Donald Trump tiene la patológica necesidad de que lo obedezcan. Les suele ocurrir a los machos alfa. En Alemania criticó a Ángela Merkel porque pactó con Rusia la creación de un gasoducto directo mientras Estados Unidos protege al país de una guerra con Moscú. No entendió las razones de Merkel. El suministro de energía ruso también era un escudo contra la guerra. ¿Qué sentido tenía para Moscú liquidar su primera fuente de ingresos en divisas o pelearse con ella?

En el Reino Unido, Trump regañó a Theresa May, la primera ministra conservadora. Le reprochó que hubiera ignorado su consejo de cómo manejar el Brexit y la amenazó con enterrar el prometido trato comercial preferencial con Estados Unidos. De paso, recomendó al exministro Boris Johnson, un tipo duro, como primer ministro. Ya se sabe que Trump carece de simpatías por la Unión Europea. Si por él fuera, disolvería ese organismo de inmediato. Cuando, sorpresivamente, el Reino Unido votó por separarse del organismo, lo celebró invitando a Nigel Farage a la Casa Blanca, el mayor defensor del Brexit en su país.

Trump tampoco está a gusto con la organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Les pidió a los países miembros de la institución que aporten un 4% del PIB a la defensa. El doble de lo previamente pactado. Ese porcentaje es mayor que el que Estados Unidos le dedica a ese rubro (3,5%). Con esa exacción destruirá la OTAN. Es lo que quiere. Utilizará el incumplimiento como coartada para salirse. Trump, evidentemente, está preparando las condiciones para hacer las maletas. Abandonará la OTAN como hizo con el Tratado de Asociación Transpacífico y acaso lo haga con el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá.

En su viaje a Europa utilizó un argumento nazi para descalificar a la inmigración. No se oponía a ella porque fuera ilegal, sino porque desvirtuaba la identidad europea. Ese fue el pretexto de Hitler para asesinar a millones de judíos y a decenas de miles de gitanos. Desvirtuaban la esencia cristiana y blanca de Alemania. Mientras Trump disparaba sus misiles racistas, el Parlamento francés aprobaba una medida contraria: eliminaba la raza de la descripción de sus nativos. Y eso está muy bien: solo hay que contemplar el equipo francés en el campeonato mundial de fútbol. Está lleno de afrofranceses.

Pero hay más: muchos expertos piensan que ese comportamiento inusual y grosero en un presidente tiene un origen electoral. Ese es el caso de Ana Navarro, analista y estratega republicana, lo que no le impide oponerse a Trump, y de Eduardo Gamarra, politólogo, profesor de Florida International University: Trump les está hablando a sus simpatizantes norteamericanos. Está en campaña. En un reciente sondeo floridano el 38% de los encuestados opinó que los inmigrantes hispanos no habían sido positivos para el Estado, solo un 28% dijo lo opuesto. El resto, hasta llegar al 100%, no podía emitir una opinión.

Por otra parte, Trump es absolutamente coherente con sus promesas de campaña y con sus creencias. Para un nacionalista contrario a la globalización, la OTAN, la Unión Europea, los tratados de libre comercio y el comercio libre carecen de sentido. Siente que los aliados explotan a Estados Unidos. Le parece que su nación no tiene por qué estar defendiendo a países ricos como Alemania o Inglaterra. Abomina de la ayuda exterior que el país otorga. Y no está solo en esa postura. Un porcentaje grande de la sociedad norteamericana cree lo mismo. Hasta la víspera del ataque a Pearl Harbor la mayoría de la población prefería ser neutral y no participar en el horrendo matadero de la Segunda Guerra mundial. Incluso, millones de norteamericanos simpatizaban con Alemania.

Franklin D. Roosevelt consiguió imponer un punto de vista diferente. Estados Unidos no podía continuar protegiéndose de los conflictos mediante el aislamiento. Fue lo que George Washington les había recomendado a sus compatriotas en su discurso de despedida. Honest George estaba equivocado. Hablaba a fines del siglo XVIII para una comunidad de cuatro millones de estadounidenses que no soñaban con la existencia de la aviación. Esa actitud no le había servido a Woodrow Wilson durante la Primera Guerra. A sangre y fuego los submarinos alemanes arrastraron a Estados Unidos a la guerra del 14. Tampoco le había servido a él, a Roosevelt, como descubrió el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses pulverizaron una base naval en Hawaii.

Fue en ese punto en el que Estados Unidos, ante la imposibilidad de ignorar al resto de los actores internacionales, decidió encabezar a los aliados naturales del país. Fue entonces cuando surgió la noción del mundo libre (a veces inexacta). La idea era crear pactos defensivos que sirvieran para contener a los enemigos. El punto de partida era evitar el descalabro financiero de las naciones, porque ese era uno de los gérmenes de las guerras. Antes de que se desatara la Guerra Fría, la Conferencia de Breton Woods fue el primer paso. Ahí se echaron las bases del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y del dólar como moneda planetaria.

A partir de 1945 comenzó la Guerra Fría. Ya estaba Harry Truman en la presidencia y continuó la estrategia de Roosevelt. Estados Unidos coordinó la defensa militar y diplomática con la OTAN, el Plan Marshall, la Organización de Estados Americanos (OEA), la ONU, el TIAR y el resto de los instrumentos de combate. Le costaba mucho dinero al país, pero le hubiera costado considerablemente más otra guerra mundial. Hoy ese aparato le cuesta el 3,5% del PIB. Durante la Segunda Guerra llegó a costarle el cincuenta por ciento. No era una cuestión de bondad, y ni siquiera de un compromiso idealista con la libertad. El propósito último era evitar otra devastación planetaria que inevitablemente afectaría a Estados Unidos.

Truman y otros 11 presidentes, republicanos y demócratas, han mantenido el razonamiento de Roosevelt. Donald Trump es el que ha roto esa estrategia. Probablemente dentro de unos años veremos las terribles consecuencias de su política.