Desde el regreso de la democracia en la Argentina, el ámbito académico nacional centrado en el estudio de las relaciones internacionales y la política exterior ha acuñado términos o etiquetas para tratar de graficar cada una de las etapas y aun cambios que se dieron en momentos diferentes dentro de los mismos gobiernos. Sin duda, la más rica en este sentido fue la década de los 90, con las polémicas y las estimulantes definiciones de Carlos Escudé y su denominado "realismo periférico". Un GPS teórico para una Argentina que salía del traumático último tramo político y económico de la presidencia de Raúl Alfonsín y que, al mismo tiempo, se combinaba e interactuaba con el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la formación de un escenario unipolar liderado por los Estados Unidos.

La propia China comunista había optado, ya en 1979, por volcarse hacia formas de organización capitalistas de su economía. No casualmente casi 40 años después de ese giro, durante la cumbre de Davos del año pasado, el poderoso y personalista mandatario chino no hesitó en mostrar a su país como un garante serio y responsable del capitalismo a nivel global frente a las dudas que generaba el discurso nacionalista y la desconfianza de la globalización del entonces novel presidente Donald Trump. Un año después, en el Davos 2018, sería el mismo Presidente estadounidense el que aclararía que su administración está más que lejos de querer abandonar o ceder el papel de epicentro del entramado económico y financiero transnacional.

Pero este es tema para desarrollar en otro artículo. Volvamos ahora a nuestro país. Como decíamos, el realismo periférico surgido desde la academia tuvo su correlato distorsionado y vulgar en el mundo de la política y charlas al paso bajo el nombre de "relaciones carnales" de Buenos Aires con Washington. Por ignorancia, ideologismos o picardía, se obvia mencionar que los 90 también fueron momentos donde se creó el Mercosur, se resolvieron los últimos diferendos limítrofes con Chile, se aportó esfuerzo diplomático a la paz entre Perú y Ecuador, etcétera. Sin olvidar que en esos años muchos de los políticos que nos mostraron un discurso épico, bolivariano y revolucionario durante la gestión kirchnerista iban en las boletas lideradas por el entonces presidente Carlos Menem sin mayores objeciones.

La victoria de la Alianza, en 1999, derivó en una política exterior y económica que no difería en gran manera de lo anterior. Por esa misma continuidad, la coalición de radicales y del Frepaso se impuso por 10 puntos a nivel nacional frente a un Eduardo Duhalde que pegaba por decir la verdad. Los tiempos de la convertibilidad estaban muertos y enterrados desde la crisis financiera global de 1997 y 1998, y la devaluación del real en Brasil y la crisis en Rusia. El masivo y traumático epílogo sucedido en diciembre 2001 colocó en el imaginario colectivo la idea de que los modelos pro mercado y una relación muy estrecha con Washington habían sido parte significativa de las causales para semejante derrumbe que aún deambula en nuestros miedos y traumas.

Para septiembre de 2001, los Estados Unidos sufrían un masivo e inesperado ataque, lo cual no hizo más que terminar de matar el poco de interés que quedaba en buscar una solución al menos parcial al desmadre argentino. El boom de las materias primas, en nuestro caso la soja, a partir del 2004-2005, la generosa billetera de Hugo Chávez y su petróleo, y un Lula que también se beneficiaba del aumento del valor de las oleaginosas y el hierro brasileño, fueron confirmando un espacio en donde desarrollar dentro de nuestro país una agenda política más contestataria a Estados Unidos. A eso se sumaba el ascenso de China y el regreso de Rusia como un actor con peso. Néstor Kirchner vio claramente ese escenario al mismo tiempo que le permitía consolidar el giro discursivo con respecto a su papel en los 90. El momento clave fue la Cumbre de Presidentes de las Américas, en Mar del Plata, en 2005 y su papel como punta de lanza en el choque con la administración Bush. Lula aplaudió y respaldó esa embestida, pero sigilosamente, terminada la cumbre, invitó al entonces presidente de la Casa Blanca a una estadía a solas con él en Brasil.

Aun así, el Gobierno argentino no rompió todos los puentes con Estados Unidos, cosa que sí comenzaría a producirse a partir del 2010 con el posterior acercamiento a Irán. El triunfo de Mauricio Macri, en el 2015, un cisne negro o una sorpresa estratégica como la misma victoria de Trump, motivaron la implementación de una política exterior que convivió con el último año de la administración Obama. Con sus dotes personales para ser la encarnación de un líder progresista, pro globalización y políticamente correcto en agendas tan variadas como cambio climático, comercio, género, migraciones, etcétera. Asimismo, su sucesor, nadie dudaba que sería un peso pesado de la política americana y mundial como es Hillary Clinton y sus masivos respaldos económicos en Wall Street, lo cual quedó demostrado al gastar en su campaña casi 300 millones de dólares más que Trump.

En materia de política exterior, ya para 2015 y 2016, era evidente que los ocho años de Obama distaban de ser un lecho de rosas. El descalabro que aún perdura en Libia luego de la intervención occidental, inmortalizado en el film 13 horas, la famosa línea roja que el régimen de Assad en Siria no debía cruzar en materia de ataques químicos, y que cruzó sin mayores consecuencias, el desbarranque de la libertad en Venezuela y su colapso socioeconómico, el avance sin mayores trabas del programa nuclear de Corea del Norte, la imposibilidad de cumplir con la promesa de dar por terminada la participación militar de Estados Unidos en Irak y Afganistán, etcétera, son solo algunos casos a mencionar.

La administración Macri se preparó para convivir con Hillary Clinton en la Casa Blanca y una versión 2.0 de la agenda globalista y con abundante uso de retórica y de soft power como hizo Bill Clinton en los 90. La propia selección del primer canciller del Gobierno de Cambiemos, una mujer con experiencia en un ámbito de diálogos y formalidades como la ONU, y de un embajador político, con perfil y discurso progresista en Washington, son un reflejo de esa convicción sobre cuál sería el resultado en las elecciones de noviembre de 2016 en Estados Unidos. Pero como suele suceder en la vida de las personas y los Estados, las cosas no se dan como se espera. Un observador desprevenido podría haber asumido que la administración Macri preferiría un viejo conocido de él como era y es Trump. Pero no era así. En la estrategia comunicacional política del PRO, lo fundamental era alejar la idea de comodidad con la agenda de los 90 y cualquier cosa que oliese a derecha, alineamiento y capitalismo extremo. En ese imaginario, nada mejor que los Clinton y nada peor que Trump. Desde ya partiendo de la premisa de que la inmensa mayoría de los argentinos no sabía ni sabe que la candidata demócrata contó con muchos más recursos económicos que el billonario de Nueva York, así como el hecho de que el ex presidente George W. Bush y muchos de sus colaboradores más importantes en impulsar la invasión de Irak decidieron expresar su negativa a respaldar a Trump.

Habría que esperar al 2017 para que, luego de una muy cordial y con buena química personal reunión de Trump con Macri en la Casa Blanca, la política exterior argentina se adaptara más a cómo son las cosas en el mundo, más allá de las necesidades de comunicación y política interna. El malestar por ese cambio quedó reflejado, en este caso en el ámbito académico, en el artículo de Juan G. Tokatlian el pasado 2 de febrero de 2018. Allí advierte: "En el segundo semestre de 2017, la administración Macri esbozó lo que se podría denominar un unilateralismo periférico concesivo. En relaciones internacionales el unilateralismo es un tipo de comportamiento del Estado que procura asegurar sus preferencias y desdeña del multilateralismo salvo cuando le es funcional a sus propósitos […] Sin quizás proponérselo, el embajador repitió, en un contexto mundial muy distinto, la lógica que guió la política exterior argentina de los 90. Probablemente, el gobierno que agrupa al PRO, la UCR y la Coalición Cívica olvidó que el quid pro quo entre la política y la economía no funcionó en el pasado; en particular durante la crisis de 2001-2002. ¿Alguien en la Casa Rosada realmente cree que complaciendo a Washington en lo "político" se hará efectiva, en lo "económico", la "lluvia de inversiones"? Temas claves de alcance global se perfilan en 2018. Ojalá el gobierno abandone el unilateralismo periférico concesivo hacia Washington que bosquejó en 2017 y que no fortalece los intereses colectivos y estratégicos de la Argentina".

Sin duda una convocatoria a volver a un perfil más parecido al que desarrolló el Gobierno argentino durante el 2016 y parte del año pasado. Con algunos puntos de contacto con lo que fue la política exterior K en los primeros años de gobierno, básicamente de 2003 a 2005. A decir verdad, Macri ha llevado y sigue llevado adelante una estrategia que busca recomponer y en otro caso potenciar los vínculos económicos comerciales con las principales potencias. Desde Estados Unidos, pasando por China, Japón, Alemania, Francia, Italia, países árabes petroleros y el mismo Reino Unido, y desde ya Brasil, Chile, Colombia, Perú y el muy estratégico México. La reciente reunión con Vladimir Putin sumó a Rusia a esa agenda. Una mirada fría de la agenda bilateral argentino-china nos mostraría una densidad aún mayor que con Estados Unidos. Acuerdo por dos centrales nucleares, la preservación del acuerdo para el funcionamiento de la planta satelital en Neuquén, la construcción de represas, la moderación del sistema ferroviario, etcétera.

Cada funcionario relevante argentino sabe que las tres prioridades básicas del Presidente argentino son la reducción de la pobreza, la generación de empleo, unido a reducción del déficit fiscal. Eso lleva a un énfasis necesariamente económico-céntrico de cualquier acción o decisión. Con un toque de picardía y de humor, Trump lo puso en estos términos: "Yo quiero hablar de Corea del Norte y Mauricio, de los limones". Una lectura de la dinámica de los Estados Unidos y en especial de este fenómeno nuevo que es la administración Trump, con un grupo de sobresalientes militares ocupando puestos claves en su gobierno, ayudará a la Casa Rosada y a su diplomacia a comprender que una inteligente, articulada y prudente cooperación en temas de seguridad regional e internacional, no proliferación nuclear, antiterrorismo, crisis en Venezuela, lucha contra el narcotráfico, etcétera, tendrán más temprano que tarde su rebote constructivo en temas comerciales y económicos bilaterales. En este mundo más y más multipolar, con creciente fuerza y rol de actores no estatales, la clave es articular las concesiones y las exigencias que les hagamos a cada uno de los principales actores. Empezando desde ya con Estados Unidos y China, así como con la Unión Europea, con Alemania y Francia como ejes.

No hay espacio ni posibilidad de aplicar nada de lo que con mayor o menor suerte se experimentó desde 1983 hasta 2015. Asimismo, es bueno saber que viejos antagonismo ya han quedado superados. Como lo demuestra la convergencia de visiones que pocos años atrás se dio entre Dante Caputo, que fuese canciller de Raúl Alfonsín, y Andrés Cisneros, vicecanciller durante el gobierno de Menem y uno de los arquitectos de la política exterior de los 90. Sobre esos consensos básicos habrá que comenzar a construir una nueva hoja de ruta. Con la premisa de mirar el mundo tal como es y no como nos gustaría que sea.