Desde que se instaló en la sociedad la discusión acerca de la ley del aborto seguro, los que temen esta ley han instado a las mujeres, al público en general y a las pibas de imaginación luminosa y lucha activa, a ellas, como a las ninfas del mito de Perséfone, vibrantes y hermosas, a conocer el infierno en un tour religioso, animal y supersticioso.
Mientras ellas anudaban pañuelos verdes, se abrió una grieta y castigadas por su primavera de derechos, las raptaron y arrastraron a ese invierno donde viven anestesistas que juran practicar el aborto sin anestesia, mujeres marsupiales-perras-gatas. Allí vieron rituales con rondas y gritos rodeando un bebé de plástico. En ese infierno donde les gustaría encerrarlas, las señalaron al grito de "¡asesinas!", "genocidas sedientas de sangre", "¡atención, atención, aborteras, cuando aborten, ¿adónde van a velar el cadáver del bebe? ¿O lo tiran a la basura? Recuerden que el aborto lleva 30 minutos, pero Satanás, el diablo, las va atormentar toda la vida, al punto tal como que van a pensar en el suicidio".
Esas voces oscuras hablan una lengua distinta a las proclamas de las pibas, usan el diccionario de la tenebrosa fantasía del infierno. Quieren que caigan en la grieta de la culpa, que se abismen en ese espacio inmóvil donde nada cambia. Hay allí también cementerios de fetos, tráfico de cerebros de fetos y toda la maldad del mundo.
Para la mitología, Plutón gobernaba ese inframundo, dictaba sus inflexibles leyes y sus súbditos eran sombras ligeras que se movían rápido para exhibir ese reino infeliz ante los ojos transparentes de las mujeres jóvenes. Ellos mismos cavaban los hoyos para enterrar la sangre sacrificada. Sin embargo, el más temido de los dioses, el que se llevaba a las ninfas de pañuelos verdes a su inframundo, también fue el más justo, ya que a su reino llegaban todos, más tarde o más temprano, sin importar su clase o si tenían dinero.
Entonces, el más oscuro de los dioses gobernantes negoció, al darse cuenta de que si controlaba el mundo e imponía sus leyes, no habría más primavera y nada más podría florecer.
Abrió sus puertas en junio, el mes de su fiesta, y dejó que los pañuelos verdes siembren sus derechos y la sociedad crezca.
No creemos en ese infierno, solo hablamos de salud pública, de evitar muertes que ya ocurren, de los derechos sobre nuestro cuerpo y festejamos estar juntas en la lucha.
Ese infierno no es nuestro, es de los otros. Y resistiremos sin caer en esa grieta. Junio tiene que ser una fiesta en que se celebren los derechos de las mujeres.
La autora es escritora.
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