerzo. Ya es obvio que no tiene mucho sentido que quiera imponer un discurso optimista ante un cuadro tan complejo. A esta altura debería entender que después de anunciar tantas veces un "futuro venturoso" que nunca ha llegado, su palabra pesa muy poco. Casi no pesa nada.
Esa es la consecuencia de haber malversado su discurso. Porque como ocurre con la moneda, la palabra también se devalúa.
El autor fue jefe de Gabinete de la Nación (2003-2008).
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