Como es de público conocimiento, este Gobierno viene a los tumbos en los temas medulares desde hace casi tres años. Puedo sintetizar que estos asuntos se refieren al gasto público elefantiásico, las regulaciones asfixiantes, impuestos insoportables, déficit total creciente, deuda estatal galopante y desbarajuste monetario y cambiario.
Este último tema puede estar en vías de solución. Por el hecho de repetir que la inflación monetaria hace estragos y que la pagan con especial contundencia los más débiles no cambia la validez de la afirmación que debe ser reiterada.
Como tantas veces he escrito, el problema radica en la misma existencia de la banca central, puesto que, aun con los funcionarios más probos y honestos, solo pueden decidir entre tres caminos: a qué tasa expandir la base monetaria, a qué tasa contraerla o dejarla inalterada. Cualquiera de los tres caminos alteran los precios relativos: serán distintos respecto a lo que hubieran sido de no haber mediado la intervención de la llamada autoridad monetaria. Si se supone que los funcionarios colocaran la base monetaria en los mismos niveles que la gente hubiera preferido, no tiene sentido la intervención para hacer lo mismo con ahorros de gastos administrativos y, además, el único modo de saber qué quiere la gente es dejarla actuar.
Y debe destacarse que el sistema de precios constituye la única forma de establecer señales para los operadores económicos al efecto de conocer dónde es más eficiente asignar los siempre escasos recursos. Desfigurar las señales deteriora la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general. Para resumir, la inflación genera pobreza.
La primara vez que escribí un ensayo extenso sobre la materia fue para el congreso anual de la Mont Pelerin Society, en Sydney, en agosto de 1986, titulado "¿Autoridad monetaria, regla monetaria o moneda de mercado?", ensayo que también presenté el mismo año en la reunión anual, en Mendoza, de la Asociación Argentina de Economía Política, que se publicó en sus anales. Por otra parte, mi discurso de incorporación a la Academia Nacional de Ciencias Económicos también versó sobre el mismo asunto: "Dolarización, banca central y curso forzoso".
De eso se trata ahora, según una noticia esperanzadora publicada por Infobae que alude a un contacto entre el actual gobierno y Steve Hanke, destacado profesor en Johns Hopkins University a quien conocí en los noventa, primero en México y luego en Buenos Aires. En aquellas oportunidades tuvimos muchas coincidencias y también mantuvimos algunas discusiones sobre la mal llamada convertibilidad, debido a la implementación sin reducir el gasto público, en un contexto de creciente deuda estatal interna y externa (mal llamada porque en la literatura económica alude al intercambio entre moneda-mercancía y el correspondiente recibo representado por el billete bancario y no un billete de un color por otro de color diferente, más bien política monetaria pasiva con tipo fijo). De todos modos, fuera de cuestiones semánticas, continuamos con nuestra correspondencia con Hanke referida a otras cuestiones de gran interés económico-financiero.
Puede decirse que no es el momento ideal para dolarizar, puesto que el futuro del dólar presenta ciertos nubarrones, pero es una manera de zafar del embrollo en que estamos y, además, si se eliminara el curso forzoso, queda abierta la posibilidad de encarar otros caminos, sea con una canasta de monedas u otra variantes más sólidas, eliminando simultáneamente el sistema nefasto de reserva fraccional en los bancos.
Hay otras experiencias de dolarizar en nuestra región como Panamá y Ecuador, ambos países con problemas de distinta índole, pero por lo menos se sacaron de encima el cáncer inflacionario. El contrafáctico es importante: aquellos problemas se hubieran agudizado de no haber mediado la dolarización.
Es de esperar que por lo menos en este caso se muestre algo de imaginación y coraje para enfrentar un flagelo que amenaza con arrastrar todo si no estamos atentos. El profesor Hanke cuenta con sobradas antecedentes exitosos en asesoramiento de gobiernos. No dejemos pasar esta nueva oportunidad que, en su caso, será un primer paso para salir del atolladero.
El autor es Doctor en Economía y también es Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
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