
Como todo fulano que transita por este mundo, vamos atesorando en nuestra biblioteca interior infinidad de sensaciones y sentimientos que una vez incorporados no se desechan sino que duermen hasta que algo o alguien, muchas veces sin quererlo, los remueve de ese estante y les vuelve a dar el fuego que otrora tuvo.
El fútbol, deporte que amo, ha sido un medio movilizador en mi trajinar con el cual he experimentado todo tipo de vivencias internas: alegría, tristeza, desazón, enojos, llanto, risas, y otras que ustedes quizás también vivieron en diferentes circunstancias. También las he vivido en otros vaivenes de la vida, pero ahora salió a flor de piel con este bello deporte.
En mi caso, la desaparición física de René Orlando Houseman ha revivido con fuerza, en todo mi ser, dos sentimientos que estuvieron candentes hace 45 años: la belleza y el dolor.
Una es una sensación de placer a la vista. El otro es una sensación de sufrimiento interno. Son opuestos que en mí han convivido y confluido en un mismo instante. Y he comprobado cuán potente es la belleza para menguar el dolor.
Aquel 6 de Mayo de 1973 mi cuerpo adolescente de 16 años estuvo presente en el viejo estadio de Arroyito para ver, como siempre, a mi querido Central en sus años dorados, en sus primeros logros.
Comencé a seguir a "Central", ese es su nombre y Rosario su ciudad, en 1969, justo en el comienzo de la era dorada que incluyó ser finalista del torneo Nacional 1970, ser el primer Campeón del interior del país en 1971, repitiendo luego en 1973. Esto lo marco, no para vanagloriarme de estos logros, sino para realzar aún más lo que a continuación voy a contarles.
Aquel día, como cada domingo de partido, me senté en los escalones de la tribuna oficial, ubicada en la segunda bandeja que da, aún hoy, sobre la calle Cordiviola. Una tarde soleada y muy agradable para practicar este bello deporte. Estaba todo dado para que, quien necesitare de estas condiciones, despliegue sus virtudes sin ataduras. Y vaya que hubo despliegue!!! Nunca imaginé que iba a ser testigo de una obra de arte que iba a despertar ambos sentimientos a la vez, y menos aún poder repetirlos toda una vida después.
Enfrente, un grupo de muchachos con sus camisetas blancas y un globo rojo bordado comenzaron a desgarrar mi pasión poco a poco. Cada estocada hería mi corazón. Pero a medida que transcurría la función sentía que me estaba curando, ese dolor iba desapareciendo dando lugar a una sensación de belleza que los fanáticos de hoy no comprenderían. Una sinfonía de perfección estaba ante mis ojos como nunca antes había visto y nunca hasta hoy.
Cómo sufrir si mi querido Central, con toda su grandeza del momento, estaba siendo parte indirecta de una demostración de belleza que ningún dolor podía penetrar!!!
Ver a ese pibe con sus medias bajas y el número 7 en la espalda, con pinceles en lugar de pies.
Ver a ese 11 con apellido de flor emanando aromas de fútbol.
Ver a ese 10 con cabellera rubia dando pie a cada instrumento.
Ver al 8 con su trajinar incansable para que cada nota suene afinada.
Ver al 9 recogiendo el fruto de aquellos con sus incansables piques.
No había visto espectáculo semejante desde aquel Brasil del mundial de México 70.
Mi dolor por la derrota menguaba….La belleza por lo que estaba presenciando, me empujó sin ganas de detenerme, a ponerme de pie en esa tribuna y comenzar a aplaudir al rival como lo hizo todo el estadio. Mis ojos derramaban lágrimas con dos sentimientos: dolor por mi Central y emoción por la belleza de lo que había presenciado. Los hinchas de mi equipo nos mirábamos unos a otros, todos de pie, como diciendo "veo que viste lo mismo que yo acabo de ver???!!!", y con ese consentimiento seguimos batiendo las palmas cada vez más fuerte.
Los once muchachos de camiseta blanca con un globito bordado en el corazón, levantaron sus brazos para saludar a los hinchas de su divisa, pero también lo hicieron con más emoción con nosotros, los hinchas rivales que les agradecían su función con semejante tributo. Debo ser sincero, desde aquel bello día no he visto en ningún estadio un gesto entre rivales como el vivido. Fue bueno haber tenido una fracción de protagonismo.
Ese 5 a 0 de Huracán siempre estuvo en mis recuerdos, y fue aún más grande porque mi Central vivía una época floreciente.
Ese día supe que el dolor de la derrota se mitiga con la belleza de un fútbol bien jugado.
Qué lindo fue haber aplaudido. Ese día me sentí más orgulloso ser de CENTRAL.
Ayer se fue "El Loco", ayer se fue René Orlando Houseman. Hoy siento que lo despedí aquel 6 de mayo de 1973 con mi aplauso que sirvió de agradecimiento por la belleza de ese partido y por los partidos que vinieron. Si hasta el destino quiso que en el Mundial 78 su único gol del campeonato lo convirtiera en el Gigante de Arroyito, y también estuve allí esta vez para gritar su gol con todas mis fuerzas, como no lo podía ni debía hacer aquella tarde.
Hoy, con mis cifras de años invertidas, nuevamente me pongo de pie para aplaudir tu última jugada René, la mejor de todas, porque aun este dolor de tu partida es mitigado por la belleza de tu gambeta.
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